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TaANG

Un hombre, vestido de militar -posiblemente integrante de algún grupo armado al margen de la ley- patea a una mujer que está sentada sobre la tierra en un campo de refugiados. Ella no solo lleva a su hijo menor de, aproximadamente, cinco años en brazos, también tiene dibujado un rostro de incredulidad y resignación. Ninguna mirada ajena podría dejar de sentir indignación. Este hecho se da durante los primeros segundos de Ta´ang el más reciente documental del director chino Wang Bing, nombre clave en el cine asiático de los últimos años.

La mujer y su hijo pertenecen a la etnia que lleva el mismo nombre de la película y que en los últimos dos años ha sufrido la migración de 100 mil de sus integrantes desde el noreste de Myanmar hacia la frontera con China, debido a los conflictos civiles y los enfrentamientos armados entre dos facciones beligerantes y el ejército. Wang Bing se interna en el campo de refugiados y convive con los Ta´ang. Su cámara desarrolla una mirada mimetizada que registra el quehacer cotidiano sin buscar efectos alegóricos o imágenes que cedan a los encantos estéticos.

Wang Bing se convierte en un nómada que acompaña a los Ta´ang en su recorrido para encontrar un lugar más seguro, pasando días y noches lejos de las comodidades que las ciudades modernas brindan. Para esta etnia el confort no está asociado a recibir educación básica, alimentarse tres veces al día bajo un techo decente o bajar la cabeza ante los mandatos de los políticos de turno. Los niños y las mujeres -protagonistas mayoritarios de la película- comen en grupo arroz surtido en bolsas de plástico, duermen a la intemperie y nunca han sentido la presencia estatal, más allá de las represiones cuando son acusados de colaborar con los disidentes. El acercamiento del director persigue un fin honesto, humanitario, revelador.

Wang Bing explora los miedos del ser humano en un contexto donde la presencia física está marcada por el hacinamiento en contradicción con la soledad que cada poblador purga. La participación del director se sustenta en la naturalidad de sus movimientos como si fuese uno más de los desplazados. Esta participación abre líneas de confianza sin ser invasivo. El periodista Gay Talese dice que cuando emprende la elaboración de un perfil visita varias veces a sus fuentes. Al inicio, los entrevistados no se sienten cómodos. Después de varios encuentros se muestran como son y su trabajo se limita a observar sin hacer demasiadas preguntas. Wang Bing hace lo mismo con los Ta´ang: no es el otro que mira impresionado, es el otro que intenta entender la situación sin emitir juicios de valor. La opinión se la deja al espectador. ¿Objetividad? No. Franqueza.

Una de las particularidades del cine de Wang Bing consiste en explorar las situaciones adversas para mostrar la voluntad inquebrantable del ser humano, más allá de la monotonía y la supervivencia que lo acongoja. Si en Tie Xi Qu (Al oeste de los raíles) narró en nueve horas, a través de personajes grises, la decadencia industrial del socialismo chino, en San zimei (Tres hermanas) reflejó los destinos de jóvenes mujeres de fuerte arraigo rural que se niegan a insertarse en la “modernidad” china y en Feng ai (Til Madness do us apart) contó historias de enfermos mentales que viven extraviados (en todo el sentido del término) en un manicomio más parecido a una cárcel, en Ta´ang el seguimiento también es observacional y reflexivo con un lúcido criterio de mediación. El cine de este realizador es fundamental en tiempos donde el vértigo existencial se mide en posesiones y la humanidad es algo minúsculo.

 

 

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