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Ha transcurrido casi medio año de estrenos y las expectativas por las películas sobre superhéroes no han sido satisfechas. Quizá Batman VS Superman: el origen de la justicia sea el gran fiasco de 2016 y Capitán América: Civil War una propuesta interesante aunque con cuotas de irregularidad. Bajo este contexto, las esperanzas de los seguidores del género estaban puestas en X-Men: apocalipsis.

La maquinaria de marketing y el atractivo mundo que recrea las historias de los mutantes más famosos son motivos suficientes para llamar la atención con varios meses de anticipación. Sin embargo, habrá que esperar al siguiente año para ver un filme que sobresalga.

Esta es la cuarta vez que Bryan Singer retoma la dirección de una película basada en el exitoso cómic. Ya lo había hecho con X-Men (2000), X-Men 2 (2003) y X-Men: días del pasado futuro (2014). En 14 años es innegable notar la mejoría de sus entregas.

Su debut en la franquicia no fue auspicioso, mientras que la película de hace dos años quizá sea una de las mejores de las seis que se han rodado a lo largo de dos trilogías. No obstante, la última película de la factoría Marvel asoma como un producto menor. No malo, pero sí distante de sus predecesoras. Varias son las razones que las separan.

Tanto en X-Men: primera generación (Matthew Vaughn, 2011) como X-Men: días del futuro pasado la esencia de las historias se centraba en conflictos liderados por villanos que sobrepasaban sus posibilidades. Es decir, la explotación del mal era llevado a niveles perversos sin posibilidad para la racionalización ni la compasión.

En cambio en la nueva película vemos a un malvado difuso que no llega a transmitir su motivación (En Sabah Nur/Apocalipsis, un dios egipcio que regresa del pasado). En este caso es un coleccionista de mutantes que a cambio de un discurso sencillo (refundar el mundo para crear uno a su medida) profetiza sin convicción. Ni los efectos especiales que se le atribuye, léase poderes, son suficientes para tomarlo en serio.

A partir de la mala construcción de este personaje es que la esencia de la película se va desvaneciendo para dar paso a una repetición mecánica sin frescura. La volatilidad de la trama central también genera que las subtramas no profundicen ni culminen adecuadamente las acciones, lo cual descoloca al espectador. El desenlace es sorpresivo y hasta cierto punto decepcionante: ¿un villano ancestral, el primero de la Tierra y con súperpoderes, puede ser vencido por una mutante en formación?

El argumento y el villano no son originales o mejor dicho son olvidables si son comparados con las dos entregas anteriores. X-Men: apocalipsis no convence, tanto en espíritu, motivación e ideología. Destruir el mundo para refundarlo suena tan cotidiano como monótono. Con un villano de mejores parlamentos las acciones serían más verosímiles. A ello se puede sumar la exageración de los efectos especiales: puro fuego artificial que incendia la película.

Quizá la aparición de Wolverine (Hugh Jackman) y el show de Quicksilver (Evan Peters) sea lo más destacado del filme. Reitero, X-Men: apocalipsis no es la peor de la saga pero es la más perezosa de la segunda trilogía.

 

 

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