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hilo fantasma

Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) es el modisto más solicitado de la élite británica. Trabaja sus diseños durante horas de manera obsesiva al punto que deja de comer y dormir. La autoexigencia implica que los vestidos alcancen un nivel de perfeccionismo incomparable. Cuando los bocetos están terminados pasan por un numeroso grupo de costureras que siguen al pie de la letra las indicaciones que Reynolds les dicta como si fuese un mantra. Nada puede ser alterado en la casa de modas que lleva su apellido, ni la rutina del trabajo comunitario, ni el itinerario del creador. De lo contrario, el hombre sufre un cambio de humor súbito que lo descompensa psicológicamente al punto de quedarse bloqueado. Pero, ¿qué sucede si la nueva distracción es una mujer joven y atractiva que reúne las condiciones para llenar el vacío espiritual del duro Reynolds?

Paul Thomas Anderson, director de algunas de las mejores películas del siglo XXI como Petróleo sangriento (2007) y The Master (2012), presenta un personaje antológico que se refugia en la incomprensión del genio creativo y así explicar la complejidad de las relaciones afectivas. El realizador californiano emplea a Reynolds a modo de eje, parte y disparador de un romance tormentoso y dependiente, ergo tóxico, que tiene ciertos momentos de riesgosa ternura donde recién se puede conocer la vulnerabilidad del diseñador y su amante, Alma (Vicky Krieps). Al igual que algunas personalidades ególatras de la literatura -por ejemplo, Juan Carlos Onetti o William Burroughs- Reynolds necesita tener el control absoluto de su mundo y de aquellos que lo rodean. Por más que el amor pueda despertar nuevas pasiones, lo más importante para el protagonista de El hilo fantasma siempre será su obra.

P.T. Anderson ya ha mostrado cierta fascinación por los seres autolacerantes, obstinados o megalómanos. En Petróleo sangriento con Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), en The Master con Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) y en Vicio propio (2014) con Doc Sportello (Joaquin Phoenix), apreciamos a tres tipos volátiles que no dejan pasar las ocasiones para demostrar sus facultades a extremos irritantes. Reynolds es parecido a los tres personajes mencionados, pero con una dosis de ternura que encandila. Si Lancaster Dodd impresionaba por sus discursos fanáticos, Reynolds embruja cuando dibuja, mide, cose. Sus dedos heridos por los hincones de las agujas son una metáfora del placer doloroso que le produce la vida. P.T. Anderson aprovecha los primeros planos de las manos, las agujas y las hebras, para precisar la personalidad de Reynolds: fino e hiriente.

El hilo fantasma es una película narrada a un ritmo pausado que aguarda por los momentos tensos para estallar sin vacilaciones. Los detonantes pueden ser existenciales -la incapacidad de amar sin reservas-, filiales -la subordinación de Reynolds a las órdenes de su hermana- o banales -el ruido de una tostada que impide la concentración del diseñador-. Es decir, el director moldea a un personaje atormentado y lleno de manías que necesita de su entorno para seguir adelante, a la vez que lo repele. La relación amor odio es de una dependencia enfermiza que está encabezada por alguien clave, una bisagra en la trama y en el accionar de Reynolds: Cyril Woodcock (¡inmensa Lesley Manville!). La hermana del modisto (socia y mentora a la sombra) aprueba las decisiones de Reynolds sin chistar solo hasta que la joven Alma ingresa a la vida de ambos. Entonces todo cambia. El hilo fantasma es una cinta de tres personajes con niveles de interpretación complementaria. Reynolds, Alma y Cyril poseen personalidades duras, impenetrables  y, hasta cierto punto, perversas. Resguardan sus frágiles existencias en actos crueles -por ejemplo, degradaciones, envenenamientos- a costa de la versión torcida que tienen del amor.

El hilo fantasma no es una obra menor en la filmografía de P.T. Anderson. Cautiva de inicio a fin por el gran trabajo de todo el reparto, por la historia de dos amantes que se atraen y se rechazan, por la música que marca el ritmo de los momentos tensos, pero, sobre todo, por la manera de plantear las necesidades y dificultades que encierra un genio creativo.

 

 

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