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El cine es un espejo Raúl Ortiz Mory Raúl Ortiz Mory

Star Wars: Episodio VIII - Los últimos Jedi

the last jedi

La entrega más reciente de la franquicia que George Lucas inició en 1977 tiene una raíz que se bifurca para satisfacer a públicos muy específicos. Unos, los melancólicos seguidores de la trilogía original que arrugan el rostro ante la avalancha de nuevos personajes, pero que saben acomodarse con poco entusiasmo a los cambios. Otros, las nuevas generaciones que juzgan a la saga como un paradigma que rejuvenece con decencia en tiempos donde “la cuestión audiovisual” cabalga por el streaming. En resumidas cuentas, Rian Johnson, director de Star Wars: Episodio VIII – Los últimos Jedi,es como aquel anfitrión que quiere quedar bien con todos y sabe por dónde atraer la atención de sus invitados.

El realizador toma el relevo de Star Wars: Episodio VII – El Despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015) y sigue la misma línea de revalorización de la vieja guardia. En esta ocasión,  liderada por Leia Organa (Carrie Fisher) y Luke Skywalker (Mark Hamill). Johnson saca provecho a la chapa de leyenda que ostentan los hijos de Darth Vader.

Ver a la princesa liderando toda la Resistencia o a Skywalker asumiendo el rol de Yoda, aunque en versión atormentada, es algo que el director ha manejado con mucha pericia. Le ha devuelto el brillo a estos personajes icónicos haciéndolos ingresar por la puerta grande con apariciones claves y justas. Nada de sobreexposición porque ellos no son los protagonistas, pero sin ellos nada sería igual. Imposible resistirse a la melancolía de un encuentro de ensueño, ya sea para fans o advenedizos.

Sin duda, los que asumen los galones del argumento son Kylo Ren (Adam Driver) y Rey (Daisy Ridley). Y qué mejor manera de hacerlo que a partir de la construcción de un villano que lucha contra su dualidad afectiva, su resentimiento familiar y, sobre todo, su ambición por destruir lo establecido para generar un nuevo orden.

En Episodio VII – El Despertar de la Fuerza la personalidad de Kylo Ren no asomaba indefinida por su condición natural, sino por la ligereza de sus motivaciones y, en consecuencia, sus acciones solo parecían remedos de un maligno de catálogo. Con Johnson, Kylo Ren encuentra un lugar en el mundo de Star Wars. Estamos ante un personaje oscuro y sólido que va más allá de la asignación que tiene en la Primera Orden. Funciona por sí mismo: gira y hace girar.

En el caso de Rey, por más que su origen siga siendo incierto, podemos decir que Johnson le otorga un aire de mesianismo que asegura la continuidad de la saga en términos de sucesión de linaje. Uno puede cuestionar si ella es la heredera adecuada para que los Jedis sigan viviendo, pero no se puede negar que Rey sea un personaje que carezca de esencia. No hay vacuidad en la joven chatarrera.

Lo mejor de ambos frentes, con sus fortalezas y debilidades espirituales, son puestos a prueba por la conexión que tienen: el bien y el mal habitan en ellos -en nosotros- depende hacia dónde vamos, o qué elegimos y con qué propósito. En Episodio VIII – Los últimos Jedi la unión de Kylo Ren y Rey es la rueda que mueve toda la maquinaria. Sin ellos y sus conflictos, la trascendencia de la película es exigua.

Si bien las escenas de batallas espaciales siguen siendo un punto fuerte a nivel visual (por ejemplo, en el gran arranque del film), la cantidad de giros en las tramas secundarias son realmente soporíferas. Basta con ver el rol y las acciones que le han dado a Finn (John Boyega). De su artificioso romance también se podría escribir, pero sería inútil. No lleva a ninguna parte.

Star Wars: Episodio VIII – Los últimos Jedi es una película que supera a su predecesora a fuerza de imponer la consolidación de sus personajes centrales para cebarse en la nostalgia de los antiguos fans, por un lado, y conquistar a un nuevo público, por otro. Si la secuencia sigue el mismo ritmo, la siguiente entrega cerrará un círculo bastante alentador.

 

 

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