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Mujer, ejecutiva y trasgresora Zendy Manzaneda Cipriani Zendy Manzaneda Cipriani

No quiero ir a trabajar

 

Hace una semana me visitó Miriam, una proveedora de la empresa para la que trabajo. Teníamos que hablar pues había una serie de reclamos y observaciones en relación a los servicios que presta su compañía. Ella es una mujer muy simpática, siempre anda con una sonrisa en los labios, pero el rostro le cambió a la empresaria cuando le dije que estábamos descontentos.
Ella acepto que en varios aspectos había decaído el servicio de su empresa, pero que eso iba a cambiar. Me explicó que durante su embarazo y su etapa post parto le encargó a su esposo la administración de su empresa. Con mucha pena me confesó que él no había dado la talla para este importante encomienda y que los reclamos de sus clientes han sido múltiples, por lo que ha tenido que dejar a su hijo y la tranquilidad del descanso para tomar, otra vez, las riendas de la empresa.

 

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Aprovechando que es la hora del almuerzo le pedí por favor que me acompañara, quería saber un poco más sobre el tema. Miriam es una gran empresaria y no tuvo reparos en contarme lo que había pasado. Cuando su esposo tomó las riendas de la empresa sintió que los trabajadores tenían muchas libertades, que no se les debía consultar determinados temas que tenían que ver con su trabajo y que debía de ajustar las comisiones para tener más ganancias. Todas estas acciones las hizo sin consultarle en un lapso de 10 meses.

 

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“Si me escucha mi esposo se sentiría pésimo, pero la verdad es que no sabe tratar a las personas y eso es importante para llevar adelante una empresa. Él quiso poner mano dura, lo único que logró es que se fueran espantados mis mejores vendedores y los que se quedaron están sumamente desmotivados”, me cuenta con algo de molestia.
Ella dice que ama a su esposo, pero es la última vez que le da ese encargo. Ya se lo han dicho todos sus trabajadores y luego de una intensa auditoría, su esposo ha entendido que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones. Entre risas me comenta que su esposo “es un empresario, pero de la primera revolución industrial”, de esos que piensan que se debe ajustar al máximo a los trabajadores.
Lo que más me interesaba era saber qué está haciendo Miriam para devolverle las ganas y el entusiasmo a sus trabajadores. Me dice que en primer lugar, ha decidido volver a reclutar a los buenos vendedores que dejaron su empresa. No todos han acudido a su llamado, pero sí están muy agradecidos por la deferencia que ha tenido.
Ella me dice que lo más importante para motivar a las personas es hacerlos sentir importantes, para ello ha hablado con cada uno de sus trabajadores y ha reconocido sus esfuerzo y el trabajo que hacen, es decir los ha hecho sentir importantes. También les ha vuelto a subir el porcentaje de sus comisiones. “Les estoy dando un poco más que antes”, agrega, porque quiere que sus trabajadores entiendan que ella valora realmente sus esfuerzos y quiere que sepan que el crecimiento de ellos va significar el crecimiento de la empresa.

 

 

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Por otro lado, ha cambiado el cuadro de comisiones y les ha preguntado a todos y a cada uno como podrían mejorar sus labores y que facilidades necesitan para ello. Es decir los ha hecho participar en las decisiones de la empresa que tienen que ver con sus labores.
Finalmente ha mejorado el clima laboral con una serie de acciones, como por ejemplo con almuerzos de confraternidad y premios al compañerismo.
Miriam dice que le está costando recuperar la motivación de sus trabajadores, pero no tiene otro camino. Al final me deja una reflexión que considero que es urgente compartirla: la motivación de los trabajadores es un aspecto que las empresas no deben descuidar, porque la desmotivación es una enfermedad que con suma rapidez se contagia. Me parece que está en lo correcto.

 

 

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