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ReinventaRSE Elsa del Castillo

¿Cómo hacer para que lo "verde" no pase de moda?

Mucho se habla de la sostenibilidad del
planeta y de la importancia de acrecentar la "conciencia verde" de los ciudadanos.
Lo cierto es que cambiar mentalidades no es fácil y que no queda más remedio
que ser muy persistentes y actuar en todos los frentes.

Mucho se habla de la sostenibilidad del
planeta y de la importancia de acrecentar la “conciencia verde” de los ciudadanos.
Lo cierto es que cambiar mentalidades no es fácil y que no queda más remedio
que ser muy persistentes y actuar en todos los frentes.

Cuando nos referimos a promover la “conciencia verde” estamos hablando de dar importancia a temas como la preservación de los recursos naturales, el ahorro energético, el no daño atmosférico o la reducción de la contaminación, la gestión de residuos sólidos y líquidos y la gestión eco-eficiente. Estamos hablando, entonces, de no causar un efecto negativo en el ambiente y de devolver lo que se toma de la naturaleza para preservar sus recursos. 
En el caso de las empresas, esto implica mejorar los procesos productivos para reducir o, si es posible, eliminar el impacto negativo que genera su operación en el ambiente. Y, en el caso de los individuos, se referirá principalmente a la promoción de un consumidor más consciente y responsable que considere entre sus criterios para preferir un producto o servicio, no solo factores como calidad o precio sino, también, que piense en el impacto ambiental y social que producen las empresas que los elaboran. Cuando el consumidor incorpore estas exigencias en su comportamiento de compra, un número más amplio de empresas ofertantes prestará mayor atención al tema ambiental para responder a las exigencias de la  demanda. 
En mi caso, antes de leer un interesante artículo publicado por The New York Times titulado “ How To Feed The World“, no había tomado conciencia sobre cuánto de los que se produce en la agricultura realmente se dedica al consumo humano.  Muchos lectores desconocerán que la cadena industrial de alimentos utiliza el 70% de los recursos agrícolas para proveer un 30% de la comida mundial, mientras que la agricultura a pequeña escala, empleando solo 30% de los recursos globales, provee el 70% de los alimentos consumidos a nivel humano. Esto se explica porque gran parte de la agricultura industrial sirve para alimentar a animales y para generar biocombustibles.
Bajo el enfoque que sugieren los autores de este artículo, si la productividad de una hectárea de tierra agrícola se midiese en función al número de personas que alimenta y no en función al rendimiento que genera, encontraríamos que la agricultura tradicional sería más productiva que la agricultura industrializada. Asimismo, encontraríamos que en este ranking de productividad, la agricultura en China o India estaría en mejor posición que la norteamericana, reconocida por su importante tecnificación y rendimiento.
Esto nos lleva a dos conclusiones. Por un lado, es importante preocuparnos por promover un mayor consumo de productos de origen natural. Si consideramos que un crecimiento de la población mundial en solo 30% sería capaz de duplicar la demanda actual de consumo de productos animales, empezaremos a dimensionar mejor el problema. Por otra parte, si la agricultura tradicional o a pequeña escala tiene un impacto tan directo en el número de personas que alimenta, en países como el Perú será de vital importancia orientar los esfuerzos a tecnificar y desarrollar la pequeña agricultura para tener un mejor impacto en la alimentación de los peruanos pobres que viven alrededor de esta actividad.
Todas estas ideas parecen tener sentido entre las personas que han tenido mayor acceso a una educación de calidad. Sin embargo, el reto es que la “conciencia verde” llegue a todos los peruanos (Estado, empresas, consumidores, educadores, etc.). 
En materia de educación, una experiencia que me llamó la atención fue la documentada por Fast Company. Según se describe, una escuela para niños de bajos ingresos en Hong Kong (Sing Yin Secondary School), fue considerada “la escuela más sostenible del planeta en 2013″. Este tipo de iniciativas podría replicarse en muchas escuelas de zonas urbanas y rurales de nuestro país.
Su modelo se centra, por un lado, en lograr que su forma de operar sea eco-amigable y con impacto social positivo en la localidad. Para ello, controlan su emisión de residuos y emisiones de carbono, utilizan únicamente materiales e insumos de producción local, emplean paneles solares para evitar el consumo eléctrico, hacen uso de turbinas de viento, cuentan con techos verdes para mejorar el área verde en sus instalaciones, capturan el agua de sus propias fuentes naturales y, en general, han implementado soluciones para tener un impacto cero en cuanto a consumo energético y de agua. Pero esto no es lo único que hacen porque, dado que sus alumnos provienen de familias de pocos recursos, un objetivo clave que han logrado cumplir es proveer dos veces por día de alimentos a los niños y jóvenes que estudian, utilizando su propia producción interna. Y, lo que me parece aún más importante, es que han llevado su “conciencia verde” a las aulas y, en este sentido, han implementado en el currículo escolar  un enfoque de formación ecológica. Sus estudiantes, asesorados por sus maestros, desarrollan proyectos donde diseñan sistemas de conservación energética en sus casas y asumen, como parte de su rutina de vida escolar, responsabilidades formales para vivir una vida más “verde” y saludable. De este modo, se está cambiando la forma de pensar y entender la convivencia con el ecosistema, donde la preocupación por la naturaleza se vuelve parte esencial en su modo de vida.
En cuanto a los esfuerzos realizados por las corporaciones, la Corporación Nestlé ha declarado que logrará la meta de “cero desperdicios” en 150 de sus plantas de producción en Europa para el año 2020. Ya, en 2012, este objetivo se logró en 39 planteas en el mundo. Sus esfuerzos están concentrados en evitar que los desperdicios regresen de su proceso productivo al mercado o que, en el caso de desperdicios inevitables, evitar que estos sean incinerados sin que se logre recobrar energía en el proceso. Algunas de las acciones que han implementado son la transformación de materias primas perecibles (entre ellas la leche, el café y la cocoa) en productos con valor agregado. Para ello, en el caso de los granos remanentes del proceso industrial, buscan su utilización en la generación de energía renovable.
Si bien los avances que hemos hecho a nivel nacional en esta materia aún son bastante limitados, pues es muy difícil cambiar formas tradicionales de pensar cuando los impactos no se ven necesariamente en el corto plazo, la esperanza está en las nuevas generaciones de líderes comunales, gobernantes, empresarios, educadores y consumidores. Los ejemplos que hemos visto nos muestran que en todos los sectores es posible instaurar esta “conciencia verde” y que hay que sembrar hoy para cosechar pronto resultados que permitan preservar la calidad de vida de vida de las nuevas generaciones.

 

 

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