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El cine es un espejo Raúl Ortiz Mory Raúl Ortiz Mory

Django: sangre de mi sangre

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Django: sangre de mi sangre (2018) es un relato policial que se sostiene por la fidelidad que guarda con la esencia del barrio popular y de los bajos fondos, aquella que celebra la camaradería a costa de pactos inviolables, castiga las traiciones con la pena máxima y justifica los medios sea cual fuere el fin. En ese ambiente se pasa por alto cualquier desliz porque toda la comunidad está ligada, directa o indirectamente, a la delincuencia. Por la película transitan personajes que portan códigos propios que al interrelacionase levantan una barrera de impunidad completamente verosímil.

Es decir, el director Aldo Salvini alcanza a proyectar una mirada franca que exige el conocimiento de un contexto sórdido y corrompido evitando la ligereza y la caricaturización del mundo del hampa.

Esto no quiere decir que estemos ante una película de gánsteres nacidos y criados en Little Italy. Tampoco se trata de un film con pasajes que rebosen adrenalina. Acá no hay nada de glamour. Todo tiene una crudeza parida desde la buena construcción de los personajes, desde una psicología que asquea y decepciona, pero que también llama a la solidaridad.

Salvini incrusta un puñado de hampones de poca monta que viven a tope el día a día. Pequeños ladronzuelos de una nueva generación que nunca alcanzarán la dimensión de leyenda. Ese peso es exclusivo para Django. Salvini trabaja sobre la mitología criminal del veterano pistolero para equipararlo con la reciente hornada de bandidos impulsivos. Y esa contraposición funciona. El personaje central se mueve por la línea delgada del bien y del mal sin que pueda juzgársele. Se trata del típico irredento que busca saldar sus culpas. Se le rodea de gente que ignora el significado de los códigos de la calle. Es el respeto por las jerarquías lo que está en juego y Django sabe cómo afrontarlo.

Django: sangre de mi sangre sirve como una plataforma que impulsa a su elenco a pisar seguro. Más allá del trabajo de Giovanni Ciccia (Django), Tatiana Astengo (Tania) y Sergio Galliani (Maco), como los actores que conocen más de cerca a sus personajes -repiten los roles de la olvidable Django: la otra cara (2002)-, son otros tres los que llaman la atención y destacan nítidamente: Emanuel Soriano (José/Montana), Stephanie Orué (Magda) y Oscar López Arias (Colorado). Sus interpretaciones guardan complejos matices que escapan a la sobreactuación y dejan una fuerza que arrolla por su gran registro.

El acercamiento a la idiosincrasia barrial y las solventes actuaciones de los actores de reparto no lucirían sin la buena narración que prodiga el realizador. Todo fluye con dinamismo. Hasta los momentos emotivos entre Django y su familia son contados desde una perspectiva emparentada al cine de acción estadounidense que resulta atractiva. Salvini piensa en el gusto de la audiencia y no la defrauda. Los diálogos donde la intriga, los ajustes de cuentas y los resentimientos familiares salen a flote, están narrados con planos cerrados que acentúan la tensión de las escenas.

Para aquellos que desean saber un poco más sobre el argumento de Django: sangre de mi sangre, sin spoilers, puedo decirles que tras cumplir una condena de 15 años, Django decide reintegrarse a la sociedad alejándose de la delincuencia. Recuperar a su familia será su prioridad. No obstante, los nuevos tiempos son más violentos y la tentación aparece en cada esquina. Una serie de circunstancias, donde principalmente la culpa lo tendrá compungido, empujarán al ex asaltante de bancos a cobrarse una revancha que podría costarle su libertad.

Aldo Salvini filma un policial esmerado que tiene como telón de fondo a las calles del Callao, respaldándose en un elenco de buen trabajo interpretativo y una narración ágil. Si bien es cierto que algunas escenas intentan plasmar cierto humor de modo forzado, hace mucho que una película de acción no daba en la diana y representaba con frescura a un género que ha sido mal trabajado en nuestro país.

 

 

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