Del scroll infinito a la atención finita: la importancia de pensar en la era de la IA
Una de las ideas más “reconfortantes” que se tenían dentro de la academia era que las nuevas generaciones leían, pero en formatos diferentes, y que buscaban aprender a través de maneras más lúdicas. No obstante, según los datos más actuales del Programa para la Evaluación Internacional de Competencias de Adultos (PIAAC) de la OCDE, la capacidad de comprensión lectora ha disminuido o se ha mantenido igual, incluyendo a individuos con educación superior. Esto demuestra un deterioro generalizado de capacidades cognitivas esenciales.
Ante esto, el problema no es que las nuevas generaciones no lean. El inconveniente es que, en un entorno saturado de estímulos inmediatos, existe un riesgo creciente de que les resulte más difícil sostener procesos de pensamiento profundo. No se trata únicamente de un cambio cultural, sino de una posible modificación en los hábitos cognitivos, con repercusiones significativas que trascienden lo educativo y alcanzan también los ámbitos profesional y social.
Justamente, un reciente informe del Financial Times titulado Decline in reading is inhibiting learning, academics warn, con base en testimonios de docentes y pruebas obtenidas, retrata una circunstancia que hace solo diez años habría sido considerada increíble: alumnos de alto rendimiento que se alejan de textos extensos, tienen problemas para entender casos complicados y necesitan resúmenes simplificados para captar temas que previamente necesitaban una lectura minuciosa. No es un problema de acceso o de capacidad mental. Más bien, es un cambio en la manera de concebir el esfuerzo.
Ahora, esta transformación no se ha producido de forma espontánea. Está fuertemente conectada con el cambio del entorno informativo, donde se desarrollan las nuevas generaciones. La lectura ha ido siendo reemplazada poco a poco por una interacción fragmentada, donde se busca lo inmediato y la síntesis. Es así como la lectura dejó de ser un espacio para concentrarse y se “transformó” en una actividad más dentro de un flujo ininterrumpido de estímulos.
Y esto se agudizó con la irrupción de formatos de video más cortos gracias al surgimiento de TikTok, YouTube Shorts o Instagram Reels, que han modificado no solo lo que consumimos, sino también la forma en que lo hacemos. Cada fragmento de contenido está creado para atraer la atención en pocos segundos, proporcionar una recompensa instantánea y ser sustituido con rapidez por el siguiente contenido. Este patrón, que se repite cientos de veces al día, no es neutral. Desde el punto de vista cognitivo, es una capacitación intensiva en fragmentación.
Estos efectos comienzan a ser evidentes en investigaciones recientes. Por ejemplo, la exposición a contenido breve por un largo periodo de tiempo se relaciona con una reducción en la atención sostenida y con un deterioro en la memoria prospectiva, según investigaciones experimentales. En tanto, los estudios realizados en entornos educativos demuestran que los alumnos que cambian a menudo entre tareas de la escuela y estímulos digitales no solo emplean menos tiempo efectivo en el estudio, sino también procesan la información de forma más superficial. No es solamente que se distraigan más; sino que les cuesta cada vez más volver a concentrarse de manera profunda después de haber sido interrumpidos.
Este es el aspecto que generalmente se menosprecia. Los videos breves no son solamente una forma eficaz de entretenimiento. Son un modelo de interacción que disminuye gradualmente la tolerancia a la carga cognitiva. La exposición constante a dinámicas de gratificación inmediata puede volver desmesuradamente difíciles tareas que necesitan atención prolongada, como examinar un caso complicado o leer un artículo académico.
Y aquí es importante señalar que la habilidad de mantener la atención, integrar información variada y desarrollar estructuras conceptuales complejas es lo que determina el aprendizaje significativo. No obstante, estas competencias chocan directamente con los patrones de pensamiento impulsados por el entorno digital. No necesariamente el resultado es un colapso inmediato de la eficiencia académica (indistintamente del nivel académico), sino algo más delicado y, por lo tanto, más inquietante: una superficialización progresiva del aprendizaje. Los alumnos consiguen satisfacer los requisitos básicos, pero encuentran obstáculos para ir más allá, para cuestionar, para relacionar conceptos y para reflexionar a fondo.
Se podría plantear que los colegios y las universidades están formando personas altamente funcionales en entornos digitales, aunque con el riesgo de que su capacidad para sostener procesos de pensamiento profundo se vea limitada. Las implicancias de esto van mucho más allá del aula. En el ámbito profesional, habilidades como analizar problemas complejos, tomar decisiones informadas y construir argumentos sólidos siguen siendo fundamentales. Si estas capacidades comienzan a erosionarse, el impacto quizá no sea inmediato, pero sí acumulativo. Algo similar ocurre en el plano social y político: una ciudadanía que consume información de manera fragmentada y superficial puede volverse más vulnerable a la desinformación, menos preparada para deliberar críticamente y más propensa a adoptar posiciones simplificadas frente a problemas complejos.
Aquí es fundamental subrayar que el problema no radica en la tecnología en sí misma, sino en cómo ciertos dispositivos y plataformas han transformado nuestras expectativas cognitivas. Los formatos breves no son intrínsecamente negativos; sin embargo, su predominio está desplazando prácticas que resultan esenciales para cultivar el pensamiento complejo. Más que preguntarnos si los jóvenes leen más o menos, deberíamos reflexionar sobre el tipo de disposiciones mentales que estamos contribuyendo a formar.
El riesgo no es que dejemos de leer. El peligro es que, aun leyendo, perdamos la capacidad de comprender en profundidad. Cuando esto ocurre, no solo se debilita una competencia académica: se erosiona uno de los prerrequisitos fundamentales para pensar críticamente en un mundo que, paradójicamente, nunca ha sido tan complejo. La saturación informativa, la velocidad con la que circulan los contenidos y la fragmentación de la atención no eliminan nuestra capacidad de entender, pero sí pueden moldearla de maneras que todavía no alcanzamos a dimensionar del todo.
Si permitimos que la lectura se convierta en un acto superficial, perdemos algo más que un hábito intelectual: perdemos una herramienta para orientarnos en medio de la incertidumbre, para distinguir lo relevante de lo accesorio y para resistir la tentación de simplificar problemas que exigen matices. En última instancia, lo que está en juego no es solo cómo leemos, sino cómo pensamos. Y en un tiempo en el que las decisiones individuales y colectivas dependen cada vez más de nuestra capacidad de interpretar el mundo con rigor, preservar esa profundidad no es un lujo cultural, sino una necesidad cívica.

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