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La América Latina del mañana depende de sus niños de hoy

El capital humano es un elemento clave para mejorar la productividad y el crecimiento de los países, y en consecuencia para erradicar la pobreza. América Latina debe enfrentar el hecho de que está educando a jóvenes del siglo XXI en escuelas del siglo XX y con sistemas educativos del siglo XIX.

Jorge Familiar es vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe.

Jorge Familiar es vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe.

Por Jorge Familiar

En un reciente viaje a América Latina conocí a Marco Gómez, un joven emprendedor costarricense que consiguió una beca para estudiar en el extranjero y graduarse en ingeniería aeroespacial. Después de su graduación, regresó a su país y fundó el Laboratorio de Sistemas Espaciales en el Instituto Tecnológico. El 2 de abril del 2018, el Laboratorio envió el primer satélite centroamericano al espacio para monitorear el cambio climático. Este hito, digno de ser reconocido, fue posible porque un joven latinoamericano decidió perseguir sus sueños y aspiraciones, algo que pudo hacer gracias al capital humano que acumuló desde el día en que nació. Marco tuvo esa oportunidad.

Es bien sabido que el capital humano es un elemento clave para mejorar la productividad y el crecimiento de los países, y en consecuencia para erradicar la pobreza. De hecho, el éxito de los esfuerzos para reducir la pobreza pasa por generar un gran número de puestos de trabajo y asegurar que esos trabajos paguen buenos salarios. Y no nos queda la menor duda, esto no puede hacerse sin una fuerza laboral educada y saludable que pueda competir en una economía cada vez más globalizada, y responder a la naturaleza cada vez más cambiante del trabajo y a la introducción de nuevas tecnologías.

Ahora bien, mientras que el capital físico es relativamente fácil de medir, el capital humano no lo es tanto. Por ello, el Banco Mundial ha venido dedicando esfuerzos para sintetizar en un único índice las condiciones de salud y educación que más afectan a la productividad de cada país. El resultado es la primera edición del Índice de Capital Humano (ICH), presentado en octubre durante las Reuniones Anuales del Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional en Bali. El ICH presenta un ranking de donde está cada país en función de su capital humano, por lo que es una herramienta de gran utilidad para monitorear avances y ayudar a focalizar esfuerzos en las dimensiones del capital humano más pertinentes.

¿Qué nos dice este índice respecto a América Latina? La buena noticia es que, salvo en algunas excepciones, la región tiene un buen desempeño en salud. Nuestros países se destacan en un buen número de dimensiones de bienestar reflejadas en el índice, incluida las tasas de supervivencia de los menores de cinco años, de supervivencia de adultos y de desnutrición infantil.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer en el campo de la calidad educativa.  En casi todos los países latinoamericanos, si bien los jóvenes no dejan la escuela antes de tiempo, el problema es que tienen un bajo rendimiento en los exámenes estandarizados. Están en la escuela, pero no aprenden y esto arrastra hacia abajo el promedio de la región en el HCI.

Es más, debido a la calidad de la educación, se puede observar una gran disparidad en la posición de los países en el ranking, incluso de aquellos con niveles de ingreso similar. Panamá, por ejemplo, tiene un nivel de ingreso similar al de Uruguay, pero está bastante por debajo en el índice debido a sus resultados educativos.

Para muchos, este mensaje no es una sorpresa. América Latina debe enfrentar el hecho de que está educando a jóvenes del siglo XXI en escuelas del siglo XX y con sistemas educativos del siglo XIX. Esto es un llamado a la acción: los puestos de trabajo del mañana demandarán capacidades nuevas y más sofisticadas.

Los avances están a nuestro alcance, pero no se trata de gastar más, si no de gastar mejor, especialmente teniendo en cuenta el bajo crecimiento y la difícil situación fiscal que enfrentan muchos países. El gasto educativo creció significativamente en las últimas dos décadas y ahora representa la mayor parte del gasto público.  Sin embargo, la falta de mejores resultados educativos indica que este gasto no ha sido muy eficiente. Antes de aumentar el gasto, los países deben reformular en serio sus estrategias educativas.

Toda América Latina debe apuntar más alto, a ese futuro que nuestros jóvenes pueden alcanzar si se les da la oportunidad. La historia de Marco Gómez no debería ser excepcional: puede y debe ser la esperada.  Se trata de proporcionar oportunidades. Los jóvenes se encargarán del resto.

 

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