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Ya se ha hecho costumbre acudir a las salas de cine y encontrar uno o dos títulos por semana que estén enmarcados en el género de terror. Junto a las películas de comedia, los filmes de temática sobrenatural, que abarcan tramas de casas encantadas, rituales satánicos, profecías milenarias y hasta peculiares asesinos en serie, son de preferencia del público masivo. Sin embargo, el 90% de los trabajos que llegan a proyectarse en un año responden a propuestas recicladas que adolecen de creatividad narrativa e innovación argumental.

Las historias son tan predecibles como los mismos golpes de efecto que se utilizan para “asustar” a los fanáticos del género. A tal punto de pobreza cinematográfica se ha llegado que uno no sabe si reír o enfadarse por la calidad desechable de estos productos. Un buen sector de las nuevas generaciones cree que una película es buena cuando perturba por la aparición repentina de un personaje indeseado o por los litros de sangre que se escurren por el cuello de la víctima de turno. Pero, no todo está perdido. Así sea cada muerte de obispo, una aplaudible película de terror logra ingresar a la famélica cartelera local. Este es el caso de El legado del diablo (2018).

El primer largometraje del director neoyorquino Ari Aster -un realizador que ha recibido varios reconocimientos por sus muy buenos cortos- rompe el molde de las producciones de fórmula y se orilla hacia una iniciativa que combina drama, suspenso y terror. El legado del diablo narra la escalofriante historia de la familia Graham y sus integrantes: Annie (Toni Collette), una artista que elabora dioramas para empresas y que padece la muerte de su madre agudizada por la distante relación que la unía; su esposo Steve (Gabriel Byrne), un hombre metódico y paciente que equilibra el funcionamiento del hogar; Peter (Alex Wolff), un joven que pasa el tiempo fumando marihuana, mientras esconde el resentimiento que siente por su madre; y Charlie (Milly Shapiro),una adolescente que ha heredado de su abuela cierta sensibilidad para el espiritismo. No es raro comprender por qué esta familia padece problemas de entendimiento y su unión se ve amenazada hasta por el mínimo conflicto.

Aster explora el dramático quehacer diario de los Graham y lo lleva a niveles insostenibles donde la culpa y el reproche aparecen para destruir psicológicamente a sus personajes. Las pérdidas familiares son tan hondas que uno puede llegar a sentir piedad y vergüenza en algunos pasajes de la película. Esa deconstrucción -y devastación- del núcleo familiar pone en bandeja a los protagonistas para que sean acechados por circunstancias lejanas al mundo terrenal. Es decir, Aster construye un entorno donde la vulnerabilidad mental y afectiva es el punto de inicio para establecer una historia de terror que transcurre con lentitud y pocas sorpresas a fin de concentrar lo inesperado para los últimos tramos de visionado. Sí, es obvia la referencia a El bebé de Rosmery (1968), pero también El legado del diablo soporta con éxito la idea de crear un ambiente incómodo y tenso hasta en las escenas menos llamativas. Vale decir que todo pasa por un cálculo notable que Aster potencia con los prolongados silencios y las discusiones exaltadas.

Si hablamos de la materialización de una propuesta arriesgada que va en contra de lo que se entiende como terror en tiempos recientes, el trabajo de Collette concentra esa premisa para convertirse en el centro de atracción de la película y es su mutación conductual la que provoca todos los disparadores: una especie de imán de mala suerte, pero también de una fe ciega, que arrastra a los suyos hacia un destino inevitable. La cantidad de capas que tiene Annie se va develando al mismo ritmo que el director pisa el acelerador para imprimir vértigo en su filme. El legado del diablo provoca fastidio e inseguridad sin ser hostil. Para aquellos que quieran “asustarse” esta película no será de su agrado; pero si desean sentir cómo la angustia y la desesperación puede invadirlos poco a poco, seguro que saldrán agradecidos por una propuesta inteligente.

 

 

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