Investigación en turismo: una gran deuda nacional (y por qué resulta tan difícil saldarla)
La investigación en turismo enfrenta desafíos que trascienden lo metodológico y revelan, en realidad, limitaciones estructurales del propio sistema de investigación del país. El principal obstáculo no se encuentra en la capacidad de publicar artículos científicos, sino en las condiciones que hacen posible investigar con rigor y pertinencia: la escasa disponibilidad de datos en el sector, la fragmentación territorial de los destinos, la inestabilidad de los contextos locales y la compleja tarea de construir confianza con comunidades y asociaciones que —con razones fundadas— suelen mostrarse reticentes frente al trabajo académico.
Este escenario pone en evidencia una paradoja que las universidades no pueden seguir ignorando. Mientras el sistema educativo continúa evaluando el desempeño académico casi exclusivamente a partir del número de publicaciones, se invisibiliza el tramo más crítico y exigente del proceso investigador: el trabajo de campo, la articulación con actores locales y la generación de conocimiento relevante para el desarrollo del territorio. Se mide lo más observable, pero no necesariamente lo más complejo ni lo más valioso desde una perspectiva académica y social.
Todo investigador que haya realizado un trabajo de campo en turismo es consciente de esa fricción. Antes de redactar la primera línea, es necesario gestionar permisos municipales, buscar estadísticas dispersas en hojas de Excel o registros en cuadernos escritos a mano, esperar semanas para una entrevista que se cancela en temporada alta o volver a establecer el contacto cada vez que cambia la autoridad local. El dato no se encuentra disponible –—y la información menos— es necesario elaborarlo. Este proceso de investigación requiere tiempo, se realiza etapa por etapa, proceso que no es reconocido ni ponderado en los indicadores académicos valorados.
En las métricas universitarias, lo que finalmente importa es el resultado visible: el artículo publicado, la revista indexada, la cita o referencia. Todo lo que ocurre antes —la negociación con los actores locales, el diseño del instrumento, los procesos de prueba y error, la coordinación logística y los meses de trabajo de campo— suele quedar fuera de la evaluación. La investigación, por naturaleza, es lenta y relacional; la evaluación, en cambio, es rápida y cuantitativa. De ese contraste surge un descalce evidente. Quien dedica más tiempo a comprender el territorio y a construir relaciones tiende a “producir” menos en términos métricos. Quien escribe más desde el escritorio aparece como más productivo, no necesariamente porque investigue mejor, sino porque el sistema recompensa aquello que resulta fácil de contar.
La irrupción y rápida masificación de las herramientas de inteligencia artificial (IA) ha hecho este desajuste aún más visible, aunque no por las razones que a menudo se exageran en el debate público. La IA no investiga: no recoge datos primarios, no construye relaciones con el territorio ni analiza problemas complejos en contextos locales. Lo que sí hace —y lo hace de manera notablemente eficiente— es automatizar buena parte del formato académico: organizar y compilar bibliografía, sintetizar literatura, sugerir estructuras argumentales, corregir la forma, producir o traducir textos formalmente impecables e incluso asistir en el cumplimiento de estándares como el formato APA.
Cuando esta parte del proceso se simplifica, contabilizar publicaciones como sinónimo de productividad académica se vuelve todavía más cuestionable. Sin embargo, sería cómodo —y reduccionista— concentrar la crítica únicamente en las herramientas de IA o en las métricas que las acompañan. Existe un giro más incómodo que rara vez abordamos: incluso cuando logramos superar la presión por publicar y desarrollamos investigaciones exhaustivas y rigurosas, nada garantiza que el conocimiento generado produzca un impacto significativo. La brecha no es solo cuantitativa, sino sustantiva: entre la contribución académica y la contribución práctica.
Esta brecha obliga a repensar no solo cómo investigamos, sino también para qué y para quién lo hacemos. La investigación en turismo no puede agotarse en la validación académica entre pares si no logra dialogar con los problemas reales de los territorios, informar políticas públicas o aportar a la toma de decisiones de los actores que sostienen la actividad. El desafío, entonces, no es únicamente producir más conocimiento, sino asegurar su pertinencia, su transferencia y su capacidad de generar transformación. Sin una articulación más sólida entre universidad, Estado, sector privado y comunidades locales, incluso la investigación metodológicamente más rigurosa corre el riesgo de quedarse en el ámbito de lo irrelevante.
En la práctica, esta brecha se manifiesta con frecuencia de manera incómoda. Podemos permanecer en el campo durante meses o incluso años, aplicar métodos sólidos y redactar artículos técnicamente impecables, y aun así no contribuir a la solución de un problema real, no incidir en una decisión pública ni aportar a la optimización de la gestión turística. El cuestionamiento de fondo, entonces, no es solo cuánto investigamos, sino qué tipo de conocimiento estamos produciendo. Abundan los artículos que circulan únicamente entre colegas, se citan entre expertos o alimentan la producción de nuevos trabajos cuyo nivel de incidencia —académica y práctica— resulta, en última instancia, mínimo.
En un sector como el turismo, donde la complejidad de lo humano es preponderante, esta situación debería inquietarnos especialmente. No trabajamos con abstracciones alejadas de la vida cotidiana, sino con empleo, territorio, recursos naturales, comunidades y políticas públicas locales. Cuando el conocimiento que producimos no dialoga con estos ámbitos concretos, el problema no reside únicamente en el formato de la publicación, sino en una desconexión más profunda entre investigación y realidad.
De allí emerge un segundo desbalance, menos visible pero más estructural: no solo es discutible la forma en que medimos la producción intelectual, sino también las preguntas que priorizamos al investigar. Y es precisamente este desajuste el que obliga a replantear el sentido último de la investigación académica en turismo.
La presión por publicar contribuye a que las investigaciones sean cada vez más fragmentadas o específicas desde el punto de vista metodológico. Es más sencillo transformar un problema de investigación en varios artículos que tratar una cuestión estructural que necesita coordinación, tiempo y cuyos resultados son inciertos. Concluimos afinando modelos, optimizando variables marginales o debatiendo aspectos técnicos que son publicables sin ningún problema, pero cuya contribución al sector es escasa.
En tanto, las cuestiones importantes, como la informalidad laboral, la presión inmobiliaria sobre las comunidades, la sostenibilidad medioambiental, la gobernanza de los atractivos turísticos (por ejemplo, en el Santuario histórico de Machu Picchu) o la repartición de los beneficios turísticos, por citar solo algunos ejemplos, son dejadas a un lado debido a que son políticamente delicadas y complicadas de convertir en publicaciones académicas, sobre todo considerando el tiempo y la dedicación que tomarían.
Dicho esto, estamos frente a la siguiente realidad: podemos medir, con gran exactitud, problemas más pequeños, pero se dejan muchas veces de lado los problemas que realmente trascienden a las personas.
La investigación en turismo no debería limitarse a elaborar documentos correctos teóricamente, sino también a generar conocimiento que permita tomar decisiones de mejor calidad, sobre todo en un sector informal como el nuestro y donde la academia no ha tenido suficiente injerencia. Si las labores de los investigadores (me incluyo) no establecen comunicación con gobiernos locales, administradores o comunidades, o si no contribuyen a comprender conflictos ni a concebir políticas más razonables, entonces el número de publicaciones dice muy poco acerca de nuestra verdadera contribución.
Publicar con rigor metodológico es una condición necesaria, pero dista de ser suficiente. Mientras sigamos evaluando la investigación únicamente por su productividad formal, evitaremos la pregunta verdaderamente incómoda: ¿a quién sirve el conocimiento que generamos? Si no podemos responderla con claridad, el problema no es la falta de publicaciones, sino la forma en que definimos, valoramos y orientamos la investigación en un sector tan intrínsecamente social como el turismo. Porque, en última instancia, publicar es lo más fácil; lo que exige liderazgo académico ocurre antes y después del artículo.

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