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Pixar ha vuelto a ser la misma compañía con alma que un día llamó la atención de niños y adultos poniendo su firma a grandes películas como Toy Story (1995), Buscando a Nemo (2003), Wall-E (2008) y Up (2009). Gracias a Coco (2017), Pixar -que desde hace 11 años forma parte de la burbuja Disney- ha dado en el clavo para conquistar a la audiencia con una historia que ahonda en cuestiones básicas y fundamentales como el recuerdo y el olvido de los seres queridos fallecidos, la valoración por las tradiciones nacionales y la unión familiar.

Miguel es un niño que desea ser músico. La referencia máxima que tiene es su ídolo el cantante Ernesto de la Cruz. Sin embargo, no cuenta con el apoyo de su familia porque  desde hace cuatro generaciones un incidente que involucra a su tatarabuelo compositor hizo que todos sus parientes aborrezcan la música al punto de ser un tema tabú en las conversaciones cotidianas. Miguel se resiste a aceptar el destino familiar -ser zapatero como todas las personas con las que vive- y está dispuesto a todo con tal de alcanzar sus sueños, así tenga que permanecer en el inframundo buscando la bendición de un músico fallecido.

A primera vista estamos ante una película con un trasfondo clásico: el incesante esfuerzo para lograr las metas individuales. Pero la película se instala en una fecha y en un ambiente que ningún niño esperaría propicio para cumplirlas. El día de los muertos y “el más allá” serán las circunstancias que Miguel afronte sin reparar en los riesgos. El mayor de ellos consiste en no volver a reunirse con su parentela y quedarse atrapado junto a las almas.

Si bien el argumento del filme podría servir hasta para una película de terror, los directores Lee Unkrich y Adrián Molina se las ingenian, con mucha destreza, para combinar el mundo de los vivos y el de los muertos al incorporar humor y melancolía como recursos narrativos. El reino de los muertos no es un lugar para temer. Por el contrario, es sinónimo de regocijo porque traslada a los personajes hacia los recuerdos que todavía quedan de quienes nos quisieron y quisimos.

En América Latina quizá esta manifestación no llame demasiado la atención, pero pensemos en el público de los Estados Unidos, Europa o Asia y veremos que la idea funciona porque ha sido trabajada con acierto gracias al conocimiento de las tradiciones mexicanas y el respeto por las mismas. Coco pasa de ser una película de dibujos animados y pone el foco en la representación de un pueblo, un país, un continente que sigue sus costumbres en torno a lo que más valora: la familia. Pero en una fecha sacrosanta y pagana.

En cuanto al trabajo de animación, Pixar se inspira y construye las locaciones de Coco a partir de lugares reales -pirámides prehispánicas, las calles de los pueblos mexicanos, algunas plazas e iglesias históricas-, pero suma colorido y calidez para acentuar la atmósfera de fantasía. Los mitos de figuras antropomorfas y las leyendas acerca de lo fascinante que resulta lo desconocido se convierten en material que imanta de principio a fin.

Coco es diversión y jocosidad en cada secuencia. Además es un tren de emociones que derrapa violentamente en la más absoluta de las tristezas. La película de Unkrich y Molina es un triunfo de la animación moderna. Un hito que abarca genuina idiosincrasia latinoamericana de cara a tiempos fríos y hostiles.

 

 

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