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GEN Hi8 narra la historia de Diego, muchacho de 15 años que llega a un nuevo barrio e intenta encajar en un grupo de adolescentes mayores que él -casi todos arrastran disfuncionalidades familiares y patrones de conducta diferenciados-. A razón de constantes decepciones y breves alegrías, Diego intentará forjar su identidad a pesar del turbulento entorno que lo rodea y que al inicio se niega a entender. Sendero Luminoso, la inflación económica, los cambios tecnológicos y el despertar al sexo, serán asimilados más por fuerza que por voluntad, desembocando en una situación insalvable para el joven protagonista y sus amigos.

A primera vista, GEN Hi8 asoma como una película sobre adolescentes que matan el tiempo entre fiestas de 15 años, pichangas futboleras, casas de videojuegos, peleas callejeras, drogas ocasionales y pornografía de visionado grupal. Conforme pasan los minutos, una serie de conflictos transforman la trama en un relato oscuro y corrosivo que no solo desnuda las miserias y vacíos espirituales de cada personaje, sino que funciona a modo de violento aparato que calibra la puntería sobre una sociedad hipócrita que se desangra a causa de la crisis económica y los atentados terroristas que azotaron a la época. La ópera prima de Miguel Miyahira está contextualizada en 1992, año en que los apagones, el toque de queda, el cierre del Congreso y el atentado de Tarata marcaron a toda una generación.

Sin embargo, lo mejor de GEN Hi8 es que no pretende ponerse en los zapatos de un analista social, mucho menos pontifica acerca del efecto que tiene el paso del tiempo en los peruanos-¿acaso hemos cambiado mucho desde los noventa?-, sino que a través de una historia que involucra a adolescentes de clase media retrata, con brutal ironía y desenfado, la indiferencia de un sector del país que durante el periodo más sangriento de nuestra etapa republicana vivió de espaldas a la realidad. Provisto de una perspectiva afilada, Miyahira recorre situaciones y lugares que para los limeños de entre 35 y 45 años podrían causar melancolía, mientras que para el director son motivos de reflexión: espejos donde podemos vernos con una vergüenza asolapada.

GEN Hi8 obedece a una estética que roza la experimentación donde el formato y la narración canalizan la intención de su creador. Por ejemplo, si se quiere mostrar la ruptura generacional y la distancia que separa a padres e hijos, el director emplea, durante los diálogos, frecuencias distintas de audio. Así, las barreras que separan a unos y a otros van en paralelo con el contexto violento que atravesaba el Perú en aquella década. Cabe destacar que en esta película, las escenas están trabajadas con una cámara Hi8 -la handycam más popular de la primera mitad de los noventa- lo que otorga una textura casera, casi artesanal, que sumada a los efectos distorsionadores de la imagen en postproducción le dan un digno aire amateur. Miyahira saca provecho a su producción low budget en todos los sentidos, pero, sobre todo, naturalizando sus ideas sin alejarse del guion. El desenvolvimiento de los actores es otro punto fuerte de GEN Hi8: parece que no actuasen, sino que la cámara grabara la rutina de un grupo de muchachoscomunes y corrientes que no se guardan nada. Ese registro -estrechamente conectado a lo documental- determina una frescura que ya quisiéramos ver en más producciones nacionales.

GEN Hi8 es una película trasgresora, sucia e hiperrealista. También es un mazazo de honestidad underground que ataca con sarcasmo, pero que incide en la autocrítica hacia todas las direcciones; un vehículo que remite a la necesidad de recordar una época en que los traumas sociales rompieron la identidad de un país agudizando su división gestada en el prejuicio y la intolerancia. Por otra parte, Miguel Miyahira recurre al entorno barrial para demostrar que la adolescencia puede ser dolorosa y cruel, periférica y sexista. Sin duda, GEN Hi8 es una de las mejores películas peruanas del año.

 

 

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