El triunfo de la norma general: ¿por qué el excepcionalismo es el veneno del progreso jurídico?
Por: Abel Revoredo. Profesor de ESAN Business Law.
El derecho no es una simple acumulación de mandatos caprichosos, sino la arquitectura invisible (el sistema operativo) que sostiene el avance de nuestra especie y define el límite entre la civilización y la barbarie. Cuando observamos la historia del progreso humano, notamos un patrón innegable: las sociedades florecen cuando logran destilar la voluntad voluble de los gobernantes en normas generales y abstractas. Esta capacidad de generalizar es lo que permite que el Logos, esa razón universal que busca el orden en el caos, se manifieste en la vida cotidiana a través de la legislación.
Una norma solo alcanza su estatus racional cuando es capaz de ignorar las particularidades accidentales del individuo para centrarse en un sujeto jurídico universal. La abstracción no es una frialdad insensible, sino la mayor garantía de libertad, ya que permite que cualquier ciudadano, sin importar su linaje o su identidad, sepa exactamente qué esperar del sistema. La predictibilidad que emana de una ley de aplicación general es el cimiento de la seguridad jurídica, el ingrediente indispensable para que exista la ciencia, el comercio y la cooperación a gran escala.
Sin embargo, en el panorama jurídico contemporáneo asistimos a una peligrosa glorificación del excepcionalismo que amenaza con derribar estos cimientos. El intento de legislar para situaciones de emergencia, para grupos específicos o para contextos pasajeros representa una regresión hacia la arbitrariedad premoderna. El problema jurídico fundamental de generar normas para la excepción es que se erosiona la integridad del sistema completo en favor de una satisfacción inmediata y parcial.
Cuando el derecho permite que las reglas se fragmenten para acomodar una particularidad, la igualdad ante la ley deja de ser un principio inamovible para convertirse en una sugerencia negociable. Este fenómeno provoca una balcanización del derecho, donde ya no existe un marco común de convivencia, sino un archipiélago de estatutos privilegiados o punitivos que dependen de quién sea el destinatario y no de qué acto se haya cometido. Esta fragmentación rompe la superestructura social y nos devuelve a un estado de desconfianza tribal donde la ley ya no es un escudo universal, sino una herramienta de presión política constante.
Desde una perspectiva puramente lógica y sistémica, regular la excepción es un ejercicio de profunda irracionalidad. En el ámbito de la ciencia de datos y la estadística, se advierte sobre el peligro del sobreajuste, que ocurre cuando un modelo se adapta tanto a las anomalías de un conjunto de datos que pierde su capacidad de comprender la realidad general. El derecho sufre la misma patología cuando intenta elevar la excepción a la categoría de norma rectora. Diseñar reglas basadas en la anomalía es sabotear la eficacia de la regla que sirve para la inmensa mayoría de la población.
El progreso humano depende críticamente de la estandarización, pues solo mediante la creación de marcos compartidos podemos reducir los costos de transacción y la incertidumbre que paraliza la acción. La excepción, por el contrario, actúa como una fuente de entropía social que consume recursos legislativos y judiciales de manera infinita; por cada excepción regulada nacerán inevitablemente nuevas reclamaciones de especificidad, sumiendo al sistema en una inflación normativa que asfixia cualquier posibilidad de desarrollo orgánico.
Esta deriva hacia el excepcionalismo no siempre es accidental, sino que a menudo constituye una estrategia deliberada para la subversión de las superestructuras que sostienen el orden racional de una sociedad. Al atacar la norma general bajo la retórica de una justicia supuestamente más humana o reparadora, se busca en realidad desmantelar el sentido común y el Logos que permite la cohesión social entre extraños.
La destrucción de lo universal en favor de lo particular es el método más eficaz para provocar una parálisis institucional que solo puede ser resuelta mediante el regreso al poder absoluto. Al final del camino, una sociedad que renuncia a la legislación de aplicación general para perderse en el laberinto de las excepciones termina perdiendo también su brújula moral y su capacidad de evolucionar. El regreso a lo universal no es una opción nostálgica, sino un imperativo para la supervivencia de la civilización. Solo recuperando la ceguera de la justicia y la abstracción de la norma podremos garantizar que el derecho vuelva a ser el motor que impulse a la humanidad hacia una estructura de orden, progreso y libertad verdadera.

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