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la luz en el cerro

En las alturas cusqueñas, en medio de la nada, un pastor es hallado muerto en circunstancias confusas. Tras este hecho su viuda empieza a ser hostigada por unos traficantes de tierras, mientras que dos médicos forenses de Lima descubren que estas zonas inhóspitas guardan un secreto que podría cambiarles la vida. Un temperamental policía de pasado tormentoso es la única autoridad en la que se puede confiar. Así, una maraña de mentiras, ambiciones y secretos construyen la trama de La luz en el cerro (2016), primera película del realizador nacional Ricardo Velarde.

Bajo el manto del thriller, La luz en el cerro explora la leyenda de los “tapados” (piezas de oro o plata enterradas en tiempos del incanato sobre las que cae algún tipo de conjuro o maleficio para aquellos que osen apropiárselos) y desarrolla una serie de situaciones donde el misterio y el humor negro prevalecen.

La película de Velarde narra una historia recreada en los andes peruanos, un espacio que cinematográficamente puede parecer muy ajeno para los espectadores limeños acostumbrados, en mayoría, a taquilleras producciones hollywoodenses o a films peruanos que copian estereotipos foráneos con descaro (la pobre cartelera local apenas tolera algunas buenas propuestas peruanas que sobreviven gracias a las campañas que se realizan en redes sociales, muchas veces impulsadas por los propios directores). Reencauzando el tema, solo el mal llamado “cine regional” se acerca a la utilización de parajes andinos o amazónicos para contar historias muy ricas por la relevancia de sus tradiciones y la belleza de sus escenarios.

Pero el mérito de Velarde no está marcado exclusivamente por tener como telón de fondo a los pueblos cusqueños de Marcapata y Coline a fin de darle un ambiente hostil (de día) y misterioso (de noche) a su película. El elenco integrado por actores limeños y de provincias es un acierto que hace más creíble la historia y sus subtramas: la incredulidad de los capitalinos ante los mitos y leyendas de la serranía, el respeto y el temor hacia la naturaleza, los ritos ancestrales que motivan a los personajes a tomar decisiones, la utilización del quechua y el castellano como códigos de choque entre dos mundos, entre otros. Es decir, La luz en el cerro es un thriller con identidad territorial que le da oxígeno al género en habla castellana, una especie independiente de su par anglosajón. La luz en el cerro está más cerca de la argentina El otro hermano (2017) o la española Tarde para la ira (2016) que de los títulos noventeros estadounidenses que dieron aire fresco al nuevo suspense.

Como anoté líneas arriba, el reparto también es uno de los aspectos destacables. Ramón García, Manuel Gold, Emilram Cossío, Dalia Paz y Ricardo Velásquez integran el núcleo interpretativo de la película. Los puentes para unir a los personajes de García (el capitán Padilla) y Gold (Jeferson, uno de los jóvenes forenses) traza la frustración que cargan a pesar de las diferencias en sus comportamientos y en la forma de ver la vida. Ambos están confinados a cumplir con sus obligaciones en un pueblo donde el tiempo los agobia lentamente, pero es parte del pago que deben hacer por los errores (en el caso de Padilla) y por alcanzar experiencia (en el caso de Jeferson). La relación tensa que sostienen durante buena parte de la cinta se convertirá en uno de los ejes que proporciona intensidad.

Producida por Caudal Films y musicalizada por el compositor Joni Chiappe y la agrupación arequipeña de heavy metal Chaska, La luz en el cerro es una película como pocas por su identidad y apuesta por el cine de género. La apuesta de Ricardo Velarde es aplaudible, sobre todo para alguien que debuta en el complicado mundo del cine nacional, terreno minado por las comedias fariseas y el terror de manual.

 

 

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