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Hacia dónde vamos

Mañana se inicia el último año del Gobierno del presidente Ollanta Humala y las expectativas de lo que pueda suceder en los próximos meses son más de incertidumbre que de certezas. Las proyecciones de crecimiento del PBI han ido disminuyendo mes a mes. Hoy se considera que se puede llegar a una tasa de 2.5% este año. Entre las variables que muestran una tendencia a la baja, vale la pena detenerse en dos: el deterioro de la inversión privada y la caída de las exportaciones.

Mañana se inicia el último año del Gobierno del presidente Ollanta Humala y las expectativas de lo que pueda suceder en los próximos meses son más de incertidumbre que de certezas. Las proyecciones de crecimiento del PBI han ido disminuyendo mes a mes. Hoy se considera que se puede llegar a una tasa de 2.5% este año. Entre las variables que muestran una tendencia a la baja, vale la pena detenerse en dos: el deterioro de la inversión privada y la caída de las exportaciones.

La inversión privada, según Credicorp Capital, habría caído alrededor de 7% en el segundo trimestre comparado con similar periodo del año pasado, resultando su peor registro desde el segundo trimestre del 2009 cuando descendió en 16.2%. 

A nivel de las exportaciones, el panorama tampoco es alentador. No solo se han deprimido los precios de los productos de exportación tradicional, sino que, los principales destinos de las exportaciones no tradicionales, han perdido atractivo y sus economías, al igual que la peruana, enfrentan dificultades. 

Uno de los errores de la actual administración gubernamental ha sido menospreciar el crecimiento y sobrevalorar la capacidad del Estado para diseñar los programas sociales y otras medidas de política económica. Si bien se pueden mostrar algunos resultados alentadores, varios programas están muy sujetos a los vaivenes de los ingresos fiscales, que como ya advirtió la propia Sunat, a lo largo de los siguientes meses habrá una caída en la recaudación, tal como ya está sucediendo. Es decir, se apostó a que la efectividad del aparato estatal podía ser mejor que el impacto del crecimiento. Los resultados muestran cuán equivocado estuvo el Gobierno, pues la reducción de la pobreza, si bien no retrocedió, fue un pálido reflejo de la disminución que se tuvo en años anteriores.

En los próximos meses, la agenda estará marcada por las elecciones presidenciales de abril del 2016. Y aunque para muchos, especialmente para los organismos internacionales y las calificadoras de riesgo, los candidatos que hasta el momento se perfilan con mayor opción, respetan el modelo económico, el Perú todavía es frágil más allá de lo que se piensa frente a las tentaciones populistas. 

La experiencia de Bachelet en Chile debe darnos una lección que cuando hay errores en el diagnóstico, las medidas que se adoptan pueden generar peligrosas contrarreformas.

Mientras tanto, algunos de los candidatos comienzan a deslizar sus propuestas, otros críticos desde el lado del fundamentalismo se asustan a cualquier planteamiento que pueda tener algún signo heterodoxo, y buena parte de la población está más preocupada del día a día que de la política, atenazada por el deterioro de su economía familiar, así  como por la inseguridad ciudadana.

Es por eso que resultará crucial el rol que tendrá el Estado en el próximo Gobierno, pues no solo es cuestión de acelerar reformas, sino que estas resulten eficaces. Como cada cinco años en la campaña se volverá a discutir qué tan poderoso debe ser el Estado, aunque la agrupación que alcance el poder después se olvidará de sus planteamientos.

Todo lo anterior requiere cambios institucionales, no solo a nivel económico -regulaciones, como la del medioambiente-, sino también a nivel político. Más que acciones de maquillaje se necesitan modificaciones profundas. Nos esperan doce meses difíciles.

 

 

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