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Maureen (Kristen Stewart) posee habilidades paranormales e intenta comunicarse con su gemelo recién fallecido a fin de cumplir, en primera instancia, una promesa que puede parecer absurda: si cualquiera de los dos fallecía tendría que entablar contacto con el otro, el vivo, para demostrar su presencia “desde el más allá”. Sin embargo, ese experimento deja de tener importancia cuando la mujer siente que el vacío físico de su hermano se torna en un agujero espiritual que no la deja vivir en paz. Maureen se siente agobiada por su trabajo -es una personal shopper (esas personas que asesoran y eligen la ropa de diseñador y los accesorios de lujo para otras que andan muy ocupadas)- y por la constante visita de un espíritu violento sin identidad.

A través de Personal Shopper (2016), Olivier Assayas emprende un viaje lleno de tropiezos con el afán de llevar adelante una película que cuando intenta enriquecerse del suspense termina transformándose en una reflexión poco creíble acerca del entorno frívolo que envuelve a las sociedades capitalistas del siglo XXI. Es decir, un esfuerzo estéril que no cosecha las consecuencias que normalmente se espera de una buena película de género: variante psicológica del personaje central, situaciones inquietantes que propongan nuevos caminos a la historia central o hasta un final inesperado que justifique la cohesión de los elementos presentados.

Assayas se obsesiona por presentar a Londres, París y Milán como las capitales de la moda pero sin que las locaciones de estas ciudades aporten elementos significativos en términos de afectación a la trama. Los trayectos entre las urbes solo sirven para justificar el atosigante y manido intercambio de mensajes por teléfonos móviles entre Maureen y un personaje misterioso, pero poco se explora acerca del fetichismo que la moda puede generar, algo que de alguna manera podría conectar con la situación espiritual de la mujer. Assayas mezcla tantas alternativas que nunca traza una línea concreta.

Stewart es lo menos confuso de Personal Shopper , quizá la calma ante tanto ruido. La ex Crepúsculo hace rato que se despegó del cliché de estrella juvenil y camina sola sin depender de los blockbusters. Con el director francés alcanza una alta cuota interpretativa. Su participación abarca el 90 por ciento del filme y en ningún momento se la ve desamparada. Lleva las riendas de su personaje con una naturaleza fría, ensimismada y espontánea. Basta revisar dos películas en el mismo año para apreciar su buen trabajo: Certain Woman (Kelly Reichardt) o Café Society (Woody Allen).

Assayas, que se llevó la Palma de Oro a mejor director por esta cinta en la edición del año pasado del Festival de Cannes, intenta explorar el cine de género sin resultados satisfactorios. Assayas está lejos de su trabajo anterior, Clouds of Sils Maria (2014). El francés se encierra en una historia conformada por capas endebles que van desgarrándose conforme avanza el filme. Lo que pudo ser una gran película de terror se convierte en un puzzle conformado por un ambiguo ataque panfletario a la sociedad de consumo, un drama intimista que no trasciende y hasta una propuesta de perturbación que descansa en un diván de estudiante de psicología.

 

 

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