La transformación del valor de la experiencia en tiempos de la IA
Durante generaciones, acumular experiencia fue uno de los caminos más seguros y sólidos para asegurar una buena carrera profesional. Estudiar una carrera universitaria o empezar como practicante, ya sea como emprendedor o desde la base del organigrama de una empresa, equivocarse, aprender, reaprender, volver a intentar… todas estas vivencias forjaban carácter y dotaban a una persona de conocimientos que no se podían comprar o adquirir de un momento a otro. El tiempo se encargaba de todo.
Pero estamos en un momento donde la experiencia puede no ser una garantía de éxito. Si antes la experiencia se traducía en un lenguaje de autoridad, donde se escuchaban frases como: “Yo ya viví esto”, “Conozco cómo funciona el negocio”, ahora presenciamos un fenómeno curioso como consecuencia de la IA: respuestas correctas que no vienen acompañadas de un recorrido por la empresa o la industria; recomendaciones adecuadamente formuladas que no nacen de una vivencia, sino del aprendizaje que la tecnología brinda con base en la recopilación de una interminable data.
Si antes la jerarquía del conocimiento estaba clara dado que el que sabía más, decidía o el que había vivido más, orientaba; hoy, enfrentamos una realidad donde un profesional con pocos años de carrera gracias a la IA, puede acceder a capacidades que antes tomaban décadas desarrollar.
Y esto provoca una tensión silenciosa, de la cual se evita hablar, pero que está presente. Es el elefante en la habitación. El seniority no necesariamente hará que una opinión pese más y un joven talento pueda obtener buenos resultados sin haber vivido los procesos que antes se consideraban formativos.
Ahora, si bien se podría decir que “la experiencia humana siempre será necesaria”, hay que entender que nadie puede decir con completa certeza que su valor seguirá intacto y continuará siendo reconocido. No basta con decir “lo humano siempre será importante”. La pregunta real es: ¿estamos preparados para demostrar ese valor de otro modo?
Aquí aparece la dimensión más íntima de esta transformación. Para muchos profesionales, la experiencia fue más que una herramienta diferencial de trabajo, fue una identidad que se construyó a lo largo de años: “Soy muy bueno en esto”, “mi opinión pesa”. Cuando esa certeza se debilita, no se pierde solo una ventaja competitiva; se pierde una parte del autovalor que tiene una persona.
Por eso, la pregunta incómoda es: si mi experiencia ya no me diferencia como antes, ¿qué justificó todos estos años de carrera? ¿qué me hizo realmente importante como generador de valor? No es una pregunta amarga. Es una pregunta honesta, y cada vez más frecuente.
Considero que estamos entrando en una etapa donde la experiencia ya no es un privilegio y se posiciona como una responsabilidad, donde se puede aportar desde otra perspectiva cuando todo se mueve aceleradamente. De recordar consecuencias cuando otros solo ven posibilidades. De poner pausa cuando todo empuja a avanzar rápido para ser más ágil y productivo.
Quizá la experiencia ya no garantice una autoridad automática. Pero puede seguir ofreciendo algo difícil de reemplazar: la capacidad de cuidar decisiones, procesos y personas cuando el entorno invita a hacerlo todo sin analizar demasiado. Y aquí el tono cambia: ya no es una experiencia que impone, sino una experiencia que orienta, como quien da un consejo o recomendación.
Dicho esto, no estamos frente al final de la experiencia. Estamos frente al final de la experiencia como ventaja incuestionable. Y eso nos obliga a hacer algo que rara vez hacemos: revisar quiénes somos profesionalmente más allá de nuestros años de recorrido.

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