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Recreada en los años de la Guerra de Secesión, El seductor (Sofia Coppola, 2017) se sitúa en un internado para niñas y adolescentes que está compuesto por cinco alumnas y dos institutrices. Durante el recojo cotidiano de setas asignado a una de las chicas, ésta se topa con un soldado malherido de la Unión (Colin Farrell) al que traslada hacia el lugar donde vive con sus compañeras y profesoras. La llegada del forastero generará reacciones inesperadas entre las habitantes de la casa de estudios.

Coppola decide adaptar una novela que desarrolla todos los hechos en Virginia, el estado donde se libraron la mayor cantidad de batallas del citado conflicto armado y que tuvo a Richmond, su principal ciudad, como la capital de los Estados Confederados. Es decir, un contexto propicio para explorar la idiosincrasia de los habitantes marcados por un tiempo, pero especialmente para ingresar en el universo femenino sin que sea una excusa para reivindicar un género, no es el objetivo de la realizadora.

La mirada de Coppola desnuda de forma violenta lo que aparentemente no tiene importancia. Pone el foco de atención en lo que parece imperceptible con tal de destejer las capas psicológicas de sus personajes. Por ejemplo, las indicaciones de la directora institutriz, Martha Farnsworth (Nicole Kidman), son tajantes, pero no impositivas y solo se vale de los gestos y las miradas para entender que ella es quien decide lo que se hace, más allá de su autoridad. Igual sucede con Alicia (Ellen Fanning) quien a pesar de su corta edad sabe cómo llamar la atención del soldado sin pronunciar muchas palabras. Es decir, Coppola no exagera ni redunda en sus objetivos. Por el contrario, se apoya en las sutilezas para que sus personajes interactúen.

El manejo de la luz también es un aspecto que destaca por la incidencia en las acciones. La iluminación con velas en una locación donde la madera oscura es la que ocupa casi todos los espacios ayuda a darle una atmósfera de encierro permanente a modo de callejón sin salida si se pone en paralelo con el contexto bélico. Esas tonalidades que nos acercan a la obra de Rembrandt o Caravaggio, también nos liga a una delicada claustrofobia nocturna (sobre todo en las escenas de las cenas) que no atemoriza, sino que resulta especialmente empática.

Coppola recurre a metáforas que respalden su obra a fin de, reitero, expandir sus matices: la amputación como práctica antagónica a la virilidad, la idea del asesinato como el despertar de la inocencia o la idea de libertad en un mundo rodeado por falsos centinelas. La directora entiende el cine en el sentido más simbólico posible y lo pone a su servicio desde la perspectiva de lo prohibido y lo alterable, aunque después muestre que las vacilaciones de sus personajes solo llevan al fracaso. Es en esos momentos cuando el sentido de grupo de las mujeres debe cerrar filas para subsistir.

La película de Coppola no se acerca a la obra homónima de 1971 dirigida por Don Siegel. Quizá se diferencia en que su erotización está a un nivel alejado de la provocación o la controversia (claro, una cosa es tener a Clint Eastwood como soldado y otra a Farrell). La realizadora observa y deja que todo transcurra desde la naturalidad. El seductor es una película dramática con tono intimista que traslada tensión continua. Se distingue por su trabajo estético y por un reparto con interpretaciones equilibradas. Recomendable, pero no imprescindible.

 

 

 

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