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Economía para todos Carlos Parodi Carlos Parodi

¿Son buenos o malos los déficit fiscales?

El déficit fiscal (el exceso de gastos sobre ingresos del sector público) en el Perú en 2017 fue de 3.2% del PIB, el más alto en los últimos veinte años. ¿Es bueno o malo? La respuesta como de costumbre es depende. Veamos algunos casos que servirán para colocar en contexto alguna respuesta.

En primer lugar, si nos remontamos a la década del treinta del siglo pasado, la economía mundial se encontraba en el episodio conocido como la Gran Depresión. En 1929 colapsó la bolsa de valores y hasta 1933 las autoridades esperaron que el mercado arregle el problema. Como ello no ocurrió, surgió el gasto público como la alternativa. En términos simples, si nadie quería o podía gastar, entonces el gobierno a través de un mayor gasto público, (así sea financiado con emisión del banco central) debía incentivar la demanda a costa de un déficit fiscal. Había nacido el keynesianismo.

En segundo lugar, en los años setenta, el exceso de déficit fiscales originó problemas inflacionarios que llevaron a recesión. Apareció así un nombre para el nuevo fenómeno: estanflación. Y con ella nació el monetarismo, que atribuía la inflación al exceso de emisión. En tercer lugar, los países de la eurozona, luego del estallido de su crisis en 2010 debido a crecientes déficit fiscales, pusieron sobre la mesa la discusión: ¿son buenos o malos los déficit fiscales? El debate fue y es intenso, pues es el choque de dos visiones.

Digamos que existe cierto consenso en el sentido de aceptar los déficit fiscales cuando la economía se encuentra en una recesión y requiere de un impulso, que se puede hacer desde el gasto público. Caso contrario debe mantenerse la tendencia hacia el equilibrio fiscal. El otro punto de consenso es que la deuda pública, que es el mecanismo que financia el déficit, no debe exceder a 30% del PIB, pues de lo contrario se eleva el riesgo país, baja el grado de inversión y ello significa pagar más intereses en el caso se tome más deuda. En tercer lugar, no es posible vivir gastando por encima de los ingresos de manera indefinida.

¿Cuál es la situación peruana? En primer lugar no estamos en una recesión, lo que no significa que no se requiera de un estímulo. En segundo lugar, el cociente deuda pública entre PIB es 27%, casi en el límite aceptado como normal a nivel internacional. En tercer lugar, el problema del déficit fiscal fue originado por una caída de los ingresos públicos que ha continuado hasta hoy, pues la presión tributaria que mide el porcentaje del producto, que representa la recaudación tributaria, fue solo 13% en 2017, el más bajo en más de una década. Más aun, ha ocurrido en una coyuntura de altos precios de los metales. En 2009, como consecuencia de los impactos del estallido de la crisis financiera internacional de setiembre de 2008, apareció un déficit fiscal que rápidamente fue revertido y transformado en superávit fiscal en 2010, gracias a la elevación del precio de los metales, que permitió una mayor recaudación.

El problema actual puede explicarse del siguiente modo. En 2014 cayeron los ingresos tributarios como resultado de la caída de los precios de los metales, factor no controlado por el gobierno; en paralelo se elevaron los gastos, en especial en temas sociales; el error fue bajar las tasas impositivas, pensando que los precios de los metales volverían a su nivel en pocos meses, algo que no ocurrió. En 2016/17, el exministro Thorne sobreajustó las cuentas fiscales, lo que significa que bajó los gastos más de lo que debería haberlo hecho.

¿Qué podemos concluir? En primer lugar, si se necesita tener un déficit fiscal, entonces que pueda ser financiado por deuda, sin que ésta exceda a 30% del PIB. En segundo lugar, es deseable definir una trayectoria de disminución del déficit, sin que eso implique “ahogar” a la economía. En tercer lugar, resulta imprescindible elevar los ingresos tributarios y ello pasa por una reforma tributaria. Las medidas deben incentivar y facilitar el pago de impuestos y no lo contrario. Ampliar la base, de manera que todos paguen, requiere de decisiones imaginativas y creativas.

 

 

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