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El cine es un espejo Raúl Ortiz Mory Raúl Ortiz Mory

Av. Larco: la película

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Tondero no da pie con bola. Una vez más la exitosa casa productora, en términos de taquilla, se queda a medias con una propuesta insulsa, desaprovechada y sin identidad. Y es que Av. Larco pudo haber sido el salto definitivo para una iniciativa que encuentre el punto medio entre lo lúdico y lo trágico. O un producto que aborde de manera responsable un contexto caracterizado por eventos que marcaron el destino de Perú.

La comedia como género también puede ser un vehículo que tome por las astas aspectos controvertidos, serios y definitivos, sin que ello signifique desvirtuar sus facultades. Av. Larco caricaturiza una época violenta a partir de una trama sin trascendencia ni cohesión, más cercana a series de TV como Al fondo hay sitio o Solo una madre, o un conjunto de videoclips sin sustancia, o una caprichosa incrustación de personajes famosos -lamentable la participación de Daniel F-.

La primera escena marca el destino de toda la película. Llega el final del ciclo escolar y los alumnos son consultados sobre qué futuro profesional desean seguir. Luego, una secuencia musical promovida por la indecisión vocacional de los colegiales, tan convincente como el parecido entre Av. Larco y Hair (1979). Todo se desborda y no puede creerse lo que la pantalla refleja: inverosimilitud al máximo nivel. Ese es el derrotero del producto. Nada se tomar en serio porque cuando parece que la historia podría tomar vuelo se tropieza con sus propias torpezas rompiendo la ligereza de su narración para dar paso a coreografías y canciones mal empleadas.

Si se quiere construir un musical no podemos creer que la manera más eficaz de hacerlo sea elaborando secuencias donde la última palabra de un diálogo es la primera de una acción en la que el baile predomine, sobre todo cuando hay muy poca compatibilidad con la historia. Si algo se fuerza tanto termina quebrándose. Av. Larco se autodestruye cada cinco o seis minutos.

Si la historia va sobre una banda musical que desea tocar en el escenario soñado, al menos se podría mostrar un poco de pasión. Y eso es precisamente lo que le falta a la película de Jorge Carmona del Solar. No lleva señales que la hagan creer en sí misma. Cede a las coreografías para otorgar soluciones fáciles a sus conflictos, artilugios que se roban el alma de una idea interesante, pero que cae en un espiral de escasez cinematográfica. Los estereotipos (el chico apuesto y rebelde de papá opresivo, la chica inteligente y responsable, el muchacho payasín que genera la diversión en la banda , etc.) llegan a ser tan comunes que en sus interacciones desnudan la ausencia de su profundidad.

El tratamiento de “la cuestión racial” en Av. Larco es otro de los problemas mayores del filme. La falta de sutileza para enfocar la frontera clasista, que va determinada por el color de la piel, torna la película en un manual de fingida compasión hacia “el otro”: el migrante, el del cerro, el cholo. Todo es tan plano que cuesta entender los procesos de descubrimiento y adaptación que tienen los chicos de la banda cuando ingresan a los barrios marginales. Esa exploración es más cercana a un tour por un circo de rarezas que a un franco reconocimiento de la configuración social limeña. No hay mayor reflexión. Todo se concreta en segundos sin que sepamos qué piensan realmente los personajes.

Hay dos momentos que son pasables entre tanto caos: la intervención de Julio Pérez (La Sarita) como efectivo policial y su respectivo “videoclip”, y la secuencia de Triciclo Perú con final en el cerro San Cristóbal. Ambas sobresalen por su puesta en escena y el ímpetu de los protagonistas (que no son los principales). No obstante, estamos hablando de dos gotas de agua en un desierto. En suma, Av. Larco es un producto plástico que no alberga esperanzas y naufraga en un mar de dudas respecto a la representación de un tiempo, más allá que esté contado en clave de comedia.

 

 

 

 

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