La ilusión de ser ágiles: reuniones modernas, decisiones de siempre
Por: Jhonnatan Horna. Profesor de ESAN Graduate School of Business.
Hace poco leí una frase que, sinceramente, me pareció incómodamente precisa: “tu mesa ágil no es ágil, es solo un comité con nombres en inglés”. Y aunque puede sonar provocadora, lo cierto es que describe con bastante claridad una realidad que sigo observando en múltiples organizaciones que afirman estar en transformación ágil. Porque sí, hemos cambiado el lenguaje, hemos adoptado nuevas terminologías y hemos incorporado dinámicas que, en apariencia, responden a marcos modernos de trabajo. Sin embargo, cuando uno se detiene a observar cómo fluye realmente el trabajo y, sobre todo, cómo se toman las decisiones, la conclusión empieza a ser evidente: muchas veces lo único que cambió fue la forma de nombrar las cosas.
Hoy ya no hablamos de reuniones de coordinación, sino de dailys. No tenemos comités, sino squads o tribes. No revisamos avances, sino que hacemos reviews. Todo suena más dinámico, más contemporáneo, incluso más sofisticado. Pero si las decisiones siguen dependiendo de múltiples niveles de aprobación, si los equipos no tienen margen real de autonomía y si el ritmo del trabajo sigue condicionado por estructuras jerárquicas tradicionales, entonces la agilidad se queda en la superficie. Y en ese punto, lo que tenemos no es transformación, sino una reinterpretación estética de lo mismo.
El problema no son las ceremonias
No hay nada inherentemente incorrecto en los marcos ágiles ni en sus prácticas. De hecho, bien aplicadas, las ceremonias ayudan a generar foco, ritmo de trabajo y visibilidad. Permiten alinear equipos, detectar problemas a tiempo y construir una lógica iterativa que, en teoría, facilita la adaptación. El problema aparece cuando confundimos el uso de estas herramientas con el cambio organizacional real, cuando asumimos que cumplir con las ceremonias equivale a ser ágiles.
He visto equipos que ejecutan perfectamente cada práctica: hacen sus reuniones diarias con disciplina, mantienen tableros actualizados, realizan retrospectivas y gestionan sus entregas en ciclos cortos. Sin embargo, cuando enfrentan una decisión relevante, una redefinición de alcance, un cambio en prioridades o la necesidad de asumir un riesgo, todo se detiene. Hay que escalar la decisión, esperar validaciones o someter la propuesta a instancias superiores. En ese momento, la ilusión de agilidad se rompe.
Porque la agilidad no se mide por la cantidad de reuniones que realizamos, sino por la capacidad que tenemos para decidir y actuar con oportunidad. Y eso no depende de las ceremonias, sino de cómo está diseñado el sistema de toma de decisiones dentro de la organización.
Cuando el control sigue siendo el mismo
Uno de los elementos que más rápidamente revela si una organización es realmente ágil es su relación con el control. Muchas estructuras adoptan el discurso de la autonomía, pero mantienen intactos los mecanismos tradicionales de supervisión. Persisten las jerarquías rígidas, los procesos de aprobación extensos y la centralización de decisiones en niveles altos de la organización.
En ese contexto, las prácticas ágiles terminan operando dentro de un marco que no fue diseñado para la agilidad. Se promueve la velocidad, pero se mantienen los frenos. Se habla de confianza en los equipos, pero se limita su capacidad de acción. Se fomenta la adaptación, pero se castigan los errores. Y esa contradicción, tarde o temprano, genera desgaste.
Los equipos perciben rápidamente esa incoherencia. Saben cuándo tienen margen real para actuar y cuándo simplemente están cumpliendo con un ritual. Y cuando esa distancia entre el discurso y la práctica se vuelve evidente, la motivación se resiente. No porque la agilidad no funcione, sino porque nunca llegó a implementarse en su esencia.
El verdadero cambio es incómodo
Aquí es donde la conversación deja de ser técnica y se vuelve profundamente organizacional. La agilidad real no es cómoda, porque implica cuestionar estructuras de poder, redefinir responsabilidades y cambiar la forma en que se ejerce el liderazgo. Supone delegar decisiones, confiar en los equipos y aceptar que el control absoluto no es compatible con la adaptabilidad. Y ese es, probablemente, el punto más difícil.
Porque transformar ceremonias es relativamente sencillo. Lo complejo es transformar la mentalidad con la que se toman decisiones. Liderar en entornos ágiles no significa supervisar cada tarea ni intervenir en cada detalle, sino crear las condiciones para que los equipos puedan operar con criterio, asumir responsabilidad y responder con rapidez ante la incertidumbre.
Cuando eso no ocurre, lo que emerge es una versión híbrida que combina lenguaje ágil con prácticas tradicionales. Y en ese híbrido, la agilidad pierde sentido.
De la apariencia a la coherencia
Algo que considero fundamental en este debate es entender que la agilidad no es una cuestión de apariencia. No se trata de cómo se ve una organización desde fuera, ni de los términos que utiliza, ni de las herramientas que implementa. Se trata de coherencia.
Coherencia entre lo que se declara y lo que realmente sucede en el día a día. Entre la autonomía que se promueve y la que efectivamente se permite. Entre la velocidad que se busca y la que el sistema organizacional es capaz de sostener.
Cuando esa coherencia no existe, la agilidad se convierte en una narrativa vacía. Las mesas ágiles, en lugar de ser espacios de decisión y coordinación efectiva, terminan replicando la lógica de los comités tradicionales, donde se informa, se valida y se espera aprobación. La diferencia es únicamente semántica. Después de observar este fenómeno en distintos contextos, cada vez estoy más convencido de que la pregunta relevante no es si una organización “usa Agile”. Esa es una pregunta superficial.
La verdadera pregunta es cómo decide cuándo enfrenta incertidumbre, quién tiene la autoridad para actuar, cuánto tiempo transcurre entre identificar un problema y ejecutar una solución, y si los equipos pueden avanzar con autonomía o si dependen constantemente de validaciones externas.
Esas son las preguntas que realmente importan, porque ahí es donde se evidencia si la agilidad es real o simplemente declarativa.
La agilidad no se nombra, se practica
Al final, lo que más me deja esta reflexión es que la agilidad no es algo que se adopta, se comunica o se etiqueta. Es algo que se practica. Se manifiesta en la forma en que se toman decisiones, en la velocidad con la que se responde al cambio y en la confianza que existe dentro de los equipos. No está en el tablero, ni en la reunión diaria, ni en el lenguaje que utilizamos. Está en la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.
Por eso, cada vez que escucho que una organización ya es ágil, inevitablemente me hago la misma pregunta: ¿cambió realmente la forma de trabajar o solo cambió la forma de nombrarla? Porque si la mesa sigue funcionando como un comité, aunque tenga nombres en inglés, entonces no es ágil. Es simplemente lo mismo, pero con mejor marketing.

:quality(75)/blogs.gestion.pe/conexion-esan/wp-content/uploads/sites/213/2023/06/ESANa2.jpg)