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Desde que el cine de superhéroes pisó terreno seguro para convertirse en una máquina imparable de generación de dinero, pocas son las ideas que han escapado al molde impuesto por los estudios que materializaron las historietas de Marvel y DC. Quizá la trilogía de Batman realizada por Christopher Nolan (2005-2012) y Logan (2017) hayan evadido ligeramente las fórmulas dominantes, pero la deuda por ver algo más parecido a Watchmen (2009) sigue pendiente.

En las antípodas, la aparición de El protegido (2000) supone una mirada extraña hacia un mundo más críptico y menos bombardeado por imágenes frenéticas de enfrentamientos cuerpo a cuerpo entre héroes y villanos. Entonces la duda se instala en torno a si la película de M. Night Shyamalan tiene la mística necesaria para alimentar un mundo popular que tiene su origen en el cómic. El protegido va más allá. Su naturaleza está rendida hacia el cómic como un homenaje cómplice, pero desde una óptica contemplativa, diseccionada y limítrofe donde el elemento dramático se deja sentir de forma permanente sin que le quite valor al espíritu sobrenatural. Aquí el héroe no quiere asumir su protagonismo, no desea involucrarse en algo para lo que no está preparado. Su estatus preeminente choca con la responsabilidad familiar, pero es la propia fuerza familiar la que lo potencia.

Muchos años más tarde, Fragmentado (2016) hilvana una conexión directa con El protegido solo en la secuencia final, dejando especulaciones sobre el camino que utilizará Shyamalan para unir sus dos películas. El héroe que descubre sus nuevos poderes, David Dunn (Bruce Willis), y el joven de las múltiples personalidades, Kevin Wendell Crumb (James McAvoy), respectivamente, deberán sopesar sus objetivos y matizar el protagonismo con otros personajes. La Bestia, verdadero monstruo que dominará físicamente a las veintitantas personalidades que habitan en Kevin, representa el traspaso de un mundo psicológico a otro físico que pone en duda las proyecciones de la ciencia médica. Shyamalan, sobre una base real, intenta volver a lo que ya había logrado con Dunn: darle un punto de realidad a sus temas para explotarlos al máximo nivel sin que los rastros de fantasía se noten inverosímiles.

Glass (2019) es la convergencia de dos mundos unidos por el tormento de Dunn, Kevin y el propio Glass (Samuel L. Jackson), pero rodeados de más personajes igual de quebrados en el plano emocional -Casey (Anya Taylor-Joy) y la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), en especial- que hacen de la película una particular representación del mundo moderno. Por más que Glass rompa un esquema clásico de la lucha entre el bien y el mal no deja de graficar un abatimiento emocional que tiene una finalidad redentora.

Glass es Shyamalan y también se deja llevar por Hitchcock, gracias a la dosificación del ritmo y el efecto envolvente de sus acciones, unas tras otras encadenadas sin vacíos. Shyamalan mezcla suspense con fantasía y camina de puntillas por una larga cuerda tensada por giros que desatan acciones inesperadas, ambiguas y extremas. A ello hay que sumar la habilidad del cineasta que saca lo mejor del recurso sonoro en beneficio de las acciones claves de su obra. Si en El protegido la música acompaña todo el tiempo a David para redescubrirse a nivel sobrenatural, en Glass actúa como elemento convergente de los conflictos narrativos entre los tres protagonistas.

Las miradas puestas sobre McAvoy, en un sentido inquisidor, por si iba a repetir otra espléndida actuación quedaron disipadas al entregar un desenvolvimiento intachable. Willis y Jackson no desentonan. Taylor-Joy y Paulson también se esmeran lo suficiente como para aplaudir sus interpretaciones. ¡Qué gran reparto tiene Glass! La última película de M. Night Shyamalan es, sin duda, una de las mejores piezas de fantasía que se verá en años.

 

 

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