El valle cafetalero de Colombia: una experiencia de regionalización
Jorge Guillén. Profesor de Finanzas de ESAN Graduate School of Business
Hace unos días tuve la grata experiencia de visitar la Universidad de Manizales con fines académicos y de licenciamiento. En Colombia, las universidades buscan obtener la acreditación de alta calidad otorgada por el Ministerio de Educación Nacional. En cierto modo, este sistema cumple una función similar a la de la SUNEDU en el Perú, aunque con procesos de evaluación más exhaustivos y la participación de pares académicos internacionales.
El propósito de esta acreditación es fortalecer la reputación de las instituciones educativas, atraer postulantes y facilitar el acceso a programas de financiamiento y becas promovidos por el gobierno colombiano. En este contexto, la ciudad de Manizales forma parte del denominado Eje Cafetero, junto con Pereira y Armenia, consideradas las ciudades más representativas de esta importante región. Los departamentos que conforman esta zona son Caldas, Risaralda y Quindío. Precisamente, el café de Quindío es reconocido por su elevada calidad y prestigio internacional. No es casualidad que Colombia haya logrado posicionar marcas emblemáticas como Juan Valdez en mercados de todo el mundo.
Manizales es una ciudad de aproximadamente 400 000 habitantes. Cuenta con alrededor de 40 calles principales y una importante vía arterial que articula gran parte de la actividad urbana. Además, alberga diversas universidades públicas y privadas. La Universidad de Manizales, por ejemplo, tiene una naturaleza cooperativa y destaca por la calidad de su cuerpo docente.
Lo que más llama la atención es que ciudades colombianas de tamaño mediano o pequeño pueden contar con universidades altamente competitivas y con una fuerte vinculación con su entorno productivo. Se trata de un ejemplo que el Perú debería observar con atención, pues muchos de nuestros programas sociales aún no logran consolidar una verdadera descentralización del desarrollo.
Si bien contamos con gobiernos regionales, todavía estamos lejos de alcanzar una regionalización efectiva que permita fortalecer las capacidades locales. En muchos casos, programas como Beca 18 terminan incentivando el traslado de estudiantes de provincias hacia Lima para continuar sus estudios superiores. Como consecuencia, las regiones pierden parte de su capital humano más valioso en lugar de fortalecerlo y retenerlo.
Las regiones cafetaleras colombianas ofrecen una experiencia distinta. Allí, las universidades se articulan activamente con las instituciones del gobierno local para impulsar mejoras en la productividad, resolver conflictos relacionados con el uso del agua y promover la sostenibilidad ambiental. Gracias a ello, una parte importante de la población encuentra oportunidades de desarrollo en su propio territorio, reduciendo los incentivos para migrar hacia grandes ciudades como Bogotá o Medellín.
Este es un modelo que podría servir de referencia para regiones peruanas como Cajamarca o Cusco, donde los resultados electorales de los últimos años han reflejado un creciente descontento respecto a los beneficios percibidos del modelo económico y a la eficacia con que se ejecuta el gasto público.
En el ámbito económico, la reciente incertidumbre internacional ha contribuido a debilitar el dólar y a impulsar el precio del oro hasta niveles históricamente elevados. Esta situación ha favorecido el ingreso de capitales hacia economías exportadoras de minerales, mejorando los términos de intercambio del Perú. Sin embargo, estos beneficios macroeconómicos no siempre se traducen en una mejora perceptible del bienestar de la población en regiones productoras como Cajamarca.
Una situación similar podría presentarse en torno al desarrollo del puerto de Chancay y la participación de COSCO Shipping. Si los beneficios económicos derivados de estas inversiones no logran integrarse adecuadamente al desarrollo regional, podrían reproducirse brechas similares a las observadas en otras zonas del país.
Ante esta realidad, es comprensible que las preferencias políticas de la población del interior difieran de las observadas en la costa y en Lima Metropolitana. Sin embargo, estas diferencias dificultan la construcción de una visión compartida de desarrollo nacional y la implementación de estrategias de largo plazo que permitan al país avanzar en una misma dirección.
La experiencia del Eje Cafetero colombiano demuestra que una adecuada articulación entre universidades, gobiernos locales y sectores productivos puede convertirse en un poderoso instrumento de desarrollo regional. Más allá de la calidad del café, lo verdaderamente destacable es la capacidad de estas regiones para generar oportunidades, retener talento y construir competitividad desde el territorio. Ese es, quizás, uno de los principales desafíos pendientes para el Perú.

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