Coeficiente de adaptabilidad (AQ): potencial para adecuarse a los cambios y transformaciones organizacionales.
Por: Dr. Enrique Louffat. Profesor Principal de ESAN Graduate School of Business.
En el ámbito de la evaluación de personal se viene adoptando cada vez más el coeficiente de adaptabilidad (AQ), término propuesto por Amin Toufani, director ejecutivo de T Labs, como un elemento clave para identificar el potencial y la capacidad de los colaboradores para adaptarse, adecuarse y generar valor en contextos caracterizados por la disrupción y la innovación tecnológica, la volatilidad económica, la expansión del trabajo remoto, la aplicación de la inteligencia artificial, la obsolescencia de capacidades y los crecientes desafíos vinculados con la diversidad, la inclusión y la sostenibilidad.
En este sentido, los entornos VICA (volátil, incierto, complejo y ambiguo) y BANI (frágil, ansioso, no lineal e incomprensible) demandan altos niveles de adaptabilidad y agilidad tanto de las empresas como de los trabajadores para responder adecuadamente a estos escenarios cambiantes.
Si bien la experiencia y los resultados pasados, así como los grados y títulos académicos obtenidos, continúan siendo referencias relevantes, en los tiempos actuales resulta igualmente importante evaluar la predisposición, el talento y la voluntad de las personas para proyectarse hacia el futuro y afrontar contextos dinámicos.
Este concepto viene a complementar nociones previamente desarrolladas en el ámbito de la evaluación del talento, como el coeficiente intelectual (IQ), asociado a la inteligencia racional y cognitiva vinculada con la capacidad de resolver problemas, y el coeficiente emocional (EQ), relacionado con la inteligencia emocional y la capacidad de gestionar los propios sentimientos y las relaciones con los demás.
Los principales componentes que forman parte del coeficiente de adaptabilidad (AQ) incluyen:
- Flexibilidad cognitiva: capacidad basada en el pensamiento creativo y en la consideración de diversas perspectivas para abordar los problemas.
- Resiliencia emocional: capacidad para mantener el equilibrio y superar eventos incómodos o inesperados.
- Desaprender y reaprender: capacidad para gestionar el conocimiento previo y actualizarlo en función de nuevas realidades y necesidades.
- Conciencia de la situación: capacidad para identificar, evaluar y actuar frente a los desafíos del entorno cambiante.
- Mentalidad de crecimiento: capacidad para desarrollar y potenciar competencias mediante procesos de upskilling y reskilling.
Si bien la medición del coeficiente de inteligencia tradicional cuenta con métricas ampliamente consolidadas, la evaluación de la adaptabilidad aún se encuentra en desarrollo. No obstante, existen diversas propuestas que buscan avanzar en esta dirección. Entre ellas destaca la Escala de Cociente de Adaptabilidad (AQS) propuesta por la Dra. Natalie Baumgartner, que evalúa dimensiones como la mentalidad de crecimiento (apertura al aprendizaje), la resiliencia emocional (manejo del cambio y la incertidumbre), la flexibilidad cognitiva (capacidad para modificar estrategias) y la curiosidad y apertura a nuevas ideas.
Asimismo, el Indicador de Cambio de Estilo (CSI), desarrollado por Discovery Learning International, analiza cómo las personas abordan el cambio, distinguiendo entre perfiles conservadores (orientados a cambios graduales), pragmáticos (equilibrio entre tradición y modernidad) y originadores (propensos a cambios radicales e innovadores).
De igual manera, la Escala de Capacidades de Adaptación Profesional (CAAS), desarrollada por Savickas y Porfeli (2012), mide los recursos individuales vinculados con la adaptabilidad profesional. Por su parte, el I-ADAPT-M, propuesto por Ployhart y Bliese (2006), evalúa la adaptabilidad individual en múltiples dominios, mientras que el Inventario de Flexibilidad Cognitiva (Dennis y Vander Wal, 2010) mide aspectos de la flexibilidad cognitiva relevantes para la adaptación en contextos complejos.
Entre las capacidades adaptativas que pueden observarse en un colaborador destacan las siguientes:
- Analítica: basada en la aplicación del pensamiento crítico.
- Creativa: orientada a la generación de soluciones innovadoras.
- Cuestionadora: con disposición a desafiar esquemas tradicionales y proponer enfoques disruptivos.
- Tecnológica: vinculada con el manejo de herramientas tecnológicas avanzadas, como la inteligencia artificial.
- Versátil: capacidad para aportar valor en función de las diversas necesidades que surgen en la organización.
- Resiliente: capacidad para afrontar y superar situaciones desafiantes.
Los conceptos de adaptabilidad y agilidad se encuentran estrechamente relacionados. En este sentido, pueden identificarse cinco ámbitos en los que la agilidad organizacional requiere elevados niveles de adaptación:
- Agilidad mental: capacidad para incorporar y gestionar nuevos conocimientos.
- Agilidad interpersonal: habilidad para construir relaciones efectivas dentro del ecosistema organizacional.
- Agilidad en los resultados: orientación hacia el logro mediante métricas como KPIs y OKRs que permitan evaluar el desempeño.
- Agilidad para el aprendizaje: disposición para desarrollar nuevas competencias a través de procesos de upskilling y reskilling.
- Agilidad para el cambio: capacidad para anticipar y responder a modificaciones estratégicas, tácticas u operativas.
De manera conceptual, el coeficiente de adaptabilidad de una persona podría representarse mediante la siguiente fórmula:
Para fomentar la adaptabilidad en las organizaciones, las empresas pueden implementar diversas iniciativas, entre las que destacan:
- Capacitación en nuevas tecnologías, metodologías ágiles e inteligencia artificial.
- Flexibilidad laboral mediante esquemas híbridos, horarios flexibles y posibilidades de trabajo en distintos entornos.
- Preparación organizacional para procesos de cambio y transformación.
- Sistemas de monitoreo y retroalimentación de 360°.
- Programas de bienestar laboral que sirvan de soporte frente a tensiones y ansiedad derivadas de los cambios.
Finalmente, el coeficiente de adaptabilidad debe contextualizarse en los nuevos desafíos que plantea la inteligencia artificial, en la medida en que esta tecnología puede complementar las capacidades humanas en múltiples actividades. El reto consiste en que las personas desarrollen habilidades adaptativas que les permitan colaborar con estas herramientas, potenciando su desempeño y evitando quedar desplazadas por los avances tecnológicos.

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