Un nuevo capítulo de la crisis del turismo peruano: cuando la falta de control cuesta vidas
El turismo es, en su esencia más pura, una promesa de experiencia. Y el Perú no es la excepción. Prometemos hospitalidad, cultura, emoción y recuerdos memorables. Sin embargo, existe una condición tácita, absoluta e infranqueable sobre la cual se sostiene cualquier propuesta de valor en esta industria: la seguridad física y la integridad del viajero. Sin ella, la experiencia deja de existir como propuesta de servicio y se convierte en una negligencia inaceptable.
Los recientes trágicos accidentes en la región Ica, primero con un tubular y luego con el accidente de una avioneta, nos obligan a abordar este tema con la severidad que exige el análisis de procesos e infraestructura de servicios.
La secuencia de tragedias, iniciada con la volcadura de un vehículo tubular en las dunas de la Huacachina que dejó diez heridos y a una turista estadounidense con la amputación traumática de un brazo, seguida por la dramática caída de una avioneta durante un sobrevuelo a las Líneas de Nasca con víctimas fatales, no responde a eventos aislados ni al azar de la aventura. Es la manifestación de una falla sistémica en la gestión operativa y de riesgos.
1. La vida humana: la única métrica no negociable
En la gestión de servicios turísticos suele medirse el éxito a través de indicadores comerciales como tasas de ocupación, gasto promedio por visitante o índices de satisfacción. Sin embargo, en actividades que involucran un componente de riesgo operativo, como la aviación turística o los recorridos de aventura, el indicador primario y no negociable es la tasa cero de accidentes evitables.
Ninguna belleza paisajística ni estrategia de posicionamiento comercial puede compensar la pérdida de una vida humana o la mutilación de un visitante. Tratar la siniestralidad como un costo tolerable dentro de la operación turística revela un desvío peligroso en la mentalidad directiva del sector. Cuando un turista aborda una aeronave o se asegura en un tubular, está entregando un voto de confianza total a la marca del destino y a la idoneidad de sus prestadores. Vulnerar esa confianza por deficiencias previsibles es éticamente indefendible y comercialmente insostenible.
2. La mala calidad del servicio: ausencia de control y riesgos evitables
¿Por qué estos incidentes ocurren con una frecuencia inaceptable? La respuesta no está en la fatalidad, sino en las deficiencias del diseño de servicio, el mantenimiento preventivo y la regulación del ecosistema turístico.
En primer lugar, existe una falta de control regulatorio efectivo. Las declaraciones posteriores a las tragedias, donde las propias autoridades señalan que cientos de tubulares e instalaciones operan al margen de las exigencias mínimas, confirman un vacío de fiscalización in situ y en tiempo real.
En segundo lugar, se observan deficiencias graves en el mantenimiento e infraestructura. En servicios intensivos en activos mecánicos y aeronáuticos, posponer el mantenimiento adecuado o reducir estándares para abaratar costos de operación constituye una vulneración directa a la continuidad y seguridad del servicio.
Por último, persiste una tolerancia inaceptable ante riesgos innecesarios. La búsqueda de rotación rápida de pasajeros en las dunas o la salida en condiciones no óptimas responden a una gestión orientada al volumen de corto plazo, postergando los protocolos estandarizados de gestión de calidad.
Un servicio turístico de alta calidad no es solo aquel que vende una travesía impactante, sino el que garantiza la predictibilidad y el control absoluto de sus variables de riesgo.
3. La erosión del destino: un golpe a la confianza y sostenibilidad
El turismo es una industria de alta sensibilidad reputacional. En un mercado global interconectado, las noticias sobre siniestros con víctimas fatales o secuelas graves impactan de inmediato en las advertencias de viaje y en la percepción de los países emisores.
En un contexto donde la industria turística de Perú necesita reconstruir la confianza del mercado internacional y consolidar una oferta segura, incidentes como estos minan la competitividad del país. Ica no compite únicamente con otros atractivos locales; compite en el mercado global por viajeros que buscan experiencias memorables bajo parámetros previsibles de seguridad. La recurrencia de tragedias erosiona la marca destino, aleja al turismo de mayor valor agregado y destruye el esfuerzo publicitario de años. ¿Quién querría visitar un destino en donde los operadores turísticos no garanticen el bienestar de sus usuarios? Y esto no solo involucra a las empresas vinculadas a actividades recreativas, sino que alcanza también al transporte, a los mismos hoteles, a los guías.
Reflexión y llamada a la acción: ¿qué debe cambiar?
La sostenibilidad turística de Ica no dependerá del volumen de visitantes en el próximo feriado largo, sino de la capacidad de sus actores públicos y privados para reformar sustancialmente la gobernanza del servicio. Para lograrlo, se requiere actuar con firmeza en tres frentes clave.
Primero, mediante una fiscalización técnica e inopinada. La articulación entre el sector transporte, Mincetur, los gobiernos regionales y las municipalidades debe traducirse en auditorías permanentes sobre el parque automotor de aventura y las flotas aéreas, retirando licencias de forma inmediata ante cualquier desviación de los estándares técnicos.
Segundo, a través de la autorregulación y la responsabilidad empresarial. Los gremios privados y operadores formales deben asumir la responsabilidad de depurar su propia cadena de valor, rechazando la competencia desleal de servicios informales que recortan costos a expensas de la vida del usuario.
Tercero, exigiendo transparencia en la información al usuario. Es indispensable implementar un sistema accesible para que el visitante pueda verificar, antes de contratar, la acreditación legal, los historiales de mantenimiento y las certificaciones de seguridad del operador.
La emoción y el turismo de aventura son atributos altamente valorados en la propuesta de valor de un destino, pero la improvisación no puede ser parte del modelo operativo. Es momento de entender que la seguridad no es un costo operativo ni un mero trámite burocrático, sino el activo estratégico sobre el cual se sostiene toda la industria. Sin seguridad no hay servicio, sin servicio no hay mercado y, sin el resguardo de la vida humana, Ica simplemente no tiene futuro turístico.

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