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Toda mi vida supe que quería ser académico. Desde niño, a pesar de no gustarme el colegio, donde disfrutaba más jugando fútbol que estudiando; siempre tuve una curiosidad que me llevaba a siempre querer saber más. Luego, al entrar a la universidad, mis primeras opciones eran carreras con un eminente matiz académico, como Filosofía o Sociología. Sin embargo, este interés por lo académico competía con el miedo que sentía por estudiar una profesión que no tuviera un ámbito profesional muy definido. Por eso, y considerando que mis papás, ambos, son abogados, me incliné hacia el Derecho. También me ilusionaba, como a muchos de mis amigos en esa época, la sofisticación que -por lo menos idealmente- supone el Derecho ejercido en los mejores estudios de abogados. Luego, tuve la suerte de tener como profesor a Luis Jaime Cisneros. Al final del ciclo, al recoger su examen final en Letras, vi que Luis Jaime había puesto al lado de mi nota: “Llámame al #_____ para que vengas a visitarme a mi casa, me interesa conocerte”. Fui a su casa y Luis Jaime me dijo que veia en mi a un futuro académico. Me dijo “debes estudiar Filosofía y Lingüística”. También me dio unos libros y me dijo que nos reunamos esporádicamente a comentar las lecturas. Leí los libros que me sugirió, pero era tan tímido que nunca más lo busqué. Me arrepiento de eso. Al final de la conversación le pregunté “Y qué tal si estudio Derecho”. Me dijo “está bien también, te puedes dedicar a ser académico desde cualquier profesión”

Así, fui a Derecho. En los primeros años, internalicé el ambiente de la Facultad, que te llamaba a ser un “abogado de Wall Street”, no un profesor. El éxito se medía en los millones de dólares de las operaciones donde has participado, no en cuantos libros has leído o si quiera escrito. Intenté ser ese abogado de película, pero pese a mi habilidad para el Derecho, nunca me pude adaptar. Luego, gracias a la ayuda de otros profesores y mi propia vocación, hacia el final de la carrera, volví a mi vocación original y comencé a pensar en la academia nuevamente.

Posteriormente, surgió la oportunidad de postular a la Universidad del Pacífico que abría, allá en 2008, una nueva Facultad de Derecho. La UP es una de las universidades más prestigiosas del país, la mejor en varias carreras, así que me entusiasmó mucho la idea. La Facultad de Derecho y el Rector apostaron en mi, pese a mi poca experiencia. Vieron en mi lo mismo que vio Luis Jaime Cisneros y se los agradezco con el alma y se lo sigo agradeciendo a las actuales autoridades de la UP. Ellos estaban buscando a un abogado joven al cual formar como profesor y académico, y yo era un buen candidato. A pesar de mi poca experiencia, había escrito decenas de artículos, había sido director de Themis, jefe de práctica durante 4 años, etc.  La UP me aceptó, a pesar de no cumplir con su requisito interno: contar con un master. Además, me convertí en el profesor a tiempo completo más joven de la UP en ese entonces (26 años), cuando el promedio de edad era 52. La promesa de la UP fue que ellos me ayudarían a irme a un master en una universidad top del mundo. Por mi parte, preferí entrar a la UP que entrar a University College London, para estudiar un Master en Public Policy al que había sido admitido.

Luego, tal como menciona Alfredo Bullard en su columna del sábado, postulé a UC Berkeley, la cuarta mejor universidad del Mundo. En el mundo académico, ir a estudiar a Berkeley o Harvard o Yale o cualquier universidad A1 es la mejor oportunidad que pueda tener una persona. Yo lo sabía a los 26 años, gracias a la influencia de destacadísimos profesores graduados de esas universidades que no solo me enseñaron Derecho, sino me guiaron por ese camino. No quedan dudas en el mundo en el que me muevo que una maestría en LSE o Columbia es mil veces mejor que una en cualquier universidad peruana o Latinoamericana o Europea incluso. Ir a Berkeley, esa primera vez, a hacer un master, demandó un gran sacrificio de mi parte. Terminé una relación, invertí (con ayuda de la UP y otros) cerca de 80 mil dólares, dejé a mi familia y amigos por varios meses, etc. Luego, no contento con eso, postulé al doctorado en esa universidad, demandando una inversión total de más de 100 mil dólares y cerca de dos años en total fuera del país, poniendo en paréntesis mi vida. La experiencia ha sido increíble. Para mi, he llegado al tope de lo que puede esperar alguien en temas educativos y he crecido como persona. Valió (y sigue valiendo porque aun no termino el doctorado) todo el esfuerzo. He cumplido un sueño, además.

A mi regreso a Perú, el mundo académico donde me muevo lo reconoció. Reconoció el esfuerzo y el gran valor de mi educación. Desde que llegué, he sido invitado a dictar en alrededor de 10 programas de maestría en diversas universidades. Yo no busco trabajo, sino que me invitan a dictar. Incluso rechazo ofertas cuando ya no me da el tiempo. 

Sin embargo, paralelamente, un militar llamado Mora estaba planeando una Ley Universitaria, que ha sido apoyada por la gran mayoría de la población. Gracias a esa Ley, el otro día recibí (junto a un graduado de la mejor universidad en temas económicos del mundo, la LSE) un correo donde nos decían que ninguno de los dos podía dictar en la universidad X (donde ambos íbamos a ser profesores nuevos, en pre-grado). El motivo: nuestros masters en UC Berkeley y la LSE no han sido reconocidos por la Sunedu. Y tampoco podrían ser reconocidos, pues cuentan con 24 crédito y la ley peruana exige que para que algo se llame “maestría” deba tener 48 créditos.

vendrán mejores

Harvard, Berkeley, Stanford, MIT, LSE, Oxford, etc., etc. consideran que una maestría puede tener 24 créditos. Pero el militar Mora, que no ha pasado por ninguna de estas universidades, considera que no. Si su estúpida opinión fuese solo para él, no me molestaría. El problema es que su opinión se ha vuelto obligatoria en Perú por el accidente de que es un congresista y ha recibido el apoyo de “Saavedras” y demás. 

Ningún abogado -peruano o extranjero- que tenga una maestría en cualquier de las mejores 100 universidades del mundo podrá dictar en una universidad peruana. Si en lugar de Berkeley, hubiese estudiado 2 años en alguna universidad peruana, gastando mucho menos de lo que he invertido, no tendría problemas. Así es como la Ley Universitaria mejora la educación en Perú. 

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Para Mora, “vendrán mejores”; pero mi camino empezó hace 15 años en la PUCP y actualmente soy el único profesor de Derecho peruano que es candidato al doctorado en una universidad top 10 del mundo y que enseña en Perú. Realmente “vendrán mejores”? No necesito la aprobación ni el reconocimiento de nadie, menos de Mora. Solo me contentaría con que él siguiera su propio camino en la vida sin interferir en mi vocación y destino.

Ojalá que con “vendrán mejores” se refiera a que vendrán mejores congresistas y leyes. 

 

 

 

 

 

 

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