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LA ÚLTIMA TARDE

Un matrimonio joven, cimentado en causas idealistas, rompe con las estructuras que la sociedad tradicional impone. El enfrentamiento con la familia y el entorno más íntimo impulsa una nueva vida. Todo va bien hasta que un día ella desaparece. 19 años después se vuelven a encontrar y la cita es asaltada por interrogantes, miedos y frustraciones. Este es el planteamiento de la historia que propone Joel Calero en su segundo largometraje: La última tarde.

Es evidente que la originalidad no es el rasgo más característico del guión -que pertenece al propio realizador- pero son las situaciones que viven los protagonistas y la tensión que provocan sus diálogos lo que va dando forma a una buena película de personajes. Es decir, a partir de lo sencillo, lo cotidiano, lo que se percibe como natural, Calero avanza hacia un objetivo que transforma la relación humana para dejar servido un rosario de culpas y perdones.

Si bien el encuentro entre Ramón (Lucho Cáceres) y Laura (Katerina D´Onofrio) debería servir para resolver un rutinario asunto documentario, serán los recuerdos de Ramón lo que desencadene una serie de puntos de vista acerca de cuestiones sociales, económicas, psicológicas, afectivas y morales. Calero plantea el nuevo vínculo de estos dos ex militantes de Sendero Luminoso en un escenario actual, muy distinto al que vivieron en sus tiempos de “lucha armada”. Reinan aires de libre mercado y de inconformismo individual. Esa lógica de acomodarse en el sentido que mejor sople el viento sin que el cinismo afecte las convicciones es a lo que el director vuelve una y otra vez en su filme. La madurez no siempre asienta a la persona; al contrario, desvirtúa el compromiso que en algún momento se cree que pueda hacerla trascender, por más que este sea incoherente, parece decir Calero.

Fuera del campo “ideológico” de los personajes, La última tarde transita por el sentido de la culpa con raíz en el abandono. Aparentemente, Laura ha superado las secuelas de su vieja ruptura sentimental, mientras que a Ramón le cuesta entender las razones de la huida de su esposa. Aquí el perdón como fin de la desgracia no tiene lugar porque en realidad no importa. Se trata de saldar cuentas para seguir avanzando. Este duelo de sensaciones, que oscila entre la camaradería involuntaria y el resentimiento a punto de estallar, se corona gracias a los buenos trabajos de Cáceres y D´Onofrio. Él, metido en el molde de empleado acostumbrado a la rutina y que va desencantado por la vida, está en contraposición a ella, urbanita con capacidad para adaptarse a cualquier reto profesional.  Si bien sus expectativas de vida son muy distintas, el lazo del pasado los une para mal, para achacarse responsabilidades de algo que en el presente no tiene opciones de reconstrucción.

La última tarde no necesita ser comparada con la trilogía de Richard Linklater, más allá que en ambos casos sean los recorridos a pie de las dos parejas los que sirvan de excusa para desarrollar los diálogos y acciones importantes. El filme de Calero gana solidez conforme pasan los minutos y dosifica varios conflictos para sopesar los roles de víctima y victimario que a ratos intercambian Ramón y Laura. Repasar la historia de los examantes en la realización de Calero es igual a caminar por un juego de espejos donde cualquier persona ve su rostro y se redescubre. Si Linklater imprime melancolía y añoranza, Calero destila insatisfacción y cierta amargura. Sobre el tipo de final que presenta la película podría destacar que es inesperado aunque encierre una fórmula de apresuramiento que no redondea todo lo visto antes. Aun así, La última tarde es un conflicto de posibilidades donde los aciertos son muchos más que los errores.

 

 

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