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Urresti: ¿Invasión o Casuarinas?

1523122932_807692_1523123059_noticia_normal No pocas frases de Urresti hacen que literalmente, no literariamente, vuelvan a mi mente las palabras de Josh Hartnett en Sin City (2005): “su perfume es una dulce promesa que hace aparecer lágrimas en mis ojos”.

Hace algunas horas soltó una. Una típica del socialismo del siglo pasado. Una frase para llorar. “¿A quién van a elegir?” -dijo- “¿a alguien que camina por una invasión o a alguien que camina por Casuarinas?”

Lo sé. Desde hace décadas personajes como Urresti, Mendoza, Goyo Santos, Maradona, el dictador Maduro y hasta el Papa Francisco, nos empapelan y empapelan con mensajes similares. Y se podría decir que son recursos retóricos inocuos, sin importancia, o que provienen de buenas intenciones. No. Y me impresiona sobremanera que estas afirmaciones pasen desapercibidas ante la prensa y sigan siendo atractivas para la población.

El uso de la falsa oposición entre “ricos malos” y “pobres buenos” o el etiquetado premeditado del “gran empresario” como un actor antagónico en la sociedad, constituyen estrategias irresponsables que no tienen ninguna buena intención de fondo.

Son irresponsables porque refuerzan un imaginario polarizado poco real pero muy ideológico. Muy marxista. Para Marx, cualquier sociedad puede dividirse en dos clases: el proletariado y la burguesía. El proletariado explotado y angelical, cada vez más consciente colectivamente, y la burguesía ambiciosa y egoísta, que retiene individualista los medios de producción.

Sin embargo, la realidad peruana (y toda la realidad) es muy diferente: en los últimos 25 años, la clase media peruana se ha incrementado, la desigualdad ha disminuido y la pobreza también. Somos de los pocos países que ha logrado reducir ambas en paralelo, pobreza y desigualdad. Además, lo que llamamos “empresariado” es un conglomerado compuesto principalmente por 6.5 millones de micro y pequeños emprendedores. Ellos tienen una buena porción del capital y son el motor de la economía, lamentablemente en gran medida, informal. Finalmente, la movilidad social es evidente y muchísimos limeños que ayer fueron migrantes, optaron por mudarse a zonas urbanizadas formalmente o a distritos tradicionales.

En segundo lugar, ¿qué buena intención puede haber detrás de frases que acrecientan la envidia, el rencor o el odio? Ninguna. Y cada vez que Urresti habla de grupos de poder, de poder económico y suelta diversas papachurras, refuerza la división.

Pobre de aquel que defienda la vida en Casuarinas, Chacarilla, Miraflores, San Isidro (como si fueran guetos millonarios). Pobre de aquél que diga que la acumulación de riqueza es buena (aunque la busque formal y legítimamente). El que lo haga, es un enemigo individualista de la “conciencia colectiva”.

Humildemente, creo que la ideología marxista aplicada premeditadamente, o el uso automático de recursos dialécticos de corte marxista han teñido nuestra historiografía y lenguaje político y son una de las principales causas de la división social que afrontamos. Responsabilidad de nuestros académicos. Responsabilidad de nuestra prensa, también. Nuestra historia ha sido leída en los últimos 60 años en “modo marxista” y la hemos mamado sin crítica alguna. Nuestra aproximación a la riqueza está intoxicada también por esta ideología y hablar de ella nos da vergüenza. El discurso de Urresti (como el de cualquier político que solo sigue ideas, pero no las propone) es solo una expresión tangible de esta lucha ideológica, en la que definitivamente las ideas de la libertad no llevan la delantera.

 

 

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