El nuevo “oro” en la era de la IA y las redes sociales: la atención
Vivimos rodeados de estímulos, no solamente porque estos existan sino porque los buscamos. Abrimos una pantalla para aclarar una duda y acabamos saltando entre temas que no estábamos buscando, pero que aparecieron y de pronto nos llamaron la atención. Y no es para menos. De acuerdo con informes de Statista, al 2025 por minuto se publican y observan más de 695 000 historias y reels de Instagram, se crean más de 350 000 tweets, y se implementan aproximadamente 8.5 millones de anuncios en todo el mundo. Y en cuanto a la irrupción de los asistentes de inteligencia artificial (IA), según datos reportados por OpenAI, solo en un día ChatGPT procesa alrededor de 2.5 mil millones de consultas.
Como puede verse, nunca había sido tan sencillo acceder a información o contenidos, ni encontrar respuestas casi al instante. Y, sin embargo, nunca había sido tan tentador abandonarlos antes de comprenderlos a fondo.
Por años se afirmó, acentuándose más en los 2000 con la masificación del Internet, que el conocimiento era accesible para todos. Hoy, esto se transformó y ya no reflexionamos sobre el acceso al conocimiento o al contenido, sino que reflexionamos sobre la velocidad con la que ocurre todo. Todo se actualiza más rápido y pierde importancia con mayor velocidad. La sociedad en la que vivimos nos impulsa a movernos más, no a pensar mejor. Y confundimos el movimiento con el progreso. Estamos recibiendo una sobrecarga de estímulos.
Y esta situación genera un gran inconveniente porque nuestra atención como seres humanos no se expande a la misma velocidad que los contenidos. Nuestro tiempo mental sigue siendo finito. Nuestra habilidad para concentrarnos es frágil y tenemos al frente una cantidad casi ilimitada de elementos que demandan nuestra mirada. El desenlace es previsible: leemos (o, mejor dicho, miramos) más, pero entendemos menos.
Y esto no es una apreciación personal. La manera en la que se producen los comerciales o anuncios, la forma en la que se filman películas, por citar algunos ejemplos, ya cambió. Las narraciones empiezan a desarrollarse rápidamente. Las presentaciones eliminan sutilezas para dar prioridad a lo impactante. Esto se da no porque sus creadores no valoren la profundidad, sino porque son conscientes de que la atención es efímera. Si no logran captar la atención pronto, en los primeros segundos, el público se marchará.
La aparición de TikTok y los formatos breves de videos también contribuyeron a ese adiestramiento cultural. No fueron una moda y se volvieron parte de un hábito donde las personas esperan recompensas inmediatas y cambios frecuentes. Y eso da forma a las expectativas. Desde el inicio, comenzamos a anticipar que todo será claro, veloz y divertido. Cuando no lo es, nos desinteresamos y scrolleamos.
Ante el contexto descrito, y como en otros artículos que he redactado sobre consecuencias de las tecnologías emergentes, surgen preguntas incómodas que deberían discutirse más o a mayor volumen y no solo en charlas académicas: ¿estamos disminuyendo la ambición intelectual para no incomodar o estamos modificando la forma con el fin de cuidar la atención? No todo lo que es importante se puede digerir fácilmente y grabarse en un video de un minuto. Entender algo que es complejo generalmente conlleva pasar por situaciones de confusión, dudas e incluso aburrimiento. Pero cada vez se toleran menos esas fases y hay un llamado a adaptarse a las tendencias para hacerlo “digerible”.
Y lejos de tratarse simplemente de un exceso de consumo de contenido, estamos ante un fenómeno social con efectos directos en el ámbito profesional. La capacidad de atención muestra retrocesos evidentes: personas incapaces de dejar el teléfono durante una reunión —y no precisamente para tomar notas—, conversaciones que deben repetirse porque el interlocutor se desconectó mentalmente, o equipos que pierden tiempo valioso debido a esta dispersión constante.
La atención se ha convertido en un bien escaso y en una habilidad cada vez más demandada, precisamente porque exige renunciar a una multitud de estímulos para concentrarse en uno solo. Supone abandonar la fantasía de estar en todas partes y renunciar a la urgencia de opinar sobre todo.
En un contexto donde casi cualquier dato puede obtenerse de inmediato, la diferencia ya no está en acumular información, sino en sostener la atención cuando requiere esfuerzo. Y en un mundo que no se detiene, esa capacidad puede convertirse en una de las pocas formas auténticas de autonomía que nos quedan.

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