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En el poema Los pasos lejanos, César Vallejo refleja la tristeza de un matrimonio integrado por dos ancianos que, ante la inminente partida de sus hijos en búsqueda de nuevos horizontes, queda abatido. Las esperanzas de volver a verlos son mínimas, quizá nulas. El padre todavía ausculta la huida a Egipto y la madre va saboreando un sabor ya sin sabor. El dolor y la soledad recorren todo el texto desde una perspectiva intimista que invita al lector a una prueba de sublime evocación.

En Wiñaypacha la sensación que deja la partida del único hijo de un matrimonio aymara se convierte en un recuerdo hiriente y constante que aparece en cada acción: durante la cena a la luz de una fogata, cuando entre cánticos se celebra un rito ancestral, antes de conciliar el sueño tras una jornada agotadora en el campo. Oscar Catacora, director de la película, entrelaza la añoranza de los ancianos con la inclemencia de la sierra peruana en una metáfora de belleza reveladora.

Pero, sobre todo, Wiñaypacha es un ejercicio de naturalidad genuina. Desde la interpretación de los dos únicos protagonistas -la pareja de ancianos no son actores profesionales, ni siquiera principiantes-, pasando por una puesta en escena dominada por paisajes del altiplano puneño -5.000 metros sobre el nivel del mar adornados por nevados, riachuelos y montañas verduzcas- hasta los diálogos que denotan frescura cotidiana -que abren paso a la transparencia que prodigan las pocas alegrías y los hondos pesares de los ancianos-, la ópera prima de Catacora se distingue por la fluidez del discurso audiovisual y la prestancia, reitero, que lo espontáneo otorga.

La película tiene dos estancias que la impulsan para que su historia no decaiga en ningún momento. La primera es omnipresente y está en función a la mencionada ausencia del hijo y la marca insuperable de su recuerdo. Mientras que la segunda tiene una raíz menos espiritual y más próxima al plano doméstico: los fósforos. A partir de la segunda, los ancianos afrontarán un conflicto vital: ¿cómo vivir en una región inhóspita sin una herramienta que les provee de fuego para calentarse, cocinar, comer y sobrevivir? Tengamos en cuenta que el pueblo más cercano donde pueden intercambiar mercancías está a muchos kilómetros de distancia. La paradoja radica en que el fuego será aquello que los despoje de todo lo que tienen.

En Wiñaypacha también podemos apreciar el valor de la cosmovisión andina desde una vertiente alejada de lo convencional. Catacora no recurre al manual pedagógico, instructivo o referencial para un público no emparentado con las costumbres andinas, sino que apela a la espiritualidad que lo sagrado puede brindar en una especie de estrecha conexión entre la grandeza de las deidades de la naturaleza y la diminuta posición del hombre en el universo. Sin embargo, el hombre tiende a reclamar su destino. Esa disconformidad con el preestablecido orden divino también puede percibirse como una rebelión infructuosa que cada cierto tiempo se presenta para recordarnos que tan solo somos piezas reemplazables en el tablero de la historia.

Por las razones expuestas anteriormente, Wiñaypacha tiene un valor más que significativo para el cine peruano. Es más, me atrevería a decir que está en el podio de las películas nacionales del nuevo milenio. Pocos filmes están cargados de una sensibilidad tan representativa a través de personajes memorables que se han ganado con justicia un lugar en la historia del cine local… son esos caminos blancos, curvos, por los que el corazón de Catacora va a pie.

 

 

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