Tim Atkin y el vino como energía viva
Master of Wine desde 2001, Tim Atkin es uno de los críticos de vino más influyentes del mundo. Periodista de formación, con estudios en Lenguas Modernas y Estudios Europeos, ha recorrido durante décadas regiones vitivinícolas consolidadas y emergentes, combinando análisis técnico con una mirada cultural y profundamente humana del vino. Reconocido por cuestionar la idea de objetividad absoluta en la crítica y por su interés en territorios en construcción, Atkin volvió al Perú para profundizar su lectura sobre un origen que sigue observando y aprendiendo.
Tim Atkin MW llegó al Perú por segunda vez para catar vinos, comparar experiencias y entender con mayor perspectiva el momento que atraviesa la vitivinicultura nacional. Ese fue el objetivo central de su visita: conocer de primera mano el desarrollo, la diversidad y el potencial del vino peruano a través de la cata de 85 vinos de 15 bodegas provenientes de Lima, Ica, Arequipa, Moquegua, Tacna, Apurímac y Cusco. La visita fue posible gracias a la gestión de la bodega Santiago Queirolo, al apoyo de Perú Hace Vino y al trabajo conjunto de los productores participantes.
Sin embargo, conversar con Tim Atkin permite ir más allá del análisis técnico. Para él, el vino no se agota en la copa ni en el puntaje.
Durante la entrevista, lejos de un discurso estrictamente enológico, Atkin habló de la energía. Cree en la energía de los lugares y de las personas. Cree que los territorios conservan memoria y que esa memoria se manifiesta de distintas formas. Afirma sentir una conexión especial con los Andes, un espacio donde dice sentirse particularmente cómodo, como si existiera un vínculo ancestral difícil de explicar desde la razón, pero muy claro desde la experiencia personal.
Esa sensibilidad se traslada a su forma de entender el vino. Para Atkin, existen vinos que no admiten una lectura distante, porque son vinos que generan emoción. Vinos que, según él, deben tratarse casi como personas. Frente a ellos, la objetividad deja de ser una herramienta útil y se convierte en un límite.
Al referirse a la energía de los lugares, recordó Salvador de Bahía, en Brasil. No desde una mirada turística, sino histórica y emocional. Primera capital del país y principal puerto de entrada de esclavos africanos en América, Salvador fue escenario de violencia sistemática durante siglos. En espacios como el Pelourinho, donde se castigaba y comercializaba a personas esclavizadas, esa carga histórica sigue presente. Para Atkin, ese dolor aún se percibe. Y desde esa reflexión surge una de sus afirmaciones más contundentes: un vino hecho desde el dolor difícilmente puede ser un buen vino; un vino hecho desde el amor, en cambio, sí puede serlo.
Esta idea se conecta con otra observación que atraviesa su pensamiento. Atkin cree que muchas personas en el mundo no trabajan en lo que aman y que esa desconexión se refleja también en el vino. Según él, una gran parte de los vinos que se producen hoy carecen de vitalidad porque están hechos sin entusiasmo, sin compromiso emocional real con el oficio. “La mayoría de vinos del mundo son aburridos porque son hechos por personas aburridas”, nos dice.
Su segunda visita al Perú le permitió establecer comparaciones. Reconoce una mejora evidente respecto a lo que probó anteriormente y percibe un proceso de evolución en marcha. Aun así, es cuidadoso en marcar límites. No se considera un experto en vino peruano y afirma que sigue aprendiendo, observando y escuchando.
Desde esa mirada, compartió una advertencia que va más allá del caso peruano y apunta a muchos países que buscan posicionarse rápidamente en el escenario vitivinícola internacional. Entre los errores más frecuentes, identifica el uso de botellas excesivamente pesadas como gesto artificial de prestigio y el abuso del roble nuevo, especialmente de primer uso. El exceso de madera, sin equilibrio, termina ocultando el vino en lugar de permitirle expresarse.
Atkin considera que el Perú debería continuar trabajando tanto con uvas patrimoniales como con variedades internacionales, pero sostiene que la identidad del vino peruano se consolidará verdaderamente cuando sea el propio consumidor local quien lo valore y lo consuma. El bajo consumo de vino peruano dentro del país sigue siendo, en su opinión, una de las principales debilidades estructurales del sector. En ese contexto, resumió su idea con una frase directa y sin rodeos: “Perú hace vino. Ahora hay que beber más vino.”
En lo cotidiano, Tim Atkin mantiene una coherencia clara con su forma de pensar el vino. Trabaja con vino y bebe vino. No muestra mayor interés por la cerveza ni por los licores, pero sí por el té japonés y por su café diario. Disfruta especialmente el vino cuando se comparte en la mesa, con amigos y familia, como parte de una experiencia colectiva y no como un ejercicio solitario.
Tal vez por eso su mirada sobre el Perú resulta especialmente valiosa. Porque no vino únicamente a evaluar resultados, sino a percibir procesos. Y porque, en un contexto donde muchas veces se busca rapidez y validación externa, Atkin insiste en recordar que el vino es, ante todo, una expresión humana, cargada de memoria, emoción y sentido de lugar. Yo le creo. Salud!

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