Mark Carney sobre la ruptura del orden global: discurso y reacciones
La semana pasada llamó la atención el significativo y valiente discurso del primer ministro de Canadá en la reunión del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. Mark Carney es un economista de Harvard y Oxford, miembro del Partido Liberal, que fue gobernador del Banco de Canadá entre 2008 y 2013 y luego director del Banco de Inglaterra de 2013 a 2020. Fue la primera persona no británica en dirigir el Banco de Inglaterra desde su fundación en 1694.
Carney, según el New York Times, fue ovacionado en Davos por describir con aspereza el final de la era apuntalada por la hegemonía de EE.UU y calificó la fase actual de ruptura, no de transición del orden global. Nunca mencionó al presidente Trump por su nombre, pero su referencia era clara. Asimismo, está buscando nuevos aliados para ayudar a su país a sobrevivir. En la práctica fue una llamada de atención frente a los excesos de la hiperglobalización y una convocatoria a que todos comencemos a actuar colectivamente.
Luego desde Washington, el pasado fin de semana, Trump amenazó con imponer un arancel del 100% a los bienes importados de Canadá si el vecino del norte de EE.UU seguía adelante con un acuerdo comercial con Beijing; aunque Carney ha aclarado que Canadá no tiene interés en negociar un acuerdo comercial integral con China. Esta semana Carney ratificó de que hablaba en serio en Davos y que Canadá diversificará su comercio exterior mediante una docena de nuevos acuerdos comerciales.
El discurso
De partida Carney señaló que estamos en un momento decisivo para Canadá y para el mundo. Su tema central fue la ruptura del orden mundial, del fin de lo que él llamó una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a restricción alguna. Sin embargo, también anotó que los demás países, en particular las potencias medias como Canadá, deben actuar ante estos acontecimientos.
Estas economías tienen la capacidad de construir un nuevo orden que integre sus valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. Luego señaló que el poder de los menos poderosos comienza con la honestidad. Cada día se nos recuerda que vivimos en una época de rivalidad entre grandes potencias donde el orden basado en normas tiende a desaparecer; que los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias.
Ante esta constatación, Carney señaló que los países tienden en gran medida a seguir la corriente para mantener buenas relaciones; se adaptan para evitan los conflictos. Esperan que este conformismo les garantice la seguridad, pero esto no debe ser así.
¿Qué hacer?
Carney, recordando a Václav Havel —ex presidente checo—, señaló que hay que dejar de vivir en la mentira. El poder del sistema no proviene de su veracidad, sino de la voluntad de cada uno de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: en cuanto una sola persona deja de actuar así, la ilusión comienza a desmoronarse.
Durante décadas, países como Canadá han prosperado gracias a lo que se llama el orden internacional basado en normas. Todos nos hemos adherido a sus instituciones, hemos alabado sus principios y nos hemos beneficiado de su previsibilidad. Gracias a su protección, se ha podido aplicar políticas exteriores basadas en valores.
La ficción
Sin embargo, anota Carney, sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más poderosos se saltarían las normas cuando les conviniera. Que las normas que regulan el comercio se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se empleaba con mayor o menor rigor según la identidad del acusado o la víctima.
Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense contribuía a garantizar vías marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los mecanismos de resolución de controversias. Todos participamos en los rituales. Y, por lo general, evitamos señalar las discrepancias entre la retórica y la realidad.
Ruptura plena
Carney señala que estamos en plena ruptura, no en plena transición. Durante las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— ha puesto de manifiesto los riesgos de una integración mundial extrema (hiperglobalización). Más recientemente, las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como medio de presión; los aranceles como palanca; la infraestructura financiera como medio de coacción; y las cadenas de suministro como vulnerabilidades por aprovechar.
Él reitera que es imposible vivir en la mentira de un beneficio mutuo gracias a la integración cuando esta se convierte en la fuente de la subordinación. Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias, entre otras la OMC, las Naciones Unidas y la COP se han debilitado considerablemente.
Como respuesta muchos países llegan a las mismas conclusiones. Deben reforzar su autonomía estratégica en los ámbitos de la energía, la alimentación, los minerales críticos, las finanzas y las cadenas de suministro. Un país que no puede garantizar su suministro alimentario, energético o su defensa tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, uno debe protegerse a sí mismo. A pesar de lo anterior, Carney insiste en que se debe ser realista sobre las consecuencias de un mundo en compartimentos estancos que será más pobre, más frágil y menos sostenible.
Tercera vía
Carney anota que, en un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso. Los aliados buscarán diversificarse para hacer frente a la incertidumbre; recurrirán a mecanismos de protección y multiplicarán sus opciones. Y esto les permitirá reafirmar su soberanía, antes basada en normas, pero que cada vez se basará más en su capacidad para resistir a las influencias externas.
Como se ha mencionado, esta gestión clásica de los riesgos tiene un coste, pero es posible compartir las inversiones relacionadas con la autonomía estratégica y la protección de la soberanía. Es más ventajoso invertir colectivamente en la resiliencia que construir cada uno su propia fortaleza. La adopción de normas comunes reduce la fragmentación. Las complementariedades benefician a todos. La cuestión es mostrar más ambición frente a simplemente construir muros más altos.
Nueva estrategia
Según Carney la estrategia se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado «realismo basado en valores», es decir, el objetivo es combinar principios y pragmatismo. Mantenerse fieles a los principios en lo que respecta a sus valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, prohibición del uso de la fuerza salvo en los casos previstos en la Carta de las Naciones Unidas y respeto de los derechos humanos.
Son pragmáticos porque reconocen que los avances suelen ser graduales, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten necesariamente sus valores. Ellos colaboran de forma abierta, estratégica y lúcida. Aceptan plenamente el mundo tal y como es, sin esperar a que se convierta en el ideal. Dan prioridad a un amplio diálogo para maximizar su influencia, en un contexto en el que el orden mundial es inestable, reconociendo que los riesgos y los retos del futuro son considerables.
Políticas internas
Carney recuerda que ha reducido los impuestos sobre la renta a las ganancias de capital y promovido las inversiones de las empresas. Se ha eliminado todos los obstáculos federales al comercio interprovincial y están acelerando la implementación de inversiones por valor de un billón de dólares en los ámbitos de la energía, la IA y los minerales críticos, y en la creación de nuevos corredores comerciales.
Se está duplicando el gasto en defensa para 2030 reforzando sus industrias nacionales. Se están diversificando rápidamente en el extranjero. Han establecido una asociación estratégica global con la Unión Europea. En los últimos seis meses, han firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes. En los últimos días, han establecido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar. Actualmente están negociando acuerdos de libre comercio con la India, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.
En materia de comercio plurilateral apoyan los esfuerzos por tender un puente entre la Asociación Transpacífica y la Unión Europea, con vistas a crear un nuevo bloque comercial de 1,500 millones de personas. En lo que respecta a los minerales críticos, están formando clubes de compradores arraigados en el G7 para permitir que el mundo se diversifique y escape a la concentración de la oferta. En materia de IA, cooperan con democracias que comparten sus puntos de vista para evitar verse finalmente obligados a elegir entre potencias hegemónicas y proveedores a gran escala.
Enfoque internacional
Según Carney no se trata de un multilateralismo ingenuo. Su enfoque tampoco se basa en instituciones debilitadas. Consiste en establecer coaliciones eficaces, en función de los retos, entre socios que comparten suficientes puntos en común para actuar juntos. También consiste en crear una amplia red de conexiones en los ámbitos del comercio, la inversión y la cultura, en la que puedan apoyarse.
Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no están en la mesa, están en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse actuar solas. El tamaño de su mercado, su capacidad militar y su poder les permiten imponer sus condiciones. No es el caso de las potencias medias. Cuando negocian solo a nivel bilateral con una potencia hegemónica, lo hacen desde una posición de debilidad. Aceptan lo que se ofrece y competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto es fingir ser soberano mientras se acepta la subordinación.
En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso. No se debe permitir que el auge de las potencias duras impida ver que la legitimidad, la integridad y las normas mantendrán su fuerza si se decide ejercerlas juntos.
Vivir en la verdad
Carney finaliza señalando que para las potencias medias lo que cabe es nombrar adecuadamente la realidad y actuar de manera coherente. Es poner en práctica aquello en lo que afirman creer. En lugar de esperar a que se restablezca el antiguo orden, crear instituciones y celebrar acuerdos que desempeñen la función que se supone que deben desempeñar.
Asimismo, todo gobierno debería dar prioridad a la creación de una economía nacional fuerte. La diversificación internacional no es solo una cuestión de prudencia económica, sino también la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posiciones de principio al reducir su vulnerabilidad a las represalias.
Colofón
Carney entienden que esta ruptura exige algo más que una simple adaptación. Exige honestidad sobre la realidad del mundo tal y como es. Sabe que el antiguo orden no volverá. La nostalgia no es una estrategia, pero a partir de esta ruptura, se puede construir algo mejor, más fuerte y justo. Los poderosos tienen su poder, aunque nosotros tenemos la capacidad de dejar de fingir.

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