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Economía venezolana: ¿mitos y realidades?

La reciente convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente en Venezuela es otro desatino más del gobierno actual. Frente a la necesidad de un calendario preciso y la convocatoria a nuevas elecciones generales se propone una asamblea de 500 miembros con una composición sectorial y territorial predeterminada (entre 40% y 50% de sus miembros serían de la “clase obrera y de los movimientos sociales”). Las reacciones en contra han sido inmediatas. A la par si bien el FMI ha proyectado una caída del PBI de 7.4%, una inflación del 720.5% y una tasa de desempleo del 25.3% se han tejido muchos mitos con relación a la situación de la economía venezolana.

Una primera sorpresa es la ubicación de Venezuela en los índices de desarrollo humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Este indicador integra el ingreso per cápita real promedio, los niveles básicos de educación y salud. La última información para 2015 ubica a Venezuela en la posición 71 del mundo en él índice general y la 82 con el indicador corregido por desigualdad. El Perú se encuentra en una peor situación: 87 y 95 de estos respectivamente. Sin embargo, no hay que olvidar el deterioro dramático de 2016 con una caída del PBI de 18% según el FMI. Venezuela con una población cercana a los 30 millones de habitantes, ligeramente inferior al Perú de 31.5 millones tuvo un PBI real superior al peruano en 44% en 2014. Las exportaciones e importaciones de Venezuela eran el doble de las peruanas.

Es probable que haya sabotaje económico por razones políticas e ideológicas, pero los racionamientos de divisas e insumos básicos, los controles de precios y tipo de cambio, subsidios generalizados y una macroeconomía extremadamente desequilibrada son el caldo de cultivo ideal para todos los problemas de desabastecimiento, alta inflación, desempleo y recesión. Se aplican políticas inadecuadas pero la raíz del problema es estructural. En los años cincuenta del Siglo XX el ingreso per cápita real venezolano fue equivalente al 90% del ingreso norteamericano y ahora es el 25% (medido en paridad de poder adquisitivo). La respuesta está en dos fenómenos juntos: maldición de recursos naturales y enfermedad holandesa por una economía monoproductora basada en el petróleo. La primera alude a que se reducen los incentivos para la acumulación pública y privada de capital humano, se imbuye un falso sentido de seguridad para diseñar e implantar políticas sensatas y se desincentiva el ahorro-inversión afectando el crecimiento económico (Gylfason, 2001). La segunda a las externalidades negativas que se producen cuando se incrementan las divisas abruptamente por las exportaciones especialmente de materias primas.

Con Hugo Chávez se gastaron US$ 400,000 millones en política social, pero no hubo avances en una diversificación productiva efectiva. Con la caída de los precios del petróleo a la mitad en 2015 el ajuste era inevitable pero social y políticamente inaceptable para el gobierno. Se prosiguió con las mismas políticas equivocadas. Desafortunadamente, un cambio de régimen político con la aplicación de las políticas económicas estándar (neoliberales) de corto plazo tampoco es garantía de mejora de las condiciones de vida para la población. Una estrategia basada en un sector productivo es inviable en el mediano y largo plazo para un país con población de tamaño intermedio. Sirva también esta experiencia negativa para llamar la atención a todos los que insisten en que la diversificación productiva no es necesaria y que se da sola naturalmente.

 

 

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