El problema del “HAY QUE”
Es común oír en reuniones de directorio, de equipo o incluso en eventos, una frase que todos conocemos: “hay que”. Hay que hacer esto, hay que decir lo otro, hay que mejorar, hay que cambiar… El problema no es la intención, sino que casi nunca pasa del discurso a la acción.
El “hay que” podría ser necesario para abrir conversaciones y tiene una gran ventaja: no compromete a nadie. No tiene dueño. No tiene plazo ni consecuencia. Y por eso, muchas veces, tampoco tiene resultado.
En el mundo corporativo, donde el tiempo y las decisiones marcan la diferencia, el exceso de “hay que” termina generando exactamente lo contrario a lo que se busca: diluye la responsabilidad, retrasa la ejecución y enfría las oportunidades. Opinar es fácil. Involucrarse, no tanto.
La diferencia empieza cuando alguien lo verbaliza diferente y cambia la actitud: “yo me encargo”, “lo veo”, “lo hago”, “¿cómo lo resolvemos?”. Ahí es donde las cosas empiezan a pasar. No por la idea en sí, sino por la decisión de llevarla a cabo. Y esto no es solo gestión. Es imagen, es reputación.
Las relaciones personales y profesionales, no se construyen desde lo que se dice que “debería hacerse”, sino desde lo que efectivamente se hace. Son los gestos concretos, sostenidos en el tiempo, los que generan confianza, los que abren puertas, los que hacen que alguien quiera volver a trabajar contigo.
Quizá el cambio no está en dejar de opinar, sino en dejar de escondernos detrás del “hay que”. Entre el “hay que” y el “yo lo hago”, está la diferencia entre opinar y hacer que las cosas sucedan.

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