Downshifting: Vivir más y mejor con menos
Por: Dr. Enrique Louffat. Profesor Principal de ESAN Graduate School of Business.
El downshifting, también conocido como slow down, es un estilo de vida basado en una filosofía de simplicidad que busca fortalecer la calidad de vida, priorizando la dimensión espiritual, emocional y la valoración de la naturaleza y la tranquilidad, en contraposición a una vida cotidiana estresante y materialista.
El término downshifting es un término anglosajón que surge en el año 1994, cuando se utiliza por primera vez y se le atribuye a Gerald Celente, investigador del Trends Research Institute de Nueva York. Otros consideran a Tracy Smith como autora del término. Independientemente de quién haya sido el primero en emplearlo, este concepto hace referencia, haciendo un símil con un automóvil, a reducir la marcha o la velocidad: no ir tan rápido, sino avanzar con calma y seguridad.
Es decir, una persona decide desacelerar su ritmo vertiginoso de vida, ya sea reduciendo sus horas de trabajo, aceptando puestos con menores responsabilidades y exigencias o incluso cambiando de ocupación laboral, con el objetivo de reducir los niveles de estrés y ansiedad, disponer de mayor tiempo libre para encontrarse consigo misma y vivir con mayor plenitud espiritual y emocional, disminuyendo además su orientación materialista y consumista por una vida más simple y económica.
Tampoco debe entenderse que este patrón de vida signifique convertirse en un ermitaño, aislarse del mundo, apartarse del ámbito laboral o de las relaciones humanas, o vivir en la pobreza. Por el contrario, se trata de optar por una forma de vida menos agitada y más equilibrada, que favorezca la salud mental, espiritual, emocional y fisiológica.
Esta opción de vida puede ser adoptada por personas que necesitan un cambio radical porque se encuentran en algún tipo de desequilibrio mental, emocional, espiritual o fisiológico; o por otras que, sin encontrarse necesariamente en una situación de desequilibrio, desean mejorar su calidad de vida mediante esta alternativa.
Para adoptarla se hace necesario un profundo análisis personal, pues implica renunciar y replantear ciertas formas de vida. Algunas reflexiones que pueden ayudar en este proceso son:
- ¿Cuánto tiempo le estás dedicando a tu familia?
- ¿Cómo gestionas tu salud mental y corporal?
- ¿Vale la pena trabajar tanto para obtener ganancias y bienes materiales en exceso?
- ¿Cómo se desarrollan tus relaciones humanas con tus diversos stakeholders: familiares, vecinos, colegas, socios del club o miembros de la comunidad religiosa?
- ¿Qué importancia tienen en tu vida los hobbies personales, como el deporte, el arte o el coleccionismo?
- ¿Realizas rutinariamente tareas del hogar?
- ¿Para qué vives?
- ¿Por qué eres así?
- ¿Eres feliz?
Es importante reflexionar que adoptar una postura de desaceleración en la vida no convierte a una persona en alguien lento o carente de dinamismo. Se trata simplemente de adoptar otro ritmo de vida, en el que cada persona encuentre su propio equilibrio.
Adoptar esta nueva forma de vida puede generar efectos importantes en distintos ámbitos, los cuales deben ser evaluados cuidadosamente. Por ejemplo, puede implicar una reducción de los ingresos económicos debido a la aceptación de sueldos menores; una posible pérdida de empleabilidad o estatus profesional en el mercado laboral; presión familiar o social por parte de personas cercanas que pueden sorprenderse ante la decisión de renunciar a determinados niveles de estatus; o incluso un distanciamiento de algunas relaciones sociales o amistades.
En caso de estar interesado en aplicar un plan personal de downshifting, algunos pasos que podrían considerarse son los siguientes:
1. Diagnóstico. Es el punto de partida, donde la persona analiza si el estilo de vida que viene desarrollando le genera felicidad y equilibrio, o si, por el contrario, siente que está saturada por sus rutinas, desafíos o presiones del entorno. Por ejemplo, evaluar su nivel de estrés, las horas dedicadas al trabajo en relación con la vida familiar, así como sus propósitos y nivel de realización personal.
2. Definir objetivos. Identificar acciones que permitan lograr mayor equilibrio en la vida. Por ejemplo, cambiar de trabajo, reducir horarios laborales, modificar la modalidad de trabajo o incluso mudarse a una zona más económica y cercana a la naturaleza, alejada del estrés de la vida citadina.
3. Evaluación financiera. Definir cuáles serían los efectos económicos del cambio de estilo de vida, evaluando cómo administrar un nuevo escenario con posibles reducciones de ingresos, considerando ahorros disponibles u otras formas de financiamiento.
4. Rediseño laboral. Definir la empleabilidad futura, lo cual puede implicar cambiar de empresa, de sector, emprender un negocio propio o dedicarse a actividades de consultoría.
5. Simplificación del estilo de vida. Replantear aspectos como el lugar de residencia (propio o alquilado) o los medios de transporte, considerando opciones más simples o económicas, como el uso de transporte público.
6. Plan de bienestar personal. Programar, sin presión, actividades diarias, semanales o mensuales vinculadas con el desarrollo espiritual (por ejemplo, voluntariado), emocional (fortalecimiento de relaciones familiares y sociales), racional (actividades productivas o generación de ingresos) y fisiológico (prácticas deportivas, meditación o mindfulness).
7. Indicadores de seguimiento. Establecer indicadores que permitan monitorear si los cambios realizados están generando resultados positivos, como una mayor realización personal, reducción de los niveles de estrés, mejor equilibrio familiar y mayor vitalidad en la salud biopsicosocial.

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