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NADA QUE PERDER

Los hermanos Howard, Tanner (Ben Foster) y Toby (Chris Pine) -uno exconvicto incorregible y el otro padre de familia agobiado por las deudas-, deciden asaltar varios bancos ubicados en alejados pueblos tejanos para saldar la hipoteca que compromete el rancho donde crecieron. El plan está muy bien estructurado pero son sus ejecutores los que no están al nivel de la estrategia. Uno es demasiado impulsivo y osado. El otro nunca ha templado los nervios como para ejercer la violencia. A pesar de sus defectos, todo empieza a salir tan bien que la policía monta una cuidadosa investigación con tal de atrapar a los forajidos.

Los rangers Marcus (Jeff Bridges) y Alberto (Gil Birmingham) -un curtido agente racista a un paso del retiro y un devoto religioso descendiente de las tribus indias- serán quienes estén al frente de la captura. La trama de Nada que perder pinta muy atractiva. Pero no se queda en eso. Como propuesta cinematográfica estamos ante un filme con momentos memorables y una apuesta audiovisual cautivante.

La novena película del realizador escocés David Mackenzie -autor de las logradas Perfect Sense (2011) y Starred Up (2013)- plantea un conflicto que tiene como telón de fondo la debacle económica de los pueblos ubicados al oeste de Texas, en realidad de los Estados Unidos. Las polvorientas carreteras están plagadas de anuncios que ofrecen préstamos y compra de propiedades. En mayoría estos carteles pertenecen a los bancos que, aunque no se dice directamente, viven un momento de aprovechamiento ante la inestabilidad monetaria de la gente. Mackenzie recalca el contexto en diferentes escenas, más allá de ser el disparador del conflicto central, debido al ambiente opresor que deben aguantar los protagonistas, tanto bandidos como policías.

El guión de Taylor Sheridan -escritor de Sicario (2015)- define los roles masculinos de los cuatro protagonistas de tal manera que cincela la personalidad del cowboy moderno sin perder la esencia de su antepasado fordiano. Sí, hay mucho de western. Pero también de cine negro con huellas de humor ácido.

Lo más atractivo que Sheridan propone va por el lado de la dualidad humana: Tanner no duda en asesinar si alguien se interpone en los atracos, pero podría contemplar su renuncia a los botines o sacrificarse con tal de favorecer a su hermano. Marcus profiere chistes de mal gusto y comentarios discriminatorios para fastidiar a Alberto y demostrar la supuesta superioridad del hombre “blanco” sobre los indios, aunque siempre se encuentra atento a su compañero. Es decir, nadie es bueno, tampoco malo. Esa condición de la complejidad humana y la valoración de la hombría que desarrolla MacKenzie en los cuatro personajes centrales -hermanos y agentes policiales- permiten tender puentes entre varones antagónicos que tienen mucho en común.

El filme retoma un tema que se ha reinventado muchas veces: la justificación de la ilegalidad. El robo es un delito que no se ve tan mal cuando los bancos son los afectados. Tampoco se ve tan bien que la autoridad defienda un sistema financiero vampiresco, por más que su trabajo sea resguardar el orden ciudadano. Los Robin Hoods del oeste americano matan y los alguaciles avalan el poder del dinero sin deshumanizarse. Un dilema constante, divergente y, nuevamente, fordiano.

Nada que perder también destaca por un armado de post producción que cubre todas las pretensiones de Mackenzie. Los momentos de dramatismo marcan el inicio de subtramas que se acoplan coherentemente. La música es otro elemento que sustenta a la película. A cargo de Nick Cave y Warren Ellis, tanto canciones como orquestación, nos trasladan hacia un road movie de hampones que destila libertad y empatía. Nada que perder tiene vitalidad porque el matrimonio guión-montaje está bien conducido por un director de gran talento. Un realizador que ha llegado al momento más alto de su carrera.

 

 

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