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A propósito del sector textil confecciones

La clave para el sector es incrementar la participación en cadenas globales de alta calidad de materia prima, alta calidad de manufactura, alta flexibilidad en la producción y la reducción de los periodos de respuesta para los mismos.

La semana que pasó, en el marco de la XI Feria Internacional del Sector Textil Confecciones, se promovió un diálogo sobre las barreras que limitan el crecimiento del sector.

En términos del diagnóstico, los datos y cifras mencionados, muestran que hay buenas y malas noticias.

Las buenas

  • Se trata de un sector con una tradición milenaria.
  • Nuestro país tiene condiciones climáticas apropiadas para el cultivo de algodón. Se ha logrado el reconocimiento del algodón nativo peruano como patrimonio genético y étnico cultural que puede manejarse para evitar cruzamientos indeseables con las fibras comerciales.
  • Genera entre 350 y 400 mil empleos directos, a los cuales hay que añadir una cantidad similar de indirectos.
  • Paga más de S/ 1,100 millones en impuestos.
  • Representa el 1.9% del PBI y poco más del 10% del de la manufactura.

Las malas

  • Hemos abandonado al cultivo del algodón, que fue la ventaja comparativa que nos abrió las puertas del mercado internacional y hemos pasado de producir 200 mil toneladas de fibra de algodón en el año 2000 a 18 mil toneladas en 2016, mientras que el consumo bordea las 172 mil.
  • En 2013, las exportaciones del sector textil confecciones representaban el 17% del total de exportaciones no tradicionales con USD 1,918 millones, aun cuando esa cifra fue -11-9% respecto a 2012, pero en 2016 representó USD 1196 millones con una variación de -10.2%, respecto a 2015.
  • Para el 2017, se estima que el sector textil tendría una caída de 5.6% y el de confecciones caería en 7.3%.

A nivel de las causas, se identificaron algunas y también se plantearon propuestas.

Comerciales: la liberalización del acceso a nuestro mercado como resultado de la suscripción de 17 acuerdos comerciales que permiten el acceso de nuestras exportaciones a 52 países, planteaba el desafío de desarrollar el sector en un contexto de reducción de barreras arancelarias. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que ha visibilizado  las tareas que no hemos hecho desde el sector privado y desde el Estado.

El Estado no ha sabido hacer frente a las malas prácticas como el contrabando, la subvaluación, las marcas de segunda calidad y el efecto que tiene todo eso en la evasión de impuestos, y más bien se ha mostrado con miedo a invocar medidas defensivas dentro del marco de la OMC. Pero también muy tímido para impulsar la posibilidad de establecer un valor mínimo en los artículos de ropa importada o aplicar aranceles por volumen. Sin embargo, muchos funcionarios de Aduana llegan a cuestionar los precios de envío de algunas de las prendas de vestir, porque no están capacitados para reconocer la calidad de la manufactura, el diseño y la marca bajo la cual han sido confeccionadas. Por ello, todo indica que ha llegado el momento que el Estado pierda ese miedo y timidez para defender al sector frente a la competencia desleal.

Infraestructura: un tema que resulta evidente a la luz de los hechos es la concentración de la actividad manufacturera del sector en Lima por la falta de infraestructura de transporte que permita hacer viable la producción de forma descentralizada. Para darse una idea basta saber que llevar un contenedor desde Ate hasta el Callao puede tomar más de noventa minutos en hora punta, cuando por la distancia solo debería tomar media hora. Esto es fundamental porque erosiona las ventajas que podríamos tener de cercanía a mercados con los que tenemos acuerdos comerciales para tendencias como las Fast Fashion e incrementa los costos a los que podemos llegar a dichos mercados.

Sin embargo, echarle la culpa de la caída de las tasas de crecimiento a las deficiencias de infraestructura es desconocer cómo han hecho las cosas, los países que han tenido éxito, en situaciones igual de adversas. Y es que difícilmente alguien puede mencionar un solo país que antes de desarrollar sus sectores de forma exitosa haya tenido todas las carreteras hechas, los puertos equipados y los aeropuertos modernizados. Basta ver a China y el crecimiento que ha logrado y preguntarse si para tener entre 30 y 36% de las exportaciones mundiales de textil y confecciones, respectivamente, primero lo tuvo todo hecho. La respuesta es que no fue así, pero sí tuvo hambre por comerse una parte más grande de la torta del mercado mundial.

La receta que China y otros países como Colombia y México –socios nuestros en la Alianza del Pacífico- han seguido fue crear islas de modernidad a partir de Zonas Económicas Especiales que sirvan para atraer inversiones y dotar a esas zonas de un desarrollo agresivo de la infraestructura física y financiera.

Sin embargo, hasta la fecha ha habido mucha resistencia a esta propuesta porque la experiencia nacional fue mala y solo produjo elefantes blancos. Cuando en 2013, las analizamos en el marco de la elaboración del Plan de Diversificación, solo había 36 empresas manufactureras, creaban apenas 1200 empleos en contraste con los 35 mil de Colombia; y, solo el 10% de su capacidad disponible estaba operativa.

La propuesta fue y es, entonces, transformar las zonas francas existentes en el país en espacios competitivos para atraer flujos de iED y que eso ayude a sentar las bases para una política que privilegie el desarrollo regional o lo que algunos países llaman ciudades intermedias, para lo cual hay muchas cosas que hacer, entre las cuales la más importante es crear un nuevo marco legal e institucional que permita la participación de operadores privados al interior de estas zonas.

Innovación y Tecnología: en los países desarrollados el cultivo de algodón es a gran escala, mientras que en Perú son pequeñas unidades, por lo que, su viabilidad está más asociada al uso de variedades que les generen más rendimiento y les permita tener dos campañas al año, que al tamaño mismo, así como a la tecnificación de la producción y la cosecha que permita evitar deterioro de la fibra por problemas de cosecha, acarreo, acopio, entre otros.

Nuestra producción, superficie y el número de unidades agropecuarias está claramente a la baja. El mayor problema es que hay un bajo uso de semillas certificadas, el ingreso de transgénicos está prohibido hasta 2022 y, por lo tanto el INIA solo promueve el uso de variedades mejoradas, pero no modificadas. Además, los servicios de extensión no se prestan de forma organizada por la baja asociatividad que hay en el campo.

La meta en el corto plazo es llegar a producir 53 mil toneladas de fibra de algodón, para lo cual es necesario incrementar el promedio nacional de producción por hectárea a unos 73 quintales, en lugar de los 54 que producimos ahora. Y eso solo se logra con investigación que permita evitar perder del todo la ventaja comparativa que teníamos con el algodón Pima, así como aprovechar el nicho de algodón orgánico y de colores para el desarrollo de variedades de algodón de fibra larga y extra larga de alta calidad.

También están los temas laborales, financieros  y la atracción de inversiones sobre los cuales habría mucho por decir, pero lo que más se requiere es una posición del Estado sobre la importancia del sector y su disposición a acompañar el proceso de modernización de su aparato productivo.

Lo que se ve ahora es la inexistencia de políticas integrales y consecuentes en apoyo a una mejor integración de la cadena de valor, lo cual condiciona la participación en cadenas globales de alta calidad de materia prima, alta calidad de manufactura, alta flexibilidad en la producción y la reducción de los periodos de respuesta para los mismos.

 

 

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