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Marisol: nada más caro que ser pobre

44519415_1971771656223139_1869247527602094080_n Marisol tiene casi 40 años y 3 maravillosos hijos, vive con ellos en una casa pre-fabricada de menos de 50 metros cuadrados en Pamplona, una urbanización de 200 mil habitantes, bien arriba, ahí donde no hay conexión de agua, pistas, veredas, y a veces no hay luz.

La alegría más grande de su vida es ver volver a sus hijos del colegio los viernes por la tarde, contentos, con la mirada limpia; y es que de lunes a jueves no viven con ella porque trabaja y no tiene con quien dejarlos, así que deben irse con su padre. Pero son felices. Uno lo puede notar.

¿El momento más triste? Hace dos meses, cuando vio como un camión cisterna pasaba por encima de un niño de dos años, simplemente porque en estos lugares todo es empinado y la vulnerabilidad no necesita maldad para causar muerte. Los camiones y buses avanzan agresivos -tiene que ser-, sino no podrían subir hasta las últimas casas de estos barrios que están justo al lado del llamado Muro de la Vergüenza.

Lo paradójico es que a tres cuadras de su casa, en el mismo asentamiento humano, hay viviendas que ya tienen conexión de agua. Y esta paradoja se podía anticipar. La forma en que se urbanizaron estas poblaciones fue absolutamente informal, y por ello, los servicios no llegaron antes, sino después, desordenadamente. De más está decir que si bien lo que causa este tipo de ocupación es la necesidad, es esa misma necesidad la principal consecuencia de haber llegado aquí sin un título de propiedad, sin un estado que planifique, sin un gobierno local que los represente, y sin una oferta de servicios, trabajo y negocios que les garantice oportunidades de movilidad social.

Por eso, no hay nada más caro que ser pobre, y no hay cosa peor que poseer solo necesidad. Marisol paga por el agua que consume al menos 10 veces más que aquél que vive en un vecindario urbanizado formalmente. Gasta también el doble de tiempo en trasladarse a su centro de trabajo por falta de transporte público adecuado, pistas y veredas. La salud de sus hijos la paga ella y hasta el día de hoy, por ejemplo, no ha podido llevarlos a un dentista, aunque los tres deberían haber pasado por uno.

Probablemente la empresa estatal responsable de la cobertura de agua tenga varios argumentos para justificar porque aún no llega la conexión de agua a casa de Marisol. Pero no tiene ninguno para explicar por qué sus funcionarios amenazan a los vecinos que sí tienen agua cuando estos últimos buscan repartir o vender el agua que sale de sus caños a aquellos que estando a pocos metros de distancia aún no tienen acceso a ella.

Es evidente que si mi vecino tiene agua, me ahorraría un gran esfuerzo si me vende un poco. Él ya paga por ella. De esta forma, no tendría que esperar al agresivo camión que solo pasa 2 o 3 días a la semana, ni caminar cuadras para atajarlo cuando simplemente no sube porque no le da la gana.

Si esa empresa estatal de saneamiento operará pensando en el ciudadano, y por lo tanto, fuera más flexible para buscar soluciones, podría crear un proceso administrativo y utilizar a esos vecinos como intermediarios, toda vez que su capacidad para diseñar un proyecto, preparar un expediente y ejecutar una obra de infraestructura puede tardar años.

Pero no. En vez de buscar salidas inteligentes basadas en la evidencia, centradas en mejorar la calidad de vida de ciudadanos como Marisol, lo que hace es amenazar, controlar, bloquear. Son como un camión cisterna estático, igual de agresivo pero que no se mueve ni un solo metro aunque deba.

Pamplona Alta y Marisol son la prueba irrefutable de que somos gobernados por un estado obtuso, que solo mira su norma, su escritorio, su chaleco, su expediente. El punto es que a partir de hoy, Marisol y sus hijos, felices porque lo esencial es invisible a los ojos y llenos de amor a pesar de la pobreza, les traerán algunos problemas muy positivos, porque nos dedicaremos sostenidamente a hacer oír su voz a través de la evidencia, hasta que tengan agua en su casa.

 

 

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