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MADRE

En un ejercicio de envanecimiento desmedido y pretenciosidad colosal, Darren Aronofsky hace que su última película, ¡Madre! (2017), rebase los límites de una falsa libertad creativa, algo que al director se le agotó hace varios años y que no ha vuelto a repetir desde The Wrestler (2008), quizá el trabajo menos identificado con su manera de interpretar el cine.

¡Madre! destruye con el paso de los minutos una historia que se plantea atractiva solo al inicio: una pareja de esposos -compuesta por un escritor (Javier Bardem) que padece de una aguda sequía creativa y su joven esposa (Jennifer Lawrence) que refacciona minuciosamente la casa donde viven- recibe a un invasivo matrimonio maduro, dando paso a eventos intimidantes y caóticos que transforman, a nivel emocional, la relación de los improvisados anfitriones.

Desde el inicio, Aronofsky envuelve su film con un ritmo tenso que llega a sostenerse por los diálogos cómplices y misteriosos de los cuatro protagonistas, con la única finalidad de aumentar la expectativa sin revelar los puntos claves de su historia. Hasta acá todo parece funcionar a medias. Algo así como “no sucede nada, pero de golpe, e inevitablemente, todo se desencadenará”. Sin embargo, un conflicto ajeno abrirá una línea argumental que, cual afiebrada influencia de J. G. Ballard en modo mal repotenciado, tirará por la borda la débil construcción alcanzada.

Este quiebre desbarranca la historia y arrastra todo a su paso debido a las repeticiones de sucesos dislocados que el director no deja de subrayar a fin de elevar su megalómana presencia. Aronofsky vuelve por los pasos de The Fountain (2006) para insertar una antojada y fallida influencia de tópicos ligados a Jodorowsky, Lynch y hasta Polanski, aunque en versiones degradadas. ¡Madre! no coge rumbo ni se esfuerza por darle credibilidad a lo que desea proyectar, más allá del simbolismo al que acude.

Su primer éxito cinematográfico, Requiem for a Dream (2000), llamó la atención por el tratamiento de los estados psicológicos de sus personajes y el destino autodestructivo de los mismos, pero en ¡Madre! la exageración se convierte en un mal rato que desnuda las falencias de Aronofsky como creador. El director se repite en un sentido fantasioso sin importarle que su fábula canibalice a casi todos sus personajes hasta dejarlos como ridículas caricaturas.

En medio del desconcierto que provoca Aronofsky, Jennifer Lawrence es quien resulta menos afectada. La actriz se acerca a roles como los que desempeñó en Winter’s Bone (2010) o Joy (2015), siempre con un verismo que sigue fortaleciendo su ascendente carrera. Javier Bardem acompaña a Lawrence como una figura fantasmal, no precisamente por el misterio que encierra, sino por la escasa presencia que transmite. Por otro lado, cuando los personajes que encarnan Ed Harris y Michelle Pfeiffer, la pareja madura e invasiva, van a dar el zarpazo definitivo en sus acciones, se diluyen gracias al citado quiebre o desmoronamiento de la historia.

¡Madre! es una alegoría que podría provocar padecimientos o pruebas extremas de paciencia para cualquier espectador que desee perder dos horas y media en su visionado. Aronofsky apuesta por un trabajo visceral que incomoda desde una perspectiva impostada y lo regresa al vaivén de sus demonios omnipotentes.

 

 

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