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Las primeras escenas de Bumblebee llevan a pensar que todo está perdido. Los recuerdos de las cinco películas anteriores de la franquicia Transformers parecen asomarse como una maldición que ha dejado secuelas traumáticas en los seguidores de los dibujos animados de hace tres décadas. Robots de dos bandos libran una batalla sin cuartel en un planeta aquejado por el mal y por coreografías de acción que aturden. Hasta ese momento, los efectos especiales no hacen otra cosa que darle continuidad a un lastre que Michael Bay inició hace más de 10 años y que ha servido para sepultar sus intenciones de buen director.

Sin embargo, una vez terminada la insufrible pelee de apertura, Bumblebee adquiere otro cariz e ingresa en un terreno que sus antecesoras no pudieron lograr: ser una película de fantasía con corazón, que goza de buenas cuotas de humor y que remite a una época a base de nostalgia. El spin off dirigido por Travis Knight (Kubo y la búsqueda del samurái, 2016) no es precisamente un producto orientado a emular peleas interplanetarias con el fin de medir la eterna disputa entre el bien y el mal. Tampoco es una cinta exclusiva para niños que llenarán las salas de los cines gracias a un personaje curioso potenciado por una fuerte maquinaria de marketing. Bumblebee es una película intergeneracional que pone el foco en una etapa complicada como es la adolescencia, pero sin dar señales de moralina que desvirtúen su propósito germinal.

Charlie (Hailee Steinfeld) es una chica que está próxima a cumplir 18 años y que vive entre el resentimiento que guarda a su madre, Sally (Pamela Adlon), y el dolor causado por la reciente muerte de su padre. La tensión entre madre e hija tiene su origen en la nueva composición familiar que las liga y las prioridades que ocupan a Sally. El hermano menor de Charlie y el padrastro de la adolescente cierran el círculo nuclear. A la inconformidad de Charlie al ver “que todos son muy felices y no reparan en sus problemas” se le suma la obligación de cumplir con un empleo que odia más que una sola cosa: no tener dinero para comprar un auto o reparar el que fuera de su padre.

Es decir, Charlie no ve un futuro motivador y tampoco encuentra un espacio de estabilidad emocional o laboral que la lleven a planificar el horizonte con optimismo. El más amistoso de los Autobots, Bumblebee, llegará a su vida en el momento adecuado para formar una alianza que promete convertirse en un sólido lazo de amistad. El compañerismo entre Charlie y Bumblebee abrirá un camino para plantarle cara a dos desafíos: la falta de atención que aqueja a la adolescente y la inevitable batalla que llega desde el espacio.

Knight aprovecha el conflicto personal de la protagonista y su vínculo con el robot para ofrecer un retrato de lo convulsionada y confusa que puede ser la fase inicial de la juventud. Lo que se le debe agradecer al director es que lo hace desde una mirada puesta en una época plagada de referencias que representan fielmente el estado de Charlie. El espíritu de John Hughes y su hermosa El club de los cinco (1985), sumado al homenaje hacia The Smiths están presentes con la finalidad de darle un aire de rebeldía melancólica a la película. El puño en alto del autobot amarillo a lo Judd Nelson o los acordes de Bigmouth Strikes Again -en realidad toda la banda sonora- le dan alma a un producto que no pareciera tenerla. Algo similar se intentó hacer con Stranger Things, la popular serie de Netflix, y también funcionó.

Bumblebee es una pieza entretenida que no traiciona la raíz de la nostalgia ochentera. Lo curioso es que sabe ingeniárselas para inyectar acción, humor y ciencia ficción sin que todo se perciba tan artificioso como las cinco películas precedentes. Travis Knight ha demostrado que en cuanto menos fuegos artificiales suelta sobre los robots, más posibilidades tiene de capturar una buena historia.

 

 

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