¿Nos estamos domesticando? Progreso y tecnología en silencio
El lobo observa desde el borde del bosque. Huele la presa, calcula el viento, mide el riesgo. Cazar exige atención plena, memoria corporal, hambre real. Luego aparece el fuego, el hueso arrojado, el refugio tibio. No hay épica: hay una decisión pequeña y práctica. Comer sin perseguir. Dormir sin vigilar. Repetirlo al día siguiente.
Esto no trata solo de animales que cambian de hábitos. Trata de cómo una especie puede negociar su instinto a cambio de comodidad, hasta olvidar que alguna vez fue otra cosa. La domesticación no ocurre de golpe. Ocurre por acumulación de atajos. Y el precio no se paga al inicio.
Generación tras generación, el lobo deja de cazar. No porque no pueda, sino porque ya no es necesario. El cuerpo se adapta, la conducta se amolda, la memoria se adelgaza. Un día, frente al bosque, ya no sabe por dónde empezar. Ese día no hay tragedia visible. Solo una dependencia instalada. Ese día nace el perro.
Ahora la escena es otra. Un escritorio. Una pantalla encendida. Un cursor parpadeando frente a un correo breve que podría escribirse en minutos. La mano duda. No por falta de vocabulario, sino por prudencia aprendida. Antes de enviar, mejor consultar. Antes de decidir, mejor preguntar. No es pereza. Es eficiencia. O eso parece.
Los humanos contamos la historia del lobo como progreso cuando la miramos desde afuera. Pero rara vez la usamos como espejo. También nosotros cambiamos de dieta cognitiva. Dejamos de cazar para sembrar y ganamos estabilidad. Dejamos de memorizar para escribir y ganamos archivo. Dejamos de calcular para usar máquinas y ganamos velocidad. Cada paso tuvo sentido. Cada renuncia parecía menor.
La agricultura nos quitó el arco y nos dio el calendario. La escritura nos quitó la memoria épica y nos dio bibliotecas. La calculadora nos quitó el cálculo mental y nos dio exactitud. En cada intercambio hubo una promesa cumplida. También hubo un músculo que dejó de entrenarse. La innovación nunca avanza sin amputar algo en silencio.
Llamamos progreso a ese balance porque funciona. Porque eleva la productividad, ordena la vida, reduce la fricción. Pero el progreso no pregunta qué dejamos de ser competentes. Solo registra lo que ahora es más fácil. Y la facilidad, cuando se vuelve costumbre, redibuja la identidad.
Nunca habíamos externalizado el acto de decidir con esta facilidad. Antes delegábamos tareas. Hoy delegamos criterio. La diferencia es sutil, pero estructural. Una herramienta amplifica cuando acompaña. Sustituye cuando antecede. Cuando la sugerencia llega antes del pensamiento, el orden se invierte sin que lo notemos.
Hace un año, escribir un correo era una habilidad básica. Hoy, muchos sienten que sin una herramienta no saben por dónde empezar. Hace poco, decidir requería tolerar la duda y asumir el error. Hoy, consultar primero a un sistema se percibe como responsable, incluso inteligente. No es dependencia explícita. Es delegación elegante.
Antes confiábamos en el instinto, en la experiencia acumulada, en la intuición entrenada por el error. Hoy desconfiamos de esa voz si no viene validada por una respuesta externa. Pensar solos se siente riesgoso. Pensar acompañados se siente seguro. Como el hueso junto al fuego.
La comparación incomoda porque no es literal, es cultural. El lobo no firmó un contrato para convertirse. Solo eligió la opción más eficiente cada día. Nosotros tampoco firmamos nada. Solo optimizamos. Solo ahorramos tiempo. Solo aceptamos ayuda. Hasta que la ayuda se vuelve requisito.
Hay una diferencia crucial entre usar una herramienta y abdicar una capacidad. La primera amplifica. La segunda sustituye. Cuando la tecnología piensa antes que nosotros, decide el marco, prioriza el resultado y define la ruta, algo cambia en la arquitectura mental. No se nota al inicio. Se revela cuando la herramienta falta.
La historia humana es una secuencia de extensiones: del cuerpo, de la memoria, del cálculo, del lenguaje. Cada extensión nos hizo más poderosos. También nos volvió menos autónomos en esa dimensión específica. El problema no es extenderse. Es olvidar el núcleo que se extiende.
El riesgo no es tecnológico. Es cultural. Es aceptar que la fricción es un defecto y no un entrenamiento. Que la duda es una pérdida de tiempo y no un filtro. Que decidir cuesta demasiado y por eso conviene delegarlo. El lobo no perdió colmillos. Perdió práctica.
Tal vez la pregunta no sea si la inteligencia artificial nos hará menos capaces. Esa respuesta depende del uso. La pregunta incómoda es otra: ¿estamos dejando de ejercitar aquello que nos definía como especie peligrosa, impredecible, creativa? ¿O solo estamos afinando nuevas formas de dependencia con mejor interfaz?
El lobo no se dio cuenta en qué se estaba convirtiendo. La transformación fue gradual, cómoda, razonable. Cuando quiso recordar cómo cazar, ya no estaba en su cuerpo. Esa es la advertencia silenciosa. No sobre el futuro, sino sobre el presente.
El progreso no es una línea recta hacia arriba. Es una serie de intercambios. Algunos nos elevan. Otros nos domestican. La diferencia rara vez se ve en el corto plazo. Se siente cuando, frente al bosque, esperamos que alguien más nos diga por dónde ir.
Soy Jorge Lazo Arias y cada miércoles encontrarás aquí información sobre marketing, a partir de analizar campañas buenas y también las no tan buenas… porque todo nos suma para conocer las novedades en el mundo del marketing y contar con aprendizajes que podemos aprovechar y aplicar en nuestro día a día.

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