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Argentina sigue en problemas económicos a pesar de que se inscribe en una lógica de política neoliberal. Esa realidad es un recordatorio de que en estos modelos también se generan crisis. No es la primera vez, hubo crisis en Argentina y Chile a inicios de la década de los ochenta, en México a mediados de los noventa y en la propia Argentina en 2001. El drama actual es que se produce a solo tres meses después de arribar a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) en junio de 2018.

Los economistas neoliberales se equivocan cuando culpan del fracaso argentino al déficit fiscal reclamando un ajuste más drástico. También al señalar como causas la natural resistencia de los sindicatos, los políticos de oposición y a la población en general. Sin embargo, están equivocados, hay que buscar las razones de esta nueva crisis cambiaria e inflacionaria no sólo en la mala gestión gubernamental y del Banco Central de Reserva argentino (BCRA), en la reacción negativa de sus élites empresariales y a los problemas inherentes del acuerdo y modelo del FMI. Al respecto, fueron errados los anuncios anticipados sobre un arreglo con ese organismo a inicios de mayo y de finales de agosto señalando que el FMI adelantaría desembolsos. La realidad, a la par que la fuga de capitales se intensificaba, fue que el primer acuerdo se logró recién en junio y el FMI anunció el viernes pasado que frenaría los US$ 3,000 millones pendientes hasta que se formalice la nueva renegociación.

Argentina y el FMI acordaron en junio un programa por US$ 50,000 millones con una duración de 36 meses. Este incluía una reducción importante del gasto público, un déficit primario de solo 1.3% del PBI en 2019, cero transferencias del BCRA al Tesoro Público, mayor autonomía y saneamiento de las cuentas del banco central, entre otras. No se conoce el contenido del nuevo acuerdo pero sería más drástico. Simultáneamente, una tasa de referencia de política monetaria del 60% anual desestabiliza, promueve mayor recesión, ajuste de precios al alza e incentiva entradas de capital de corto plazo (Stiglitz) que agregan más leña al fuego.

El modelo aplicado por el FMI tiene problemas al suponer características fuera de la realidad. La demanda de dinero no es estable (por el motivo precaución) lo que genera que una tasa de interés elevada no lleve a aumentar la demanda y ahorro en moneda nacional como se señala en el libro de texto. La producción no está determinada solo por factores de la oferta, sino de la demanda que incluyen el gasto público y los niveles de crédito que se reducirían con las restricciones adicionales del nuevo acuerdo; los salarios no son solo costo de producción sino ingresos y demanda; tampoco son plenamente flexibles. La cuota de los salarios en el producto contribuye en positivo al crecimiento económico por lo que deprimirla conduciría a más recesión. Desafortunadamente, con estas realidades, las probabilidades de éxito del nuevo acuerdo con el FMI son reducidas. Quizás se equilibren algunos mercados pero a un elevado costo económico y social.

 

 

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