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En 1997, Tim Burton publicó el libro ilustrado La melancólica muerte del niño ostra, una colección de cuentos donde el humor, la tristeza y la soledad dan forma a un universo marcado por la original estética del director estadounidense -admirador de la imaginería gótica y expresionista, marca registrada de casi toda su obra fílmica-. En el trabajo impreso hay un relato, Ojos de clavo, que narra la historia de un niño que, a riesgo de romper con el sentimiento navideño, construye un árbol decorativo del que no podrá disfrutar. Burton escribe: “El niño de ojos de clavo / terminó de montar su árbol / de estaño en un solo día / Pero se veía muy raro / pues él mismo no veía”. Esa ruptura con lo convencional, que en el caso de Burton puede ser recurrente, dolorosa e inquietante, le hace reformular algunas costumbres sociales, siempre desde una óptica periférica. La tradición cinematográfica no ha escapado a las apreciación del director. Dumbo (2019), su última película, coproducida con Disney Pictures, en esencia, es una muestra de esta afirmación.

 La propuesta de Burton se aleja muchísimo del clásico animado de 1941. Sin embargo, eso no es un problema. La película que ganó dos premios Oscar hace más de 50 años se distingue por sopesar candidez y crueldad, dos líneas que convergen en personajes tan tiernos como antipáticos. Además, la cinta “antigua” está conducida por un narrador que por momentos turna la omnipresencia de su voz con algunas piezas musicales familiarizadas a las canciones de cuna. Un disfrute inocente que en la actualidad empatiza a medias con una generación acostumbrada a los movimientos de vértigo y los colores chillones de las nuevas tecnologías.

 Burton se desmarca de los tópicos descriptivos o de contextualización que sí tiene la primera versión de Dumbo para centrarse en la independencia y el valor de sus personajes. Si en Dumbo de 1941, la variedad de animales goza de características antropomorfas o están provistos de razonamientos humanos que ayudan a perfilar la instauración de los conflictos -recordemos que es un filme de dibujos animados-, en la nueva versión de 2019 la apuesta está en cómo consolidar la relación entre los principales personajes. Y eso es lo mejor de la película de Burton. La frustración de un padre (Colin Farrell) que no llega a sus hijos (Nico Parker y Finley Hobbins), la necesidad de afecto y el cariño brindado a cuentagotas entre un hombre ambicioso (Michael Keaton) y una mujer rescatada de la calle (Eva Green), o la solidaridad tardía de un cirquero (Danny De Vito) hacia su personal de fenómenos, son relaciones humanas que Burton entrelaza de forma hábil y convincente.

 Lo malo del Dumbo de Burton, si de alguna manera se ha seguido la carrera del director con atención, es que no tiene su impronta. La oportunidad de erigir una cinta diferente, desde esa óptica exuberante que hizo famoso al realizador, se desvanece cuando la consolidación de las relaciones afectivas -que tiene como fin socorrer al pequeño paquidermo- ensombrece la potencialidad de la ambientación y las posibilidades de exponer en mayor medida los mecanismos psicológicos de los villanos. A pesar de ello, Dumbo es una película que llama la atención por su cuidadosa dirección artística, remitiendo a una época donde la espectacularidad de los circos concitó la atención de chicos y grandes.

 Así como el niño ojos de clavo que construye el árbol que no puede alcanzar a ver, Tim Burton edifica  una película interesante, alejada de la historia clásica con resultados airosos, aunque traiciona la esencia de su sello al dejar la impresión de que pudo haber sido mejor. Sin duda, la política Disney no le permitió, o dejó, ver más allá.

 

 

 

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