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Es el título del artículo publicado por Jerónimo Pimentel en el suplemento cultural del decano de la prensa nacional del domingo 11 de marzo. Se trata de una lectura obligada donde se crítica la posición de los grupos empresariales (la derecha peruana) a la luz de los últimos acontecimientos relativos a su oposición a la regulación previa de fusiones, al club de la construcción, la fusión de las cadenas de farmacias y al descubrimiento de que la Confiep recibió financiamiento de Odebrecht para realizar una campaña (mejor dicho contra campaña) que trataba de reducir espacios al candidato Humala, entre otros. Aquí algunos extractos de su artículo. Ojalá lo dejen seguir escribiendo en ese diario.

Del cartel de los pañales al club de la construcción, de Chinchero a las donaciones de la Confiep, lo que nos deja claro el capital peruano es que busca la colusión, la prebenda, la ventaja. No son noticias nuevas. Ajenos al aumento de la productividad, de la creación de valor, a la innovación, a los retos que sus pares enfrentan en el mundo con orgullo, los empresarios se reducen en el Perú a un rol oportunista: aliarse con la dirigencia para calcular cuánto dar y cuánto recibir. El más exitoso es quien apuesta mejor.

En la inseguridad de los empresarios cualquier intervención ciudadana ajena al lobby les aterroriza, desde los octógonos en los empaques de alimentos hasta las discusiones sobre la necesidad o no de regular un monopolio en el mercado de la salud. No son dilemas nuevos, desafíos que ponen a prueba la fortaleza intelectual de sus portavoces; son más bien polémicas superadas hace mucho con consensos claros de instituciones técnicas, avances a los que el Perú se resiste. La idea para ellos no es acercarse a la verdad, transparentar información o enriquecer el debate ciudadano: se trata más bien de dilatar, bloquear y medrar para mantener el mayor tiempo posible condiciones que pueden ser nocivas para el mercado o incluso dañinas para el consumidor, pero que les aseguran márgenes de ganancia.

Jerónimo Pimentel ha dado en el clavo. Desafortunadamente, cada vez existen menos verdaderos empresarios en el Perú, en particular si los concebimos como el innovador de Schumpeter. Esos que crearon empresa desde finales del siglo XIX, los de los años cincuenta, sesenta y setenta y hasta en los difíciles ochenta. En la mayoría de los casos ahora se trata de crear empresa, vender, parasitar y vivir de las rentas. La mística, el espíritu creativo y de competencia se ha perdido cediendo su lugar a una mentalidad extractivista propia del siglo XIX, al crudo cálculo financiero y la segmentación de mercados que sólo pretende extraer hasta el último centavo de excedente a los consumidores. Con esos empresarios el país no tiene futuro alguno.

 

 

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