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Blade Runner 2049 es un espectáculo visual como pocos. Estamos ante una película de casi tres horas que contiene imágenes cautivadoras. Estas desfilan como destellos filosóficos que ahondan en la inteligencia artificial y los traumas del ser humano de cara a enfrentar sus propias limitaciones.

La secuela dirigida por Denis Villeneuve, contextualizada en un mundo distópico sin oportunidades reales para quienes intenten amenazar el orden establecido, tiene como protagonista al agente K (Ryan Gosling), un replicante al que se le ha ordenado “retirar” a sus congéneres más antiguos.

Su posición frente a las tareas encomendadas por su jefa, la teniente Joshi (Robin Wright), se alterará cuando hallé la evidencia de algo que parecía imposible: unos huesos que remiten al nacimiento de un replicante. Esto no asombraría si tenemos en cuenta que los seres como K existen porque han sido fabricados y no porque hayan sido concebidos. K experimentará una confusión que lo pondrá en un dilema moral: ¿será correcto matar a un replicante engendrado? Herodes futurista en clave sentimental.

Además, deberá enfrentar a un empresario que desea apoderarse genéticamente del hallazgo. Las transnacionales en versión ultravoraz. K también tendrá que controlar el amor que siente por una mujer virtual que poco a poco alcanza un grado de materialización desconcertante. Todos estos hechos están conectados y confluirán en una experiencia del pasado donde otro agente, Rick Deckard (Harrison Ford), es el protagonista de un gran secreto. El pasado es el presente de los renegados.

Razonamiento y emoción son, básicamente, los dos conceptos que sustentan a Blade Runner 2049. La secuela de la película que consagró a Ridley Scott en 1982, explora las posibilidades de la mente más allá de su capacidad para pensar dando paso a una serie de momentos donde la voluntad, la conciencia y, sobretodo, los sentimientos, direccionan la trama. Hasta acá nada nuevo. Ya lo había mostrado Scott hace 35 años.

Blade Runner 2049 va un poco más allá y propone un mundo donde los androides sofisticados alcanzan su mayor grado de evolución fisiológica: la reproducción. Y con ello el desequilibrio de la hegemonía humana. Estos seres, creados a semejanza del hombre y manipulados para no involucrarse a nivel afectivo, trascienden a su fría naturaleza desde un punto de vista filosófico y deontológico. ¿Interesante? Sin duda. Sobre todo cuando la Tierra va camino a su autodestrucción y los proyectos de raíz híbrida pueden ser una engañosa salvación.

Este postulado cyberpunk predomina en la nueva cinta del director canadiense y se ve respaldado por un despliegue visual impresionante que a nivel estético iguala y, por ratos, supera a la entrega primigenia. El sonido es otro de los elementos que estremece. A cuotas iguales perturba y sosiega. No tendrá la calidad que otorgó Vangelis para la película de 1982, pero impresiona por la interpretación  que se le puede dar cuando está sincronizado con las imágenes.

El postulado inicial de la película (más allá de que en la misma no se expliquen aspectos básicos y otros aparezcan contraponiéndose) funciona como espejo de la condición humana reducida a temores ancestrales en la línea de la subyugación o el dominio. Pero, sobre todo, en ver superada nuestra fuerza manipuladora, siniestra.

En un contexto donde la sobrevivencia es cotidiana y palpable, un ente (androide, replicante, humano, robot) que carece de la capacidad de sentir pierde buena parte de su habilidad para razonar. Villeneuve fortalece este precepto y, al igual que su trabajo anterior ( La llegada, 2017), realiza una gran película de ciencia ficción, aunque no supere a la versión de Ridley Scott.

 

 

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