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El último fin de semana la cartelera no ofreció nada interesante. Entre la resaca de las películas sobre superhéroes, la pesadez de algunos dibujos animados, la previsibilidad de las piezas de terror, el bostezo que pueden causar las comedias estadounidenses edulcoradas y una que otra producción nacional regularona, la vía cinéfila tenía que ir por otra dirección. Netflix y el pasaje 18 de Polvos Azules eran las alternativas a tentar. Decidí por la primera.

Si bien Netflix tiene una amplia oferta de blockbusters y un abanico de series de primer nivel, todavía tiene una deuda -al menos la señal que llega a Perú- con el espectador que desea ver un cine reciente alejado de las fórmulas de Hollywood. Aunque hay un conjunto de producciones en la línea del cine independiente, de autor o de documentales interesantes, todavía queda un espacio por cubrir. En ese contexto me topé con una película que llamó mucho mi atención.

La plataforma de videos vía web, que según un comunicado difundido por la propia empresa daba a conocer que hasta enero de este año había alcanzado los 75 millones de suscriptores a nivel global, viene difundiendo desde el 17 de mayo el documental I Am Ali. Este trabajo de Clare Lewins, que data del 2014, narra en tono intimista la faceta más privada del mejor boxeador de todos los tiempos: Muhammad Ali.

A partir de audios que el púgil grabó y donde registró diálogos con sus hijos, Lewins ofrece un retrato amoroso de Ali que no solo se limita a mostrar la imagen tierna de un padre. También podemos apreciar a un tipo que fue un símbolo de su tiempo. Ali rompió los paradigmas que la sociedad estadounidense asignaba y asumía respecto al hombre de raza negra en los años sesenta y setenta. Su afilada lengua –recordemos que le llamaban El Bocazas- le trajo muchos problemas, ya sea con los activistas afroamericanos que luchaban por los derechos civiles o con los supremacistas blancos del sur de los Estados Unidos.

En su libro Rey del mundo, el director de The New Yorker y ganador del Premio Pulitzer, David Remnick, manifiesta que “aquel hombre se había inventado a sí mismo en los primeros años sesenta. Cuando llegó al ámbito del boxeo profesional lo que se esperaba de un púgil negro era que no hiriese nunca la sensibilidad de los blancos y que se comportase como era debido, es decir como un guerrero noble y deferente, en un mundo de juglares del sur e hipócritas del norte”. Ali era todo lo contrario y eso irritaba a muchos. Ser un bocón altanero, que pasó del catolicismo al Islam, amado por la gente no era moneda habitual.

"I Am Ali"  documentary film trailer. Muhammad Ali. daughter

En esa sintonía Lewins recoge la admiración y ternura que genera Ali desde los testimonios de dos de sus hijas, de las declaraciones del hijo de Joe Frazier –quizá su rival más poderoso, al que humilló verbalmente en varias oportunidades-, y otros personajes claves en la vida del luchador como entrenadores, manager, periodistas, fans, exesposa, etc. Lewins logra alinear el perfil de Ali con declaraciones potentes y conmovedoras, tanto de archivo como actuales. Es decir, encuentra un balance que da buenos resultados y en ningún momento aburre.

Quizá I Am Ali no esté al nivel de otros documentales sobre el excampeón de los pesos pesados como When We Were Kings (Leon Gast, 1996), Thriller in Manila (John Dower, 2008) o Facing Ali (Pete McCormack, 2009), pero ofrece una mirada distinta y cercana donde un recio peleador pocas veces podría ser identificado. Igual vale la pena ver este trabajo acerca del único boxeador que revoloteaba como una mariposa y picaba como una avispa.

 

 

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