El mayor reto de esta Copa del Mundo es que la veamos
En julio de 1994, una familia podía pasar dos horas frente a un televisor viendo la final entre Brasil e Italia. Había una pantalla. Una transmisión. Una conversación. Los comerciales llegaban durante las pausas y desaparecían cuando el partido volvía a empezar. Durante noventa minutos, la atención colectiva era casi total. El Mundial no necesitaba competir contra nada. Era el centro de gravedad de la cultura global.
En junio de 2026, la escena será muy distinta. Mientras se juegue un partido en Estados Unidos, México o Canadá, millones de personas estarán comentando la jugada en WhatsApp, revisando TikTok durante el entretiempo, consultando una inteligencia artificial, respondiendo correos o viendo resúmenes personalizados generados por algoritmos. El partido seguirá ahí, pero compartirá espacio con cientos de estímulos diseñados para reclamar atención al mismo tiempo.
La diferencia parece tecnológica. En realidad, es cultural.
Cuando pensamos en los desafíos de la próxima Copa del Mundo, solemos hablar de estadios, logística, seguridad, infraestructura o patrocinadores. Son retos reales. Pero ninguno parece tan decisivo como otro que rara vez aparece en los análisis deportivos: lograr que las personas presten atención. No atención parcial. Atención verdadera.
Durante décadas, el Mundial fue probablemente la máquina de atención más poderosa del planeta. Ningún evento reunía a tantas personas alrededor de una experiencia común. Ninguna marca, medio de comunicación o gobierno podía aspirar a concentrar una audiencia semejante. La Copa del Mundo era una especie de lenguaje universal que suspendía temporalmente las diferencias políticas, económicas y culturales.
Sin embargo, el contexto en el que nació ese fenómeno ya no existe.
En los años setenta, la batalla por la atención era relativamente simple. Había pocos canales de televisión y una oferta limitada de entretenimiento. En los noventa, el cable amplió las opciones, pero los grandes eventos seguían dominando la conversación pública. En los años dos mil apareció internet. Luego llegaron las redes sociales. Más tarde el streaming. Ahora la inteligencia artificial.
Cada etapa agregó nuevas posibilidades. Y nuevas distracciones.
El resultado es un entorno donde prácticamente cualquier contenido compite contra todo el resto del contenido disponible en el planeta. Herbert Simon, economista y premio Nobel, anticipó este fenómeno hace más de medio siglo cuando escribió que una abundancia de información genera una pobreza de atención. Lo notable es que realizó esa observación mucho antes de los teléfonos inteligentes, las redes sociales o la inteligencia artificial generativa.
Hoy su diagnóstico parece una descripción del presente.
Pero eso no es todo, las investigaciones de Gloria Mark, profesora de la Universidad de California en Irvine, muestran que nuestra capacidad para permanecer enfocados en una misma actividad se ha reducido de manera significativa. Saltamos constantemente entre tareas, conversaciones y pantallas. Nos interrumpen los demás. Nos interrumpimos a nosotros mismos. Recuperar la concentración toma tiempo. Perderla apenas unos segundos.
Por eso el Mundial de 2026 podría convertirse en una paradoja histórica.
Nunca fue tan accesible, sin embargo, nunca fue tan difícil de mirar.
Durante años, seguir una Copa del Mundo implicaba ver partidos completos. Hoy una parte creciente de la audiencia consume fragmentos de esos partidos. Goles. Polémicas. Reacciones. Memes. Análisis. Resúmenes. El evento se reconstruye a partir de cientos de piezas dispersas que circulan por distintas plataformas.
Muchos aficionados vivirán el Mundial sin sentarse noventa minutos frente a una transmisión. Seguirán la conversación, no necesariamente el partido. Algo parecido ocurrió con las noticias. Durante décadas consumíamos los acontecimientos. Hoy consumimos interpretaciones sobre los acontecimientos. La conversación suele viajar más rápido que el hecho original. El comentario adquiere más relevancia que la experiencia directa. El fútbol parece avanzar hacia la misma lógica.
La inteligencia artificial podría acelerar todavía más esa transformación. Los algoritmos seleccionarán qué momentos merecen nuestra atención. Los resúmenes serán personalizados. Los asistentes digitales explicarán jugadas, contextualizarán estadísticas y responderán preguntas en tiempo real. Dos personas podrán seguir exactamente el mismo torneo y terminar con percepciones completamente distintas sobre lo que ocurrió.
En teoría, veremos lo mismo. En la práctica, veremos mundos diferentes.
La industria del marketing ya entendió esta dinámica. Durante décadas, las marcas competían por aparecer en la transmisión oficial. La ecuación era sencilla: donde estuviera la audiencia, estaría la inversión publicitaria. Hoy la situación es más compleja. La atención ya no se concentra en un solo lugar. Está fragmentada entre plataformas, dispositivos y conversaciones simultáneas.
La cancha dejó de ser la única cancha. Ahora también se juega en los algoritmos.
Sin embargo, reducir esta historia a una discusión tecnológica sería un error. Lo que está en juego no es únicamente la forma en que consumimos fútbol. Lo que está cambiando es nuestra relación con las experiencias compartidas.
Quizá esa sea la dimensión más interesante de este Mundial. Investigaciones sobre comportamiento colectivo y conexión social muestran que los seres humanos desarrollamos vínculos más fuertes cuando participamos en experiencias sincronizadas. Compartir emociones al mismo tiempo genera pertenencia. Construye identidad. Refuerza comunidades. Nos recuerda que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Por eso seguimos llenando estadios. Por eso seguimos asistiendo a conciertos. Por eso seguimos necesitando “rituales” colectivos.
La Copa del Mundo ha sido uno de los rituales más poderosos de la era moderna. Cada cuatro años ofrecía algo cada vez más escaso: la posibilidad de que millones de personas miraran hacia el mismo lugar al mismo tiempo. No era solo un torneo. Era una pausa colectiva en medio del ruido.
La pregunta es cuánto de esa experiencia sigue siendo posible. Porque la gran amenaza para el Mundial no es otra selección. No es una liga rival. No es un cambio en las preferencias deportivas de las nuevas generaciones. Su verdadero adversario es una economía que monetiza cada segundo de atención disponible y que premia permanentemente la fragmentación.
El desafío no consiste en atraer espectadores. Consiste en mantenerlos presentes.
Dentro de algunos años recordaremos quién levantó la copa. Recordaremos los goles imposibles, las decepciones inesperadas y las historias que acompañan a cada torneo. Pero quizás la historia más importante de esta Copa del Mundo ocurra fuera de los estadios. Quizás tenga menos que ver con el fútbol que con nuestra capacidad para concentrarnos en algo compartido.
Durante décadas, el Mundial fue el evento que capturaba la atención del planeta. En 2026 descubrirá si todavía puede hacerlo. Y esa podría ser la final más importante de todas.
Soy Jorge Lazo Arias y aquí encontrarás aquí información sobre marketing, a partir de analizar tendencias y campañas (buenas y también las no tan buenas) porque todo nos suma para conocer las novedades en el mundo del marketing y contar con aprendizajes que podemos aprovechar y aplicar en nuestro día a día.

:quality(75)/blogs.gestion.pe/marketing-de-miercoles/wp-content/uploads/sites/199/2023/02/JorgeLazo1.jpg)