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Un grupo de hombres va al rescate de dos personas que permanecen cautivas al interior de una cueva situada en medio del salvaje oeste americano. Los captores son indios caníbales trogloditas que tienen una capacidad asombrosa para resistir las balas de los vaqueros. El camino que tomarán los rescatistas será agreste e inhóspito, pero no impedirá que cumplan su objetivo.

Esta premisa no se aleja mucho de las clásicas entregas sobre cowboys, a excepción de la naturaleza de sus particulares villanos. Sin embargo, Bone Tomahawk es una agradable sorpresa en cuanto a las variantes modernas que se le puede agregar al western -el género americano por excelencia, así como el jazz lo es en el campo musical-, sin que disguste o desvirtúe su esencia. Es decir, si bien por un lado se ciñe ligeramente a los cánones que han distinguido al género durante décadas y se da licencia para rendir homenaje a algunos de sus referentes -John Ford, Howard Hawks-, también se fortalece por la fina hibridación que experimenta, al punto que el terror y el humor son pilares en la obra de S. Craig Zahler.

La ópera prima del director estadounidense es una propuesta distinta y original. Sus guiños a la tradición pueden reflejarse en la figura del sheriff protector, en paisajes donde las praderas y los desiertos sirven de hábitats naturales para los personajes, en los momentos de charla alrededor de una fogata o en ese sentido de conquista que tanto distingue a una época colonizadora.

Recordemos que el western, sin importar sus mutaciones, es el género que tiene a la Historia y a la Geografía como estandartes mitológicos de los Estados Unidos. Ambas se superponen y la primera no puede escribirse sin que la segunda desfile ante ella. De esta manera, el espacio se revela en su totalidad. El universo del western está recorrido por términos topográficos y sonoridades.

En Bone Tomahawk, todo ello se complementa con diálogos dislocados -acaso tarantinianos-, descuartizamientos y antropofagia -una halo gore justificado-, humor en situaciones extremas –ironías al borde de la muerte- y dos situaciones amorosas –una novel, caracterizada por la pasión; y otra otoñal, unida por el compañerismo-. Es decir, un conjunto de situaciones-escenarios que encajan sin forzamientos.

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Sobre los personajes principales, Zahler perfila cuatro estereotipos complementarios. Un sheriff (Kurt Russell), su asistente (Richard Jenkins), el esposo de la mujer secuestrada (Patrick Wilson) y un pistolero de pasado oscuro (Matthew Fox). Todos atienden un motivo por el que la búsqueda se convierte en una empresa impostergable. Desde el sentido de la autoridad hasta la lealtad del subalterno, pasando por la culpa fortuita y el enamoramiento febril.

Las funciones que asigna el director a sus personajes y la trascendencia de sus acciones, dependiendo de los conflictos desarrollados, son tan equilibradas que no se puede decir que exista alguien que ‘actúe por y para sí’. Zahler crea un mosaico que depende de cada pieza. Así, interactúan un poco más de dos horas sin que el tiempo se sienta. La medida justa para una historia bien narrada.

Bone Tomahawk ganó los premios a Mejor Director y de la Crítica en el Festival de Sitges, en el 2015. En la categoría Vanguardia y Género, del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente – BAFICI del 2016, se alzó con el premio a Mejor Película. Estas distinciones no han sido casualidades. Con el paso de los años, esta película llegará a ser un referente del western moderno, híbrido, innovador.

 

 

 

 

 

 

 

 

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