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Más allá de detalles técnicos y de interpretaciones, la economía es una cuestión de confianza. Todas las personas y organizaciones tomamos miles de decisiones diariamente. Lo hacemos como compradores, vendedores o trabajadores de alguna institución. Pero, para que todo fluya, las decisiones se enmarcan dentro de un marco legal determinado. Por ejemplo, si en una transacción, una parte engaña a la otra, esta última recurre al poder judicial, quien de manera rápida, honesta y transparente, deberá fallar a favor de la agraviada. Si ello no ocurre, entonces será difícil que los ciudadanos compren o vendan algo, debido a la ausencia de la protección de los derechos de propiedad. Tendrán miedo a hacerlo pues no sienten que alguna autoridad proteja sus derechos.

Sigamos avanzando. Cada cinco años, los peruanos elegimos a nuevas autoridades. Ellas serán las encargados de conformar el gobierno que tendrá que cumplir funciones relacionadas con el orden, el respeto a los derechos de propiedad, la seguridad ciudadana, el aseguramiento de una educación y salud públicas de calidad, etc. Hasta ahí todo bien. Más aún, podemos criticar con justa razón, si alguna de esas funciones, como ocurre en nuestro país, no se cumplen de acuerdo con lo esperado por la población. Y así debe ser.

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando nos enteramos que muchos dirigentes políticos y privados logran objetivos de manera sucia a través de la corrupción? El asunto ahí es mucho más grave, pues no se trata de ineficiencias o dejadez, sino de un desvío de recursos públicos que tuvieron como destino sus propios bolsillos y no el bienestar de la población. Y el problema es peor si esos funcionarios han sido presidentes del país, como ha ocurrido en el Perú con varios de ellos.

Cuando una sociedad alcanza esos niveles, deja de creer en sus dirigentes, públicos y privados. Y entonces, la economía deja de funcionar como debería. Aquí hay que hacernos las preguntas correctas; por ejemplo, la pregunta no es cuánto creció el PBI sino cuánto hubiera crecido sin corrupción. En el mismo sentido, ¿cuánto habrían mejorado educación y salud si los recursos que fueron a parar a los corruptos, se hubieran invertido en los sectores mencionados? ¿Cuánto más tranquilos viviríamos si hubiera más seguridad? La condena a la corrupción no solo es moral, sino que ha impedido que gran parte de los ciudadanos progresen. Y por eso se sienten engañados. No creen en nadie.

El problema de no creer en nadie es que postergan decisiones de compra y/o producción que de otro modo hubieran realizado o se unen a la corrupción para cortar camino. Como consecuencia se frena la economía. No existe economía alguna en el mundo en la que sus habitantes hayan progresado si es que no existe confianza entre ellos. Y ese es el centro del problema.

Por lo tanto la tarea es cómo retomar la confianza. Dejemos que la lucha anticorrupción continúe y pensemos ahora en cómo reconstruir el país. Estamos a poco más de dos años para las siguientes elecciones presidenciales. ¿Qué haremos? ¿Creeremos en quienes se presentarán? ¿Cómo hacemos con los nuevos congresistas? ¿Qué candados se pondrán para que esto no vuelva a ocurrir? ¿Cómo volvemos a creer? No tengo respuestas, pero pienso que por ahí deberían estar las preguntas.

 

 

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